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Anne Sexton, la poeta bruja

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La poeta suicida retiene las palabras dentro de un bote de somníferos. El arte es su amante, la pasión su hijo. Heredera de las pinceladas de horror y amor que se esconden en su cuaderno secreto se relame ante tanta fugacidad del arte, tanta locura sin dueño que su burla del mismísimo diablo.

Anne Sexton fue bruja y poeta, cocinera de si misma, fumadora de salón. En sus poemas las palabras desfilaban hechizadas, sus hijos eran poemas confesionales, la palabra enmudecía para poder ser admirada como una escultura. Anne sonreía aun a sabiendas de la conclusión de su vida.

Tras volver de la muerte participó en diferentes talleres literarios, amante de las palabras, sabía como darle sentido a los besos perdidos, las balas sin dueño, las lágrimas sin sentido… describió el lado sórdido de la américa bienestante y fue hermana gemela de su tía abuela Anna Ladd Dingley.

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Anne Sexton lloraba notas de piano mientras escribía. Cruzaba las piernas en el jardín con un cigarrillo en los labios y se jactaba de su postura como poeta, ladrona de emociones y verdugo de los convencionalismos. Hacha de guerra en un papel en blanco quiso demostrarle al mundo su virtud como escritora y plasmar el odio de su padre hacia ella en sus poemas. Su venganza le arrancó la careta a un hombre supuestamente convencional para encontrar un asesino de emociones, un mercader de lágrimas que no tenía reparo en provocar el llanto de su hija.

El premio Pulitzer le acarició la mejilla, como la muerte, que la besó directamente en los labios después de comer con su mejor amiga Maxine Kumin.

Y allá queda el recuerdo de una poeta suicida, de una poeta hechicera que veía los canales educativos de Boston, que fue en el taller de Robert Lowell donde conoció a otra artífice de la palabra, Sylvia Plath, mujer, poeta y amante de la dama de la guadaña.