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El Despellejador

Mortuarium 2009

Relato de Vicente Muñoz Alvarez

A partir de cierto punto no hay retorno posible. Ese es el punto al que hay que llegar.

 Franz Kafka

 Todo empezó aquel terrible día de sol. Mi primer día de verano… tan ingenuo, tan despreocupado, tan blanquito…

Estaba con mi chica junto al río y el sol brillaba en lo alto mientras tonteábamos despreocupadamente en la orilla. Hacía calor y de vez en cuando nos chapuzábamos en la corriente. Nos echábamos chorros de agua fría por la espalda y el pelo. Y el sol destellaba en la inmensidad del cielo azul. Comimos, bebimos y regresamos ya de noche a nuestras casas. Y así empezó el dolor. Como si me estuvieran asando a fuego lento, los brazos, el pecho, la espalda, el cuerpo entero… Se me puso rojo y me abrasaba y me eché crema, pero no dejaba de escocer… Algo espantoso, las bojas, quemaduras de segundo grado… Aunque lo mejor vino después, a los tres o cuatro días. Se me empezó a agrietar la piel, a caerse a trozos… Escarbaba en ella un poco y arrancaba enormes tiras que contemplaba por el microscopio y que se hacían bolitas luego en mis dedos… Era increíble, delirante, desvestir así tu cuerpo y analizar después la piel, sus celdas, sus poros, un enorme y misterioso mapa lleno de bifurcaciones y recodos mágicos… Algo obsceno, fetichista… Desde entonces me hice despellejador. Practicaba en mi piel pequeños cortes y arrancaba luego enormes trozos, porciones, tiras largas… Adictivo. Doloroso e irresistible a un tiempo. Aunque no encuentro la forma, las palabras… Porque yo quiero explicároslo adecuadamente, pintaros bien la escena, dibujar mi gozo en letras… Para centraros en mi piel. Pero uno se pierde y no encuentra la forma… Porque es bien fácil ser verdugo, afilar cuchillos, cercenar cabezas, juzgar desde el esquema propio y ser muy categórico al respecto… Pero en el fondo, en lo profundo, es del todo imprevisible, el sentimiento… Cada cual tiene su truco, su vicio, su secreto… Aunque suele ocurrir lo de siempre: que unos ganan y otros pierden y los vencedores reconstruyen luego a su medida el mundo… Leyes, usos, normas… Una justicia de vagón de feria, al fin y al cabo. Pero ¿cómo podría yo explicaros, situaros de lleno en mi lugar, introduciros hasta el fondo en mi piel? Me tratan como a un loco y no lo estoy, os lo aseguro. O al menos no como ellos piensan. Veo vuestras caras ahora mismo, en este instante, desorientadas, confundidas… Y luego vienen las pastillas, las descargas, la camisa… Pero me voy, me pierdo una vez más… Una pequeña incisión y artesanalmente una tira, con cuidado, lentamente, sintiendo aunados el gozo y el dolor, cómo la piel se iba separando de la carne, cómo supuraba puntos rojos, su sabor fuerte y dulzón, y cómo reaccionaba luego el cuerpo, las costras, inflamaciones, postillas, hasta regenerarse después por completo… Aquello se hizo una obsesión. Porque llega un punto en que algo cambia en tu interior, un resorte, imperceptible, que te pone a caminar sobre la cuerda floja… No puedes parar, no puedes detenerlo, se te mete al fondo y te domina… Y luego vienen los médicos buscando explicaciones… Mi cuerpo abrasaba, ya sólo era llaga, la carne al rojo vivo, piernas, manos, pecho y pies… Todo un espectáculo. Y aquel dolor… Así que me tuve que dar tregua. Pero el impulso estaba ahí, como una tenia, como un buitre al acecho, como una maldición… Primero lo intenté con animales: ratones, conejos, perros, gatos… Con ellos era fácil. Tenían el pellejo grueso y fuerte. Incisión sobre sus lomos y ya está: desnudos, impropios, ultrajados… Pero también aquello llegó a hacerse aburrido. Y comprendí que no era ése el camino. Necesitaba piel humana, no aquellos pellejos… Y empezó luego el conflicto: la desconcienciación. Yo no era en el fondo un asesino. No necesitaba matar. No necesitaba a las personas, sólo quería su piel… Pero era un asunto difícil… La gente se asusta, sufre, teme el dolor… Por eso tuve que extender mi red, mi dialéctica, mi persuasión… Primero aquella chica: morena, joven, algo obesa… La conocí en un café y la encandilé durante algunos días hasta llevarla finalmente a mi casa… Los somníferos. Y luego el gozo. El orgasmo. La sublime posesión… Practiqué un corte en su nuca, de lado a lado, y empecé a tirar de su piel con suavidad… Se deslizaba voluptuosa espalda abajo, dejando las vértebras al descubierto, salpicando sangre… Irresistible. Y tentador. Cada centímetro que descendía era como copular más hondo, más adentro, más profundo, hasta alcanzar el éxtasis… O se desgarraba, a veces, y se deshacía en jirones caliente, goteante… Había que cortar en ciertas zonas, en los pechos, por ejemplo, a la altura de los pezones, o junto a las uñas o en los labios, hasta dejar el cuerpo totalmente desnudo. Sólo que luego, al terminar, venía lo realmente difícil… Yo no era en el fondo un asesino… Pero había que deshacerse de los cuerpos después, en la bañera, sacos y sacos de cal viva, sin dejar un sólo rastro, ni un indicio… Solía elegir a mujeres, preferiblemente. Eran menos recelosas, más impresionables. Se tragaban sin dificultad cualquier mentira… Las llevaba a casa, las drogaba, las veía desnudas en el suelo, derramando su vida por los poros, y pensaba en sus destellos, sus esquivas almas… ¿Qué sería de ellas? ¿Dónde irían? O tal vez estuviera todo ahí, en su carne y en su piel… en mis entrañas… Hay algo patético y turbador en la inmovilidad de un cuerpo muerto, su frialdad, su rigidez… Observas por un tiempo un cadáver y te de das cuenta de lo frágil que es el hombre en realidad, un montón de carne y hueso y poco más… Como cualquier otro animal, al fin y al cabo. Tanta mística, tanta sangre, religión, tantas doctrinas, y al terminar siempre es lo mismo… carne viva, carne muerta… el juego imparable de la destrucción. El pez que traga insectos, el pájaro que engulle al pez, el gato devorando al pájaro… Un intercambio de energía que no sabemos dónde va, que nadie al fin retiene… Me pasaba horas contemplando aquellos cuerpos amorfos e irritados. Pensaba que tal vez pudieran de pronto cobrar vida, sin su piel, como experimentos horribles de laboratorio… Pero siempre estaban quietos, inmóviles, perdidos… Sólo algunas veces, mientras practicaba los primeros cortes, mientras arrancaba las primeras tiras, se movían o se despertaban y gritaban y entonces tenía que asaetar su corazón. Eran como grotescos monstruos locos, inconscientes, confusos y frenéticos por el dolor… Aunque eso no ocurría muy a menudo. Me sabía ya todos los trucos, las dosis adecuadas para cada cuerpo, cada sexo y cada constitución… Y después, sentado junto a la bañera mientras fumaba un cigarrillo, veía cómo se consumían en cal viva, borboteando, humeando hasta deshacerse por completo, y pensaba de nuevo en la fragilidad de nuestras almas, partículas de polvo oscuro… Llegué hasta el fondo mismo para comprobarlo, abriéndome paso hasta el corazón para descubrir que tampoco en su interior había nada, músculos, arterias y cartílagos latiendo aún entre mis dedos, pero sólo eso, nada por lo que luchar, nada que esperar, nada al fin y al cabo en qué creer: ni un vestigio de sus almas. ¿Me entendéis? ¿Me vais pillando? Haced si no un esfuerzo, examinad vuestras conciencias, vuestros vicios… ¿Tenéis bulimia? ¿Sois bisexuales? ¿Pederastas? ¿Estafadores? ¿Alcohólicos? ¿Hipocondríacos? ¿Mirones? ¿Envidiosos? ¿Pervertidos? Yo sólo necesitaba piel… Lo demás, por supuesto, era intachable: mi aspecto, mi trabajo, mis modales… Todos con nuestras caretas, fingiendo, simulando un carnaval… El ser humano, el pobre y prepotente ser humano… Hay que abrir cientos de puertas para cerrar definitivamente alguna, pero todos corren para huir de su interior, se asocian, se aglomeran y edifican pueblos, ciudades, casas… O el dolor… Ese dolor que nace al borde mismo del placer, al arrancar tu piel primero, una gran tira, y superponer encima otra más joven, sangrante y aún caliente, la cópula definitiva con sus cuerpos, días y días sintiendo su contacto, cómo se pega, cómo se seca, cómo va encogiéndose… Y mi casa, mi habitación, los cajones de mi armario… Piezas casi a la medida para mi espectáculo, hipnotizado, travestido y elegante en otra piel…

