Publicada en

Actor secundario

poetry

Relato de Ricard Millàs

Nunca había creído en la mitificación de un dios del rock. Enfundado en unos vaqueros gastados recorría las calles con las manos en los bolsillos repletos de poesía de subterfugio. No le gustaban las miradas de refilón, que lo analizaban buscando el defecto del poeta. El poeta se considera un erudito frente a sí mismo, así que no había manera de distorsionar su imagen ni aun quemando sus palabras con la risa de un desentendido en la materia. Cabizbajo buscaba la esencia de la vida en sus actos, redimiéndose mediante la ingesta de sus propias desilusiones. La oscuridad del deseo se tornaba un ángel caído que le obligaba a ponerse en pie cada vez que fracasaba, tendiéndole la mano para levantarse y posteriormente volver a caer.

La vida es un cúmulo de buenas y malas anécdotas.

Encontrándose con su otro yo, entró en el tumulto de la organizada sociedad y dirigiéndose a la camarera le pidió un vaso de cerveza. Un vaso pequeño para no caer en la reiteración del pasado reciente. Su anterior vida como alcohólico le jugó demasiadas malas pasadas; en realidad fue el mismo quien se las jugó. Bebió con fruición el contenido mientras la camarera lo miraba con los ojos vencidos por el amor efímero. El flechazo se celebró entre las cuatro paredes de un local con la pintura desconchada y el volumen de la radio demasiado alto. La conversación se plagó de monosílabos en sus ojos, confirmaciones de un deseo de alta categoría. La culminación del acto debía celebrarse ante sus propios ojos, obedeciendo al juego del amor en su momento más álgido.

-Me tengo que ir, ¿te parece si nos vemos otro día?

El intercambio de números de teléfono se produjo frente su particular alegoría a la juventud. Contentos se separaron después de comprobar el estado de sus respectivas cuentas corrientes sentimentales. El banco del amor gana después de todo.

Enfundado en su propia autosatisfacción se sintió exultante; nada como un poco de amor en las calles que insole un buen chute en las venas del ego. Se batió en duelo con la incertidumbre que lo rodeaba mientras se dirigía alegre hacia su destino. Recitaría versos frente a un montón de gente. Un puñado de vivos que suspiraban por oír palabras de muerte y desaceleración del optimismo. Se vistió de poeta de subterfugio sin quitarse la ropa e hizo incursión en la bulliciosa expresión del arte.

Ya había un tipo en el escenario enfrontándose a su propia vergüenza.

Vestía como un arlequín y tenía la cara pintada de blanco. Recitaba con la cadencia de un niño frente a los exigentes ojos de su maestra. El chico se estaba esforzando. Le gustaba la forma en que lo miraban, se sentía desnudo y le gustaba exhibirse. Se quitó la camiseta bajo la desaprobación de algunas asistentas; le convenía hacer algunas abdominales. Quitarse unos cuantos pelos aquí y allá. Ponerse desodorante. Trató de conservar la compostura cuando los silbidos irrumpieron con estrepitosa desaprobación. No a todo el mundo le gusta ver un cuerpo desnudo. Enseguida bajó del escenario sin esperar el rumor de los pocos aplausos que se oían desde el fondo de la sala.

Apuró otro vaso de cerveza y tiró medio cigarrillo encendido en el suelo. Cada vez le gustaba menos fumar; demasiado viejo para ingerir tanto humo y demasiado joven como para dejar de hacerlo. De todas formas sabía que dentro de poco tendría que abandonar aquel mal vicio.

El micrófono estaba libre; saltó al ruedo y se plantó frente al público. Notaba la indiferencia de sus miradas. Nadie había notado que se había arreglado las cejas. Nadie sabía que se había quitado la barba después de cuatro meses. Abrió el libro que una vez le publicaron reconociéndose como poeta y leyó unas líneas. Notó la falta de énfasis en su cadencia. Se desdobló y se vio a sí mismo un personaje aburrido, muy parecido a una rata de biblioteca leyendo sin ganas una tesis de arqueología. Terminó dos poemas y miró a los ojos de los espectadores. Busco en sus miradas, escudriñando en las ventanas de sus almas alguna señal que enalteciera su ritmo; necesitaba una dosis de optimismo efímero.

Un destello brilló como un flash desde el fondo de la sala. Alguien cuya mirada destacaba entre todas las demás. Entornó los ojos y descubrió a la camarera que le había servido hacía un rato. Le guiñó un ojo con picardía. El amor le estaba persiguiendo. Cambió la entonación al comenzar el tercer poema; se subió al pedestal de su amor propio y buscó la forma de deslumbrar al público. Su voz subió por encima de los murmullos, ensordeciendo el sonido de los cristales chocando entre sí. El silencio se adueñó de la sala quedando a merced de sus palabras.

