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Pían

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Relato de Marina Perezagua.

Estoy muy cansada. Apenas puedo reaccionar a sus caricias. Entreabro los ojos. Es todavía la noche. Por la pesadez de mis brazos calculo apenas unas cuatro horas de sueño. Quisiera decírselo, que estoy muy cansada, pero la formación de la palabra es más lenta que la del deseo. Acepto. Semidormida noto la metamorfosis. Él está duro y su dureza va pasando a mi carne aún tierna por la levedad del sueño. Primero el cuello se me tensa y escucho un sonido que espiro por la nariz y que suena a un cambio de materia, como el tronco frío que cruje hacia el calor de la leña. Antes de estar embarazada había veces en que no notaba el chorrito corriendo. Pero desde que supe, hace tres semanas, que estás ahí, siento el paso caliente del líquido por mis paredes y entonces, en el agüita donde flotas, te imagino golpeada (¿golpeado?) como una barquita por el oleaje, por el semen de donde vienes. Bébelo, hija, ahora que eres lo suficientemente afortunada como para beberlo por todas partes porque no tienes ni boca ni ombligo ni ano. En eso te envidio. Disculpa. No has nacido y ya te envidio. Ni boca ni ombligo ni ano. A veces no sé con qué orificio recibir el fluido, y cambio de posición, indecisa, agarrando no sé qué partes de tu padre, y entonces en medio de ese trance le hago moverse a él, y tampoco sé cómo lo hago porque él es muy grande y yo a su lado muy pequeña. Quizás se mueva él solo, esperando a que me decida. Y retiene. Retiene hasta que me acomodo y le digo con no importa qué órgano: Aquí dentro, aquí está bien. Quizás algún día me disculpe por hablarte así (no lo creo), pero comprenderás que todavía no soy madre, y tú eres sólo un guisante sin princesa. Un guisante sin colchón.  No, un guisante no. Una lenteja. Un piñón entre mis piernas. Y abajo tu padre. ¡Mira! Me ha subido a sus hombros como si fuera una niña y me lleva corriendo por este claustro francés. Hay muchas flores y árboles. Él sabe los nombres de todas las plantas, hasta de las yerbas más insignificantes, y me los va diciendo, señalando entusiasmado aquí y allá, incluso brotes invisibles, que sólo aparecen cuando él los nombra, de repente, como flores inmediatas, flores que se niegan a pasar por la tediosa gestación del capullo. Veo cómo estallan las reglas del ciclo vegetativo. Me río. Es muy divertido. Me río mientras corremos en círculo, esquivando como si fueran minas los tallos que nacen bajo la galería arqueada. No, las minas no son los tallos. Las minas somos nosotros, el peso de una mujer y un hombre sobre dos solas piernas que corren tratando de evitar la masacre de una zarza. Algo me roza el pelo. Es el techo. El techo de madera. Ahora que soy mucho más alta tengo que proteger mi cabeza. Me pongo un pañuelo como un casco suave, un casco duro y flexible de un material futuro. Y en sus hombros llego al centro del claustro. Éste debe de ser el árbol principal. Es muy frondoso y aparto las ramas de mi cara. «Es un tejo», me dice la boca bajo mi cuerpo,«un árbol sagrado porque es inmortal y antes de morir cuando se está pudriendo deja que una de sus ramas se meta en el interior de su tronco ya hueco, y esta rama que crece hacia abajo va limpiando la podredumbre como un pececillo corydora limpia las paredes de un acuario». ¿La ramita se come lo podrido? –pregunto–. «Sí», responde la boca, «se alimenta de ello, y así continúa creciendo hasta agarrar en el suelo y ya no es rama sino raíz sana que sostendrá al árbol durante mil años más». ¿Y cómo has dicho que se llama el árbol? –vuelvo a preguntar–. «Se llama Aurora».