No recuerdo ya todas mis víctimas, pero sí, en concreto, a aquella chica… Amable, joven, pelirroja… El juego de siempre, la farsa del amor durante unos días… Cómo entró en mi casa, cómo sonreía y cómo eran sus dientes… Y luego, de pronto, los ruidos, el estrépito en la puerta, aquellos gritos, seis, diez policías… Y los golpes, las esposas, las pistolas, los psiquiatras y los jueces… Todos confusos, asqueados, aturdidos… Pobres vencedores, pobres hombres cuerdos… Me quieren reintegrar, descerebrar… Sus leyes, su justicia… Un cambio de sistema y se acabó, cientos de códigos a la basura… Nuevas circunstancias: borrón y cuenta nueva.

Pero ahora estoy aquí sentado. Y una enfermera me mete en la boca una pastilla y me sonríe. Y sale de la celda. Y llega el médico; que me toma el pulso. Y después otra enfermera. Con un carro. Que me da de comer y me habla mientras mastico y me provoca. Hasta que se va. Cierra la puerta. Y apaga la luz y al fin me quedo solo. A oscuras. Quieto. Inmovilizado. Embutido en la camisa. Y cierro los ojos y escucho el latido acelerado de mi corazón. Y pienso en la piel de esa enfermera… Y empiezo a soñar… Y me estimulo…

Relato perteneciente a Mi vida en la Penumbra (Eclipsados, 2008)