En realidad estaba recitando para la camarera, que con unos vaqueros ajustados y una camiseta de tirantes (indumentaria perfecta para una joven de veintipocos años), bebía a tragos cortos el contenido de una botella de lúpulo. Dirigió los poemas hacia ella por el túnel invisible de su boca; el público despareció, así como el silencio que lo poseyó como el diablo lo hace en el hombre codicioso. Se creó un espectro entre ellos dos, un alma etérea que los cogió de la mano y trató de estrechar el puente que existía entre sus labios. Frente a un montón de gente cerró el libro y, caminando hacia ella, enarboló la amplitud de su sonrisa.

-Menuda coincidencia –su voz era dulce como un panal de miel.

-Te invito a una cerveza.

-Ya tengo una –bebió un trago largo como un vagón de tren.

Hablaron durante una hora acerca de la poesía, de los bares, de sus carreras universitarias, trastabillando en futuros planes que quizá nunca llegarían a cumplirse. Era evidente la atracción tanto sexual como espiritual. Cosas así no ocurren cada día. Bajo las luces se celebró el beso esperado; los dos sabían que algo ocurriría entre ellos. No hizo falta utilizar sus agendas telefónicas. Dos horas más tarde se encontraron entre las sábanas. Entre besos siguieron planificando hermosos planes inexistentes; el amor se pronuncia de distintas maneras.

El amor construye a la vez que destruye barreras invisibles.

Con un beso largo sellaron la consolidación de sus sentimientos; por fin se habían encontrado.

 

 

Medio año más tarde su relación con la camarera se convirtió en su propia maldición. La atracción sexual era tan fuerte y a la vez tan quebradiza que buscaron refugio en los actores secundarios de su propia película. Frente a distintos escenarios donde grupos de rock buscaban el calor del clamor se vieron besando a terceras personas para volver a encontrarse a las cuatro de la madrugada y revolcarse en una batalla contra ellos mismos. Trataban de desviar el tema cuando hablaban de sus sentimientos para enzarzarse en un beso interminable que terminaba en el goce supremo de su sexualidad. No encontraban motivos para no abandonarse a sus instintos más primarios cuando acababan de seducir a un alma inocente que buscaba lo mismo que ellos. En realidad se despreciaban mutuamente para mutar dicho sentimiento en una variante de sexo salvaje.

Combinaban el amor con la fiereza de sus sentimientos, buscando la combinación perfecta para seguir espoleando a los caballos de sus escarceos sexuales.

Hasta que apareció una tercera aunando una cara hermosa con el cuerpo de un felino.

Bajo las notas de Perfect Day la besó olvidándose de su propia poesía. La deseó de tal forma que se olvidó de la camarera y de sus planes inexistente. La realidad había tomado otro cáliz; la verdad se reflejaba en sus ojos. Les pareció ver su propio futuro en la oscuridad del local. Alguien que trataba de imitar a un Lou Reed fallecido les mostró el camino para terminar un día perfecto.

El poeta se olvidó de su desprecio hacia los mártires del rock mientras acariciaba la suave piel del deseo materializado. La besó en el cuello, escribiendo decenas de poemas en su memoria, afilando la pluma con su piel interminable. Encontró a una musa, que le llenó el alma y le dio calor y algo llamado amor verdadero. Del que se siente como si te hubieran hecho un trasplante de corazón.

Estuvieron tonteando tres meses y dos días antes de que la camarera hiciera acto de presencia; necesitaba fustigarse con el deseo-desprecio del poeta. Requería de sus palabras así como de sus envestidas.

Necesitaba sentir de nuevo la fusión perfecta entre animal y hombre.

Lo estuvo persiguiendo durante días. Lo llamaba a todas horas y acudía a los bares que solía frecuentar. Lo encontró en los escenarios, en la tenue luz de las farolas, bajo los escombros de una sociedad olvidadiza… hasta que se topó con la otra, la que tendría que ser la actriz secundaria.  La chica guapa que los zombis se comen a media película. No se celebró ninguna pelea de gatas, pero sí que tiraron tan fuerte de él que provocaron que quisiera apartarse del género femenino durante un tiempo.

Y escribir sobre ello.

Y salieron los mejores poemas, las odas que nunca supo que guardaba dentro de si. Se acordó de los poetas muertos y de los vivos y se desafió a superarlos. Tecleó con tanta furia que creyó que había tocado el cielo. Y a su manera lo hizo. Sólo, en la oscuridad de su habitación pactó amistad eterna con los grandes compositores mientras buscaba una forma de olvidarse de las mujeres. Odiaba lidiar con dos fuerzas de la naturaleza tan salvajes. En realidad no era el poeta bravucón que siempre le hubiera gustado ser. Odiaba que lo miraran, que irrumpieran en su vida; en un pasado reciente dejó que ellas entraran, pero por separado.

Ahora las dos habían violado su entorno con la violencia que emanaban sus formas.

Y eso era lo que le sacaba de quicio, lo que le volvía loco pero a su vez, le ayudaba a crear. Canalizó su enfado escribiendo una larga concatenación de poemas. La furia y el deseo se refugiaban en las docenas de páginas que imprimió y encuaderno para enviarlos a editoriales. Llamó a la puerta de la primera editorial que le había publicado anteriormente, pero fue tan notable el escaso interés años atrás por promocionar su propio libro, que el editor le cerró la puerta en los morros asegurando que aún tenía ejemplares por vender.