¿Aurora? Vale, pues Aurora. Así te llamó tu padre cuando me vio. Den lilla Aurora, fueron sus primeras palabras, y sus manos tocándome en el metro («¡Señora!, ¿qué mira? Este vagón no es de acero, es orgánico como las ramas de la wisteria que en la pérgola del parque sostienen a los mapaches. Y las familias que caminan por debajo halagan el olor de las flores. Ignoran que ese olor está mezclado con el calor del pelo animal, con sus orines, con sus semillas masticadas, con el sudor de los círculos que encierran cabezas y rabos enroscados. Señora, no sea mojigata, el ambar gris del perfume que usted no puede costearse es bilis de cachalote). Y él que volvía a repetir Den lilla Aurora, dándote a ti un nombre antes de saber el mío, un nombre con un adjetivo sueco, porque el sueco es el idioma de los pájaros, dijo, y se pronuncia así: Dein lilya Aurora, y lo decía muy lento: Dein (mi oreja), lilya (mis ingles), Aurora: la tensión de sus pantalones, un vaho, un jadeo en el espacio que media entre su piel y la tela, reducida, por la excitación, al algodón llovido y apretado, pelusa mojada de la flor cuando todavía estaba en la rama. Y en la lentitud de esas palabras yo tenía tiempo de decirme que soy alérgica al látex pero qué importa, en este vagón no hay farmacia y además no quiero el tiempo para comprar nada; lo que duraban esas tres palabras solo me daba para decirme que este hombre tiene que estar sano y yo no acepto plástico en mi cuerpo y vámonos a mi casa sin justificarle ni a él ni a mí que hacía apenas cinco minutos que nos conocíamos. Y luego cuando nos conocimos vimos Fanny y Alexander y tú recién nacida en sus grandes manos en la pantalla y él que repetía mirándote den lilla Aurora y yo que decía que si tengo una hija no le voy a poner un nombre porque cuando nací mi padre me llamó Sonia sin saber cómo me llamaba. Y esperaba que cada vez que yo escuchara Sonia respondiera. Y yo que no respondía, pero no era mi culpa sino de él, que se atrevió a darme un nombre sin conocerme, cuando todavía era apenas tres kilos de carne ensangrentada. Y las hojas del tejo me arañan un poco la cara pero encuentro un claro dentro del árbol y me acomodo mejor en los hombros que me sostienen. La distancia entre el comienzo de mis dos muslos es exacta a la anchura del cuello de tu padre, que queda en medio. Qué alta estoy. Y qué verde me rodeo. Y a veces tengo miedo. Cuánto miedo. Miedo de que todas las cosas se callen como personas rencorosas, de que todo me niegue la palabra, o hable hacia dentro, y yo caiga en una pecera de bocas que se abren sin lenguaje. Entonces floto como un besugo que busca los ojos de otro besugo en un acuario de agua turbia. Y el temor es tanto que cuando veo un besugo ya no veo un pez, sino una persona que no puede hablar de tanto miedo. Así los reconozco en la pescadería, en su lecho de cubitos de hielo, los ojos asombrados ante la visión de esa burbuja que ellos soltaron como palabra pero que solo salió como una pompita de aire en el agua. ¿Y si el dolor es así tan grande que no pueda nombrarlo sino con burbujas que se rompen vaciándose de nada? Entonces quienes me quieren me darán por desaparecida. Pondrán una denuncia, reunirán a los vecinos para buscarme en el campo con linternas en la noche, sin saber que los desaparecidos que mueren mudos abandonan sus formas humanas y cambian la piel por escamas, y los huesos que les vertebran por una espina lacia de un pescado que nunca fue pez. «Mamá, amigos», les diría, «los mudos desaparecidos no están bajo tierra, sino en la fosa común de ojos atónitos y escamas que un pescadero arroja en un cubo de basura negro». Pero hoy no quiero hablar de ello, den lilla Aurora, o como te llames, porque ahora no estoy en un cubo ni en una pecera, sino en las alturas de un hombre, en la copa de un árbol. ¿Y sabes que los ruiseñores son tan valientes que atacan a los gatos? Y los tyrannus son pájaros que se atreven contra los aviones. Se lanzan contra los