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Azrael S.L.

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Relato de Milos de Azaola, autor de El Grial de los Vampiros

No quería vivir. La vida le parecía una tortura, y el mundo el infierno en el que se infligía. Tenía la impresión de que la gente sólo vivía para hacerse daño y sufrir innecesariamente. Todos habían vendido su alma al diablo y estaban atados a un contrato que no entendían, atraídos con engaños a la misma trampa. La gente vivía, sí, pero no sabía por qué; lo que hacían no tenían ningún sentido, y en el fondo eran conscientes de ello. A sus ojos, eso les convertía en muertos vivientes. Estaban muertos en vida precisamente porque habían vendido su alma sin saberlo. Les habían engañado para que creyeran que en realidad su alma no existía, como si lo único importante en el mundo fuera el cuerpo y sus necesidades. El día que dejaron de creer en sus almas dejaron de estar vivos. Se buscaban ocupaciones, actividades, hobbies, aventuras, para darle un sentido a sus vidas vacías, pero nunca conseguían llenarlas. ¿No era ésa la prueba más evidente de que vivían en un infierno creado por ellos mismos? Nunca estaban satisfechos con nada. La felicidad era efímera, cuando no inexistente, una quimera imposible de mantener ante la dura realidad, la misma realidad que habían levantado entre todos como los barrotes de una jaula que encerraba su espíritu (ése del que ya no hablaban, como quien se avergüenza de tener un hermano discapacitado). Pero él todavía era consciente de que tenía un alma y de que debía vivir en un mundo en el que ésta se despreciaba e ignoraba.

¿Cómo podía entonces soportar vivir en un mundo así? Sencillamente no podía. Levantarse cada mañana era un suplicio, desenvolverse entre los demás condenados un calvario. Antes le habían salvado sus sueños, la ingenuidad de la juventud, el sentido del humor, el amor… Pero había ido perdiendo todo eso por el camino, a medida que la vida le iba dando un palo tras otro. Al no poder realizarlos, tuvo que enterrar sus sueños en lo más profundo de su ser y olvidarse de ellos, dedicándose a ocupaciones mundanas simplemente para sobrevivir. Su ingenuidad se esfumó cuanto más a fondo conocía a sus miserables congéneres, según se iban sucediendo las traiciones y los desengaños. Al ver las desgracias que le rodeaban, su humor se agrió y se volvió negro, y por último se rindió y también se esfumó. ¿El amor? Nunca tuvo suerte en el amor, y pronto aprendió que no sería correspondido por las mujeres de las que se enamoraba perdidamente, y que sólo podría aspirar al afecto de las que no le inspiraban más que un vago sentimiento de amistad. Pero con el tiempo hasta éstas se desentendieron de él, espantadas por su pesimismo. Estaba mejor solo, la verdad. ¿Qué le quedaba entonces? No le quedaba nada, y lo sabía.

Completamente desencantado de la vida en este mundo, se interesó cada vez más por el otro, por el Más Allá que era tabú en el día a día, hasta convertirse en una obsesión. De tanto pensar en la muerte y lo que podía haber después, acabó familiarizándose tanto con ella que perdió por completo el poco miedo que pudo inspirarle alguna vez, pues siempre le inspiró más curiosidad que otra cosa. Su obsesión por la muerte le llevó a interesarse por todo lo que tuviera que ver con lo sobrenatural: el Más Allá según las distintas religiones, historias de espectros y vampiros, casos de experiencias cercanas a la muerte, etc. Pero pronto comprobó que casi todo eso era charlatanería, como siempre, y finalmente llegó un punto en que no encontraba satisfacción en esas cosas. Decidió entonces dedicar su vida por entero a la muerte. Ya que tenía que vivir, que fuera al servicio de la Dama Oscura.