Recorrió el laberinto de editoriales presentándose en persona, luciendo su mejor camisa mientras enarbolaba una gran sonrisa a modo de arma. Quería que lo vieran venir desde lejos. No quería mostrarse como un ser atormentado, un poeta que nunca ha escuchado el tintineo de las monedas en sus bolsillos. Se mostró seguro de sí mismo, orgulloso de su trabajo, artesano de su propia materia gris.

Tras comprobar varias negativas de algunos editores, encontró un editor que aceptó publicarlo. Se prometió a si mismo darse a conocer como poeta, recitar en cualquier lugar que lo dejaran, sacando a relucir sus versos con la magnificencia de quien los ha escrito. Se olvidó de las misivas de sus amantes y se centró en organizar recitales y aparecer impecable tras el micrófono.

El primer recital tuvo lugar en la oscuridad de un local con demasiado humo. Notaba como le entraba por la boca y se detenía en la garganta, agriando su voz y dotándola de un tono apropiado para el lugar donde se encontraba. Enseguida apareció el brillo de los ojos de todos aquellos que se dejaron hipnotizar por sus palabras. El amor, la derrota, la venganza, el odio, la belleza, la muerte y la vida en su máxima expresión se unieron en un único latido. El público expectante aplaudió quemándose la parte interior de sus manos. El aplauso elevó la figura del poeta hasta hacerlo levitar.

Nunca en su vida se había sentido tan pletórico.

Se inclinó ante los que a partir de ahora serían sus seguidores. Al levantar la vista le pareció ver un brillo especial. Un brillo que había refulgido muy cerca del suyo propio. Estaba seguro de haber visto a la que, según la camarera, era la actriz secundaria en la superproducción de su vida.

Lo miraba como si lo hiciera por primera vez. Trató de evitarla dirigiéndose a la barra pero ella lo siguió y se colocó a su lado. Lo cogió de la mano, mirándolo como si se hubieran separado un par de días. Rehusó el gesto tratando de obviarla.

-Te he echado de menos –su voz trataba de ser dulce como un recuerdo de infancia-. Hace tanto que no te veo… me has hecho sufrir.

El poeta la siguió ignorando mientras salían a la calle. Encendió un cigarrillo, buscando cualquier cosa que lo abstrajera de tanta obsesión enlatada en el cuerpo de una mujer. Haciendo caso omiso de su lastimosa perorata la vio bajar calle abajo envuelta en el lamento de su propio fracaso. Se sintió culpable mientras seguía aspirando el humo que algún día lo mataría. Consciente de la intoxicación a la que se autosometía aplastó el cilindro en el suelo y volvió a entrar en el local. Por un momento se sintió tentado a correr calle abajo y volver a sentir el calor de sus labios, pero si lo hacía sería como volver a activar una vez más el juego. Un juego que le había obligado a recluirse y a escribir decenas de poemas. Se sentía halagado a la vez que triste mientras le daban palmadas en la espalda. El público se mostró agradecido, invitándolo a licores y conversando animadamente con él.

Se dio cuenta de que la reclusión lo había beneficiado de la misma manera en que el amor lo había hecho. Por el momento la poesía no le estaba dando demasiados problemas, así que decidió mantenerse alejado de las mujeres hasta que su sola presencia lo volviese a llamar.

 

 

Tras tres semanas tratando de volver a escribir, buscó dentro de su anterior algún motivo para seguir haciéndolo. Pero no lo encontró. Escribió algunos poemas absurdos que hablaban de su forma de vivir, de su gato, de lo que comía cada día. Nada interesante. Se desdobló para buscar la esencia que en su anterior libro había sabido plasmar, pero no lo encontró. Se dio cuenta de que su literatura estaba estrechamente ligada con su vida. Necesitaba vivir para poder escribir. Se dio cuenta de la autenticidad de sus intenciones; las palabras no podía funcionar por si solas.

Bajó a la calle y buscó en rincones donde nadie se atrevería a mirar, en bares de mala muerte donde las mesas olían a prostituta portuaria, en el tumulto de los recitales poéticos, hasta que por fin encontró algo que lo motivaría a seguir tecleando. Algo que una vez había sido suyo.

La camarera lo miraba con la espalda erguida y una amplia sonrisa repleta de pintalabios. Mientras caminaba hacia ella le devolvió la sonrisa a sabiendas de que se la arrebataría con el primer beso. Pero no fue así. A decir verdad nunca pudo volver a besarla.

Alguien la cogió por la cintura y la besó fuertemente en la boca. Alguien cuyo nombre desconocía y que la cogió de la mano. Se la llevó de su vista pasando muy cerca de él.

-Todos tenemos a un actor secundario. No eres el único –le dijo mientras su sonrisa se fundió en el bullicio concentrado en el bar.

Deja un comentario