motores. Esos aviones de pesticidas que sobrevuelan tan bajo los campos se lo tienen bien merecido. Que se calcinen sus pilotos entre venenos inflamables mientras los insectos sin orejas escuchan los chasquidos sin saber, o quizás sabiendo, que hasta la semana que viene no volverán a fumigar; toda una semana (una larga vida) para ellos. Y mira. Aquí viene un nuthatch. Los nuthattch trepadores son pájaros sin cuello. Él me explicó por qué. El cuello no les hace falta porque trepan tronco arriba tronco abajo en busca de insectos y no necesitan ver más allá de la corteza que tienen en frente. Míralo. Aquí viene uno. Sube por el tronco como un lagarto. «Una vez tuve un amante –le conté el primer domingo que metimos los pies en el estanque–. Era en parte un hombre que metía la cabeza en el río, para beber, como un perro. No me veía, pensaba que en el agua solo había algas sin huesos, pero yo le miraba sumergida con un collar de plomo. Era un alga vertebrada. Pasé muchas tardes tumbada en el lodo, bocarriba, mirándole, desde abajo. Cómo lamía el agua. Yo quieta, para que las burbujas no incordiaran el paso de su lengua entre mis ojos. Su lengua, agrandada por el río, tan visibles sus papilas, chupando el líquido que me contenía, sin saberlo él, todavía». Me quito un zapato y acerco el pie con cuidado al pajarito trepador. Tiene su pico largo y afilado como todo insectívoro. Acerco más el pie, muy lentamente, para no asustarle, y lo balanceo a la altura del abdomen de tu padre. Me fijo en ese piquito tan fino y largo como el de un colibrí. Mi pie está ya muy cerca. Cierro los ojos. Escucho cómo picotea la corteza y deseo que me picotee entre la uña y la carne. Que me desparasite o que me retire la piel muerta. Pero el trepador sigue subiendo y ahora que está a la altura de mis ojos me pregunto si querrá al menos lavarme la cara como lo hace tu padre algunas mañanas, su lengua limpiándome los ojos, retirándome de las esquinas oculares los humores cuajados de la noche. Pero el nuthatch se pierde por una rama y yo misma me limpio esos granos como de arena. Los chupo en mi dedo imaginando que están todavía en mis ojos y que yo entera soy la lengua de otro. Se deshacen. Y aquí vuelve el miedo que trepa como el nuthatch, subiendo con su nariz pegada a mis piernas. El miedo de que todas las cosas se callen. El miedo de que tu padre, o el padre de cualquier otra, o el padre no padre de nadie, no quiera subirme ya más a sus hombros. El miedo de pasar de la risa y la altura al gateo en el suelo, a la súplica de un cachorro que reclama atención tirando de los pantalones del cazador que sólo sabe otear el horizonte. Pero por qué habría de ser así. Ahora mismo no tengo motivos para temer nada porque la mano de tu padre toma mi falda y la engancha a una pequeña rama, como la ropa húmeda que en el cordel se orea. Y es cierto que no soy muy grande, pero pío como un wren. Esto me lo dijo él: «Gimes como un wren», ¿Y qué es un wren? –le pregunté–. «Un wren es un pájaro cuyo volumen de canto es, en comparación con su tamaño, el más alto».Es cierto. Pío. Pío como ahora cuando sus dedos tocan mi semilla como un brote que se dilata como lo haces tú en mi vientre, y creces. Pío, y quizás el sonido te llegue amortiguado por el líquido amniótico. Pero escucha, otros también pían. Él me está acariciando y con los ojos medio cerrados miro alrededor y veo decenas de nidos. Decenas. Y en cada nido hay (cómo me gustaría que lo vieras) tres o cuatro polluelos que abren el pico pidiendo comida. Pían. Ellos también pían. Pían con sus picos que parecen sonrisas anaranjadas, y cientos de madres acuden a la vez a llenar sus buches. Las alas me rozan la cara mientras él me acaricia, y mi boca rosada detrás de su cuello se tensa en una sonrisa llena de agua, que llueve el tronco de este árbol cantor.