Así que entró a trabajar en una funeraria. Fue fácil conseguir el puesto. No había muchos candidatos, pues no era un trabajo que atrajera a mucha gente. Pero a la muerte no le afectaba la crisis, ya que estaba y siempre estará por encima de los asuntos mundanos, radicando en ello su belleza, tal y como lo veía nuestro protagonista. Trabajando en un lugar así, podría estudiarla de cerca. Tenía la esperanza de que si llegaba a comprender sus misterios, comprendería también por qué había que pasar antes por el calvario de la vida para poder acceder a una eterna beatitud. Disfrutaba como un chiquillo cada vez que llegaba un nuevo cadáver, pues eso suponía otra oportunidad de acercarse a la muerte e intentar desentrañar su secreto. Al principio, los funerales le fascinaban, por lo que tenían de ritos solemnes. Pero pronto se desengañó también de esa ilusión, al constatar que eran ritos vacíos que habían perdido su significado religioso hacía mucho tiempo, simples pantomimas. La muerte se había convertido para los vivos en otro negocio más, negándole así su carácter sagrado, exactamente como habían hecho con la vida que no sabían vivir y el mundo que contaminaban con su simple presencia. La rabia que experimentó entonces fue inmensa, y el odio por esos individuos despreciables que se decían sus semejantes no conoció límites (especialmente, el que sentía por sus compañeros de trabajo, que trataban a los muertos de forma tan fría e inhumana). Fue entonces cuando una idea peligrosa empezó a tomar forma en las tinieblas de su alma desengañada…

Pensó que si liberaba a otros de su cautiverio, de la vida de esclavos a la que se habían condenado ellos solos, les estaría haciendo un gran favor. Y lo más importante, se lo estaría haciendo también a la despreciada Muerte. Haría justicia en el mundo, equilibraría la balanza del universo al eliminar de la faz de la tierra, tan superpoblada, a unos cuantos desgraciados que ni siquiera sabían qué hacer con sus vidas (esta era la lógica delirante de su mente enferma, aunque tal vez otros enfermos le encuentren sentido). De paso, siendo testigo de sus muertes, tal vez podría penetrar en los misterios que le habían sido vedados hasta entonces, y un rayo de luz vendría a iluminar la oscuridad en la que estaba sumida su alma perdida y confusa…

Su primera víctima fue una anciana que acudió a la funeraria tras la muerte de su esposo. Él se consoló pensando que la viuda estaba tan enamorada del muerto (incomprensiblemente, por lo que contaba de sus supuestas virtudes, que a él no le parecían tales), que seguramente le habría seguido al cabo de poco tiempo sin su ayuda. Cuando la estranguló, mientras le enseñaba un ataúd acorde con el escaso presupuesto del que disponía ella, sintió un gran regocijo al ver que moría con una sonrisa en los labios, como agradecida por su muerte. A sus ojos, esto le confirmó que había estado en lo correcto al idear y poner en marcha su gran plan de salvación de almas, y que había hecho bien al elegirla a ella para su primera buena obra. En ese instante mágico, se sintió más contento y satisfecho de lo que se había sentido en toda su horrible existencia. La inepta policía nunca descubrió que él era el asesino, algo que no le sorprendió en absoluto. En el funeral conjunto que se celebró por la pareja, no pudo evitar derramar lágrimas de la emoción (fue el único que lloró por ellos), pensando que él había sido el instrumento de Dios para conducir a la anciana al otro mundo.

Sí, fue entonces cuando se convenció de que él era un ángel de la muerte destinado a proporcionar al Cielo nuevos habitantes. Por eso, cuando llegó a convertirse en el director de la funeraria (su segunda víctima fue su jefe, al que aborrecía: llevaba años explotándole y prometiéndole un aumento de sueldo que nunca llegaba; sin él estorbándole, trabajaría mejor en su nueva misión), le puso a la empresa el nombre de Azrael, pues éste es el nombre que se da al Ángel de la Muerte en ciertas tradiciones religiosas.

Tras el cambio de nombre de la funeraria, continuó decidido con su sangrienta carrera, seleccionando cuidadosamente de entre sus clientes a sus futuras víctimas, preferentemente ancianos o gente sin familia ni amigos a la que nadie echaría de menos. Por supuesto, sus elecciones también se debían a preferencias personales. Procuraba escoger siempre gente que le inspirara una profunda lástima o un odio igual de profundo: viudos desconsolados que ya se sentían más muertos que vivos, o miserables indiferentes ante las muertes de sus familiares que sólo esperaban cobrar una buena herencia (¡cómo disfrutaba con la sorpresa que se llevaban estos últimos!), todos ellos gente que estaría mejor muerta, por un motivo u otro. Azrael no distinguía entre buenos y malos, pues por algo se consideraba el Ángel de la Muerte.

Con el transcurso del tiempo, cada vez más entusiasmado por su misión divina y embriagado por la sensación de poder que le daba, se fue volviendo más confiado e imprudente, perdiendo la precaución que le había caracterizado hasta entonces, y empezó a llamar la atención de las autoridades locales (¿tal vez no debió enviar al otro mundo a ese comisario corrupto que mató de una paliza a un detenido?). La policía empezó a sospechar del elevado número de muertes extrañas relacionadas con su funeraria y le investigó en profundidad, de forma discreta. Él se había vuelto tan descuidado que no se dio cuenta del cerco al que estaba siendo sometido hasta que ya fue demasiado tarde.

Un buen día, cuando planeaba la muerte de uno de sus clientes más importantes, del que tenía fundadas sospechas de que se trataba de un nuevo Barbazul (un magnate que se había casado cuatro veces y cuyas mujeres habían muerto todas de forma más que sospechosa, pero que siempre había conseguido salir indemne, seguramente porque había untado a altos cargos), dos agentes de policía entraron en la funeraria con una orden de arresto que le pilló totalmente desprevenido. Mató al primero con uno de sus instrumentos de trabajo, pero el segundo tuvo tiempo de desenfundar su pistola y dispararle. Fue un tiro mortal, justo en el corazón. El ángel de la muerte murió con una sonrisa en los labios, como su primera víctima, feliz en su último segundo de conciencia como nunca lo había estado en toda su vida, ante la perspectiva de dejar por fin ese mundo infernal y descubrir lo que le esperaba más allá…

¿Quién creéis que le recibió al otro lado? Pues ni más ni menos que el verdadero Azrael. Pero el ángel de la muerte no se mostró molesto con él por la usurpación de su nombre y funciones, limitándose a señalarle a su alma desorientada el camino que debía tomar, con una sonrisa enigmática en su terrible rostro resplandeciente. Alegre y confiada, el alma cogió el camino que le llevaría… al infierno.

Es decir, se reencarnó en un bebé llorón, hijo de la viuda de su última víctima. Lloraba y lloraba porque volvía una vez más al mundo del que tanto había deseado escapar. Ya era la quincuagésima vez. Nunca aprendía.

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Maravillosismo Ilustrado

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Relato de Irela Perea

Desde que cumplí los treinta, los hombres me dejan mucho, normalmente –eso dicen-, porque soy maravillosa. La más divertida, la más guapa: la más maravillosa; y por supuesto, la que mejor folla. “Pero no puedo seguir en esta relación… por problemas que solo tienen que ver conmigo”.

Claro, podría indagar cuáles son esos problemas, pero, por mi propia felicidad, he aprendido a no formular preguntas cuya respuesta no me interesa oír (¿Me quieres? ¿Hay en el reino alguna más maravillosa que yo?). Y además, tengo la certera intuición de que difícilmente escucharía la respuesta verdadera, esa del tipo: “Por la noche le rezo a mi exnovia”; “Me excita el sacerdote que nos da el cursillo prematrimonial” o, simplemente, “Prefiero los lirios a tu flor de loto”.

Así que me conformo con ser maravillosa, y simplemente les pregunto: -Pero, si dependiera de ti elegir a una de los Ángeles de Charlie ¿seguirías escogiéndome a mí, verdad? -Ni lo dudes.

Soy un ángel y soy maravillosa, y es posible que en ocasiones me relumbre la aureola, porque en mi última visita al Ambulatorio dos señoras me pasaron devotamente un pañuelito por el brazo, pero la enorme cola de enfermos junto con la calefacción al máximo eran capaces de trastornar a cualquiera, también tengo que contarlo.

Ahora bien, que quede claro este axioma: por muy maravillosa que seas, te puedes quedar colgada en el día de San Valentín. Yo misma, el último 14 de febrero, había abandonado la corona y la aureola en la mesita, y pasaba la tarde tristemente acurrucada en el sofá, con mi cara de tortuga y el caparazón (tamaño grande) que heredé de mi abuela. Normalmente, en el ajuar son las madres las que legan a sus hijas el caparazón contra desamores, pero la mía necesitó muchos años para comprarme una vajilla a piezas de la Cartuja, y al final me quedé con el de mi abuela, que según me contó en vida, siempre le sirvió de gran uso y consuelo. El caparazón, no solo es muy cómodo para aovillarse dentro y sentirse arropadita en cualquier postura, sino que sirve como escudo de nostalgias, envidias y asechanzas del enemigo. Lamentablemente, desde que la Lista de Bodas se pone en el Corte Inglés, o directamente se solicita el sobre con relleno, el uso de caparazón se está perdiendo, mientras aumentan las ventas de las almohadas cervicales.

Como digo, estaba delante de mi tele mal sintonizada, que lo único que captaba con definición era el canal local, ese en el que aparece una médium reteñida y tres ventanitas porno, y un listado de SMS debajo, casi todos de índole desesperado-sexual: “hombre busca…”; “hombre busca…”; “hombre busca”; y alguno de interés social: “Si quedáis con un tío que se hace llamar Jack y tiene un ford-fiesta rojo, cuidado, tiene ladillas”.

Preciso que, a pesar de los mágicos efectos apaciguadores de mi coraza heredada, sentía cierta rabia al imaginar a mi ex alegremente divertido, quizás entre sábanas de corazones, con alguna pelandusca de esas que se dedican a recoger a los ex perdidos. Y además tenía un subidón hormonal prerregla contra el que no se conocen remedios, médicos ni mágicos, que me provocaba cosquillas desde el útero al centro de las entrañas, que me llenaba el cerebro de extrañas imágenes fálicas, y que, resumiendo, me tenía transformada en una desesperada sexual cualquiera; también denominada “salida”.

Leo entonces en los SMS (y yo no tengo la culpa de poder leer cualquier cosa muy rápido, Dios lo quiso así): “Pareja busca chica para cena de San Valentín. Solo buen rollo. Postre opcional. 669 69 69 69”. Llamo. Cuelgo. ¡Oh, Dios mío, cómo he sido capaz! Y antes de poder fustigarme por mi mala conducta, me devuelven la llamada. Una chica en-can-ta-do-ra me anima a acercarme a un restaurante bastante próximo (y decente). Y como yo siempre he tenido ese grave problema para decir “no”, me apresuro a salir del caparazón, me pongo una ampolla tensora en la cara de las que anuncian para quitar la cara de tortuga, y con temblequeo en las manos me pinto una raya en los ojos que haría palidecer el maquillaje de la propia Nefertiti.

Evoco toda mi colección de mantras para elevar la autoestima y me repito: soy guapa, soy divertida, soy maravillosa. Y con esto y unos condones en el bolso me largo de casa.

Llego al restaurante y una pareja, bastante mayor que yo, me hace una señal acompañada de enormes sonrisas. Me acerco también sonriendo, que yo estoy muy bien educada, como matiza siempre mi madre, “gracias a que ella se sacrificó llevándome al colegio de paga”. Me invitan a sentarme. Nos estudiamos: Él está cerca de los 50 pero bastante bueno. Es relativamente guapo y tiene un cuerpo bonito, con unos hombros anchos, y señales evidentes de que acude moderadamente al gimnasio. Pero… -y de verdad que casi me caigo de la silla al reparar en ese detalle-, luce a modo de corbata esos cordoncitos acabados en metal que debieron de estar de moda en el oeste americano. Me mantengo en la silla pero la líbido se me cae al suelo.

La chica, que también sobrepasa ampliamente los 40, es como una mamá de clase media, pero de las de antiguamente. Algunos kilitos de más, pelo falso platino, ligero cardado, y como único signo de modernidad, unos vaqueros cuatro tallas inferiores a la suya muy en boga para aquellos a quienes atraigan las carnes apretadas y reventonas. Pero tiene una sonrisa preciosa, una voz muy dulce y es extremadamente simpática.

Pronto se me olvida que somos unos desconocidos, porque ellos hablan dicharacheramente de las muchas ventajas de los clubs de intercambio, y yo, en vez de cenar, me estoy metiendo unos lingotazos de White Label.

El chico propone tomar la siguiente en su casa, y alegre como unos cascabeles, encantada de que me retiren la silla, me paguen la cuenta y me digan que soy preciosa, me subo al coche de mis simpáticos amigos sin comprobar siquiera si guardan motosierra en el maletero.

Me siento modernísima mientras hablamos de las cenas de intercambio que ellos organizan todos los sábados y fiestas de guardar, y en apenas diez minutos, estamos sentados en el sofá de su hogar. Y digo hogar porque no le faltaba de nada: las cortinas de flores, el tapete de ganchillo, un gigantesco aparador de nogal para incrustar la tele y cornucopias doradas encima del recibidor. Ah, y un imprescindible mueble-bar muy bien surtido. Me tomo otra, más que nada por no pecar de descortesía. De repente, él cambia su mirada de anfitrión cariñoso a la de lobo estepario, me retira el vaso, me coge de la mano y me lleva hasta el dormitorio de matrimonio. Una cama grandísima, luces muy tenues… son profesionales, no hay duda. Él se desnuda y desliza mi mano sobre su piel. No recordaba la excitante sensación de recorrer un cuerpo que antes nunca ha sido tuyo. Me detengo en su culo, firme, cierro los ojos, y descubro que estoy muy, muy excitada.

Él me desnuda mientras me besa los pechos y me dice que son preciosos, me lame el ombligo mientras jura que le vuelve loco, baja por mis piernas y me hace sentir la mujer más excitante del mundo.

Me fijo en que desde la puerta, observándonos con una sonrisa, está su mujer desnuda. Nos metemos en la cama y ella viene también. Acaricia mi cuerpo y yo repaso con una caricia la curva que va desde su cintura a la cadera. Me parece la curva más peligrosa en la que nunca he estado.

Ella tiene un vibrador en las manos, que me frota solícita, pero prefiero sentir el suavísimo tacto del pene de él, ya húmedo, mojando mis nalgas mientras nosotras dos nos besamos.

Me muero por follar, hace siglos que no lo hago. Me vuelvo y me pongo encima del pene húmedo, tenso, fuerte, lo dejo resbalar por mi clítoris. Él cierra los ojos con placer. Pero súbitamente se quita de debajo.

Su mujer me aclara: Eressss… MARAVILLOSA, pero la penetración solo la practicamos entre nosotros dos.

Él se corre dentro de ella. Ambos me abrazan y me ofrecen quedarme a dormir. Pero yo prefiero irme a mi casa. Porque soy taaaan maravillosa… que no me importa pasar la noche de San Valentín SOLA.

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El Despellejador

Mortuarium 2009

Relato de Vicente Muñoz Alvarez

A partir de cierto punto no hay retorno posible. Ese es el punto al que hay que llegar.

 Franz Kafka

 Todo empezó aquel terrible día de sol. Mi primer día de verano… tan ingenuo, tan despreocupado, tan blanquito…

Estaba con mi chica junto al río y el sol brillaba en lo alto mientras tonteábamos despreocupadamente en la orilla. Hacía calor y de vez en cuando nos chapuzábamos en la corriente. Nos echábamos chorros de agua fría por la espalda y el pelo. Y el sol destellaba en la inmensidad del cielo azul. Comimos, bebimos y regresamos ya de noche a nuestras casas. Y así empezó el dolor. Como si me estuvieran asando a fuego lento, los brazos, el pecho, la espalda, el cuerpo entero… Se me puso rojo y me abrasaba y me eché crema, pero no dejaba de escocer… Algo espantoso, las bojas, quemaduras de segundo grado… Aunque lo mejor vino después, a los tres o cuatro días. Se me empezó a agrietar la piel, a caerse a trozos… Escarbaba en ella un poco y arrancaba enormes tiras que contemplaba por el microscopio y que se hacían bolitas luego en mis dedos… Era increíble, delirante, desvestir así tu cuerpo y analizar después la piel, sus celdas, sus poros, un enorme y misterioso mapa lleno de bifurcaciones y recodos mágicos… Algo obsceno, fetichista… Desde entonces me hice despellejador. Practicaba en mi piel pequeños cortes y arrancaba luego enormes trozos, porciones, tiras largas… Adictivo. Doloroso e irresistible a un tiempo. Aunque no encuentro la forma, las palabras… Porque yo quiero explicároslo adecuadamente, pintaros bien la escena, dibujar mi gozo en letras… Para centraros en mi piel. Pero uno se pierde y no encuentra la forma… Porque es bien fácil ser verdugo, afilar cuchillos, cercenar cabezas, juzgar desde el esquema propio y ser muy categórico al respecto… Pero en el fondo, en lo profundo, es del todo imprevisible, el sentimiento… Cada cual tiene su truco, su vicio, su secreto… Aunque suele ocurrir lo de siempre: que unos ganan y otros pierden y los vencedores reconstruyen luego a su medida el mundo… Leyes, usos, normas… Una justicia de vagón de feria, al fin y al cabo. Pero ¿cómo podría yo explicaros, situaros de lleno en mi lugar, introduciros hasta el fondo en mi piel? Me tratan como a un loco y no lo estoy, os lo aseguro. O al menos no como ellos piensan. Veo vuestras caras ahora mismo, en este instante, desorientadas, confundidas… Y luego vienen las pastillas, las descargas, la camisa… Pero me voy, me pierdo una vez más… Una pequeña incisión y artesanalmente una tira, con cuidado, lentamente, sintiendo aunados el gozo y el dolor, cómo la piel se iba separando de la carne, cómo supuraba puntos rojos, su sabor fuerte y dulzón, y cómo reaccionaba luego el cuerpo, las costras, inflamaciones, postillas, hasta regenerarse después por completo… Aquello se hizo una obsesión. Porque llega un punto en que algo cambia en tu interior, un resorte, imperceptible, que te pone a caminar sobre la cuerda floja… No puedes parar, no puedes detenerlo, se te mete al fondo y te domina… Y luego vienen los médicos buscando explicaciones… Mi cuerpo abrasaba, ya sólo era llaga, la carne al rojo vivo, piernas, manos, pecho y pies… Todo un espectáculo. Y aquel dolor… Así que me tuve que dar tregua. Pero el impulso estaba ahí, como una tenia, como un buitre al acecho, como una maldición… Primero lo intenté con animales: ratones, conejos, perros, gatos… Con ellos era fácil. Tenían el pellejo grueso y fuerte. Incisión sobre sus lomos y ya está: desnudos, impropios, ultrajados… Pero también aquello llegó a hacerse aburrido. Y comprendí que no era ése el camino. Necesitaba piel humana, no aquellos pellejos… Y empezó luego el conflicto: la desconcienciación. Yo no era en el fondo un asesino. No necesitaba matar. No necesitaba a las personas, sólo quería su piel… Pero era un asunto difícil… La gente se asusta, sufre, teme el dolor… Por eso tuve que extender mi red, mi dialéctica, mi persuasión… Primero aquella chica: morena, joven, algo obesa… La conocí en un café y la encandilé durante algunos días hasta llevarla finalmente a mi casa… Los somníferos. Y luego el gozo. El orgasmo. La sublime posesión… Practiqué un corte en su nuca, de lado a lado, y empecé a tirar de su piel con suavidad… Se deslizaba voluptuosa espalda abajo, dejando las vértebras al descubierto, salpicando sangre… Irresistible. Y tentador. Cada centímetro que descendía era como copular más hondo, más adentro, más profundo, hasta alcanzar el éxtasis… O se desgarraba, a veces, y se deshacía en jirones caliente, goteante… Había que cortar en ciertas zonas, en los pechos, por ejemplo, a la altura de los pezones, o junto a las uñas o en los labios, hasta dejar el cuerpo totalmente desnudo. Sólo que luego, al terminar, venía lo realmente difícil… Yo no era en el fondo un asesino… Pero había que deshacerse de los cuerpos después, en la bañera, sacos y sacos de cal viva, sin dejar un sólo rastro, ni un indicio… Solía elegir a mujeres, preferiblemente. Eran menos recelosas, más impresionables. Se tragaban sin dificultad cualquier mentira… Las llevaba a casa, las drogaba, las veía desnudas en el suelo, derramando su vida por los poros, y pensaba en sus destellos, sus esquivas almas… ¿Qué sería de ellas? ¿Dónde irían? O tal vez estuviera todo ahí, en su carne y en su piel… en mis entrañas… Hay algo patético y turbador en la inmovilidad de un cuerpo muerto, su frialdad, su rigidez… Observas por un tiempo un cadáver y te de das cuenta de lo frágil que es el hombre en realidad, un montón de carne y hueso y poco más… Como cualquier otro animal, al fin y al cabo. Tanta mística, tanta sangre, religión, tantas doctrinas, y al terminar siempre es lo mismo… carne viva, carne muerta… el juego imparable de la destrucción. El pez que traga insectos, el pájaro que engulle al pez, el gato devorando al pájaro… Un intercambio de energía que no sabemos dónde va, que nadie al fin retiene… Me pasaba horas contemplando aquellos cuerpos amorfos e irritados. Pensaba que tal vez pudieran de pronto cobrar vida, sin su piel, como experimentos horribles de laboratorio… Pero siempre estaban quietos, inmóviles, perdidos… Sólo algunas veces, mientras practicaba los primeros cortes, mientras arrancaba las primeras tiras, se movían o se despertaban y gritaban y entonces tenía que asaetar su corazón. Eran como grotescos monstruos locos, inconscientes, confusos y frenéticos por el dolor… Aunque eso no ocurría muy a menudo. Me sabía ya todos los trucos, las dosis adecuadas para cada cuerpo, cada sexo y cada constitución… Y después, sentado junto a la bañera mientras fumaba un cigarrillo, veía cómo se consumían en cal viva, borboteando, humeando hasta deshacerse por completo, y pensaba de nuevo en la fragilidad de nuestras almas, partículas de polvo oscuro… Llegué hasta el fondo mismo para comprobarlo, abriéndome paso hasta el corazón para descubrir que tampoco en su interior había nada, músculos, arterias y cartílagos latiendo aún entre mis dedos, pero sólo eso, nada por lo que luchar, nada que esperar, nada al fin y al cabo en qué creer: ni un vestigio de sus almas. ¿Me entendéis? ¿Me vais pillando? Haced si no un esfuerzo, examinad vuestras conciencias, vuestros vicios… ¿Tenéis bulimia? ¿Sois bisexuales? ¿Pederastas? ¿Estafadores? ¿Alcohólicos? ¿Hipocondríacos? ¿Mirones? ¿Envidiosos? ¿Pervertidos? Yo sólo necesitaba piel… Lo demás, por supuesto, era intachable: mi aspecto, mi trabajo, mis modales… Todos con nuestras caretas, fingiendo, simulando un carnaval… El ser humano, el pobre y prepotente ser humano… Hay que abrir cientos de puertas para cerrar definitivamente alguna, pero todos corren para huir de su interior, se asocian, se aglomeran y edifican pueblos, ciudades, casas… O el dolor… Ese dolor que nace al borde mismo del placer, al arrancar tu piel primero, una gran tira, y superponer encima otra más joven, sangrante y aún caliente, la cópula definitiva con sus cuerpos, días y días sintiendo su contacto, cómo se pega, cómo se seca, cómo va encogiéndose… Y mi casa, mi habitación, los cajones de mi armario… Piezas casi a la medida para mi espectáculo, hipnotizado, travestido y elegante en otra piel…

No recuerdo ya todas mis víctimas, pero sí, en concreto, a aquella chica… Amable, joven, pelirroja… El juego de siempre, la farsa del amor durante unos días… Cómo entró en mi casa, cómo sonreía y cómo eran sus dientes… Y luego, de pronto, los ruidos, el estrépito en la puerta, aquellos gritos, seis, diez policías… Y los golpes, las esposas, las pistolas, los psiquiatras y los jueces… Todos confusos, asqueados, aturdidos… Pobres vencedores, pobres hombres cuerdos… Me quieren reintegrar, descerebrar… Sus leyes, su justicia… Un cambio de sistema y se acabó, cientos de códigos a la basura… Nuevas circunstancias: borrón y cuenta nueva.

Pero ahora estoy aquí sentado. Y una enfermera me mete en la boca una pastilla y me sonríe. Y sale de la celda. Y llega el médico; que me toma el pulso. Y después otra enfermera. Con un carro. Que me da de comer y me habla mientras mastico y me provoca. Hasta que se va. Cierra la puerta. Y apaga la luz y al fin me quedo solo. A oscuras. Quieto. Inmovilizado. Embutido en la camisa. Y cierro los ojos y escucho el latido acelerado de mi corazón. Y pienso en la piel de esa enfermera… Y empiezo a soñar… Y me estimulo…

Relato perteneciente a Mi vida en la Penumbra (Eclipsados, 2008)