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La flor del dolor

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Relato de Judith Bosch

-¿Ves estas marcas? -dijo la señora Asín, señalando una gran lápida cubierta de estrellas grabadas -. Cada una de estas marcas simboliza la pérdida de un alma; no la pérdida de un cuerpo, que es lo que todos venimos a llorar aquí, me refiero a la pérdida de un alma, la pérdida de lo mejor que tenemos, lo único que nos puede hacer libres.

Fadwa deslizó su mano por aquel firmamento de piedra. Luego levantó la mirada y la dejó extendida como una sábana sobre el fatigado rostro de su madre.

-Todos los que aquí están representados han desaparecido. Todos han desaparecido en cuerpo y en alma. Un día no quisieron acompañarse más en el dolor y fueron a quitárselo, y se perdieron en los brazos del bosque con la mirada vacía y la boca reseca, en busca de la flor mágica, Fadwa; ésa que todos en este pueblo conocen de oídas,  la flor del dolor.

Fadwa había escuchado hablar de la flor del dolor. Los aldeanos aseguraban que todo aquel que mordía sus pétalos se quedaba en el bosque para siempre.

-Prométeme que pase lo que pase no acabarás aquí -continuó la señora Asín -. Prométemelo, Fadwa. Ahora estamos solas tú y yo y tenemos que ser fuertes.

Fadwa asintió en silencio y le tendió la mano. Las dos regresaron hacia el desfile de telas blancas, los errantes enlutados que se detuvieron frente a una tumba recién puesta: la tumba del padre, esposo y bien amado señor Asín.

Después de recibir todos los pésames oportunos, madre e hija se metieron en un coche conducido por el tesorero de la familia. Tenían mucho que hacer. Faltaba una semana para que la señora Asín se casara con el hermano del difunto; debían ultimar preparativos y entre tanto llorar las lágrimas que quedaran, para que el corazón no se pudriese.

El matrimonio se celebró en la fecha acordada, con una ceremonia muy austera y la presencia de algunos familiares. Ese mismo día el señor Keled Asín, hermano del difunto, se trasladó a la casa donde vivían Fadwa y su madre. Contrariado por no contar con una esposa virgen con la que celebrar una noche de bodas a su gusto –y al gusto de Dios-, exigió educadamente la compañía de la joven Fadwa. La señora Asín aceptó, empujada por el miedo no infundado a que Keled la repudiase.

-Dios nos ha hecho mujeres, cariño, y tenemos que aguantar. Si nos repudian, nos quedaremos en la calle a merced de la misericordia de las gentes de este pueblo -dijo la madre a Fadwa mientras secaba sus lágrimas y acariciaba su pelo.

-Pues viviremos de la misericordia, madre -contestó la pequeña.

La madre le pellizcó la barbilla y le dio un beso en la frente.

-No sabes lo poco misericordiosa que es la gente con las mujeres repudiadas.

Después la abrazó, con cuidado, como si estuviese abrazando un pájaro herido.

Keled esperaba detrás de la puerta.

La señora Filiz Asín y Fadwa conocían bien las perversidades del hermano gemelo del señor Asín. Incluso la anciana y difunta Imtithal, la madre de los dos hermanos, había advertido a Filiz del peligro que suponía para ella casarse con Kadin Asín, el hermano más débil, ahora el difunto esposo.

Kadin Asín era un hombre bondadoso y muy delicado de salud. Keled, sin embargo, potenciaba su tremenda maldad con una robustez de roble y una capacidad nunca vista para recuperarse de cualquier afección.

-Si Kadin muere antes que Keled, ya sabes lo que ocurrirá contigo y con los hijos que engendréis -advirtió la abuela.

Pero las cartas ya estaban echadas. Ahora Filiz y Fadwa no tenían otro remedio que soportar las fatalidades del destino.

Y así hicieron.

Durante meses curtieron sus cuerpos y sus sexos de golpes y humillaciones.

Madre e hija tragaron tantas lágrimas que sus corazones empezaron a pudrirse en el pecho, y cada vez que tosían se quedaban con un trozo de corazón en la palma de la mano.

Los ojos de las dos se marchitaron y ya no distinguían colores ni formas; ya dejó de importar que el cielo estuviese azul, o negro, o cubierto de nubes. Ni que los almendros enseñasen sus primeras flores. Madre e hija no veían. También empezaron a dejar de escuchar, de modo que los cantos de los pájaros y los insultos del señor Asín acabaron metidos en la misma bolsa rota.

Las dos mujeres fueron convirtiéndose, poco a poco, en dos sombras enjutas que moraban por los pasillos como fantasmas. Aprendieron a vivir sumidas en un sueño espeso, en el que el tiempo hubo perdido toda vinculación con la felicidad y la tortura.

Una mañana Fadwa encontró a su madre muerta, tendida a los pies de Keled.

El hombre, desesperado, la pateaba y gritaba: “¡No te puedes morir! ¿Qué hago ahora con estas legumbres? ¡Tu hija es tan mala cocinera que haría vomitar a una alimaña! ¡Levántate! ¡Vamos! ¡Arriba!”.

Fadwa se apoyó en la pared, y se dejó caer, invadida por un estremecimiento que convirtió su cuerpo en un amasijo inerte de metales carcomidos.

Encogida en el suelo, ante la mirada mezquina del asesino de su madre, sintió una pequeña punzada –un pequeño pellizco- en el minúsculo pedazo de corazón que aún no había sacado por la boca.

Todos los meses de encierro le cruzaron la frente: el dolor que hundió sus costillas hasta convertirlas en finos alambres, hilos conductores del miedo; La necesidad de huir del cuerpo y dejar la piel atrás, como una serpiente que muda su espanto; la urgencia de morir en vida, asfixiar los latidos del propio corazón.

“Tengo corazón”, pensó. “Tengo corazón, tú aún no me lo has quitado”.

Repentinamente una descarga eléctrica la convulsionó entera y sus brazos y sus piernas se convirtieron en rígidos e indestructibles hierros incandescentes.

Sus ojos se encendieron.

Sus dientes chirriaron hasta producir chispas, y de las mandíbulas de acero empezaron a emerger ríos de espuma amarga.

El señor Asín fijó la mirada en el rostro desfigurado de la pequeña Fadwa, ahora monstruosa Fadwa, y caminó hacia atrás, lentamente, con los labios trémulos y la tez pálida.

Fadwa se fue incorporando poco a poco, estudiando la anatomía del asesino como la leona que examina a su presa.

Cuando Keled derramó sobre el suelo la última gota de sangre, exhalando toda su maldad en un aliento hediondo como el caldo de azufre, la bestia se colocó en pie sobre su cuerpo, alzó la vista al techo y arrancó de su garganta un aullido aterrador como pocos se han oído en este mundo.

Saltó luego hasta las piernas de la mujer muerta. Las olisqueó como si fuese una jabata buscando un hilo de vida bajo la carne. Las lamió, y siguió el rastro de las heridas hasta el pecho hundido, y allí, entre lametones y rugidos, vació en un llanto espeso como el alquitrán, los vestigios de humanidad que le quedaban.

Apenas dos horas después, corría por el bosque a cuatro patas, espantando a cualquier ser viviente que se cruzara en su camino.

Seguía el rastro de un perfume, un perfume que jamás hubo percibido antes- no siendo humana-, un perfume que estallaba en su hocico a modo de latigazo y convertía su estómago en una bola de fuego.

Terminó de perseguir el rastro en lo más profundo del bosque, a los pies de una flor de tallo grueso y duro y suaves pétalos tornasolados.

Pasó la piel de la cabeza por los pétalos hasta derretirse de caricias, dejando pender, del hocico embriagado, finas hilachas de un líquido blanco y pegajoso.

Y mordió la flor.

Cuando no pudo más con la excitación, mordió la flor lascivamente. Y engulló uno a uno, con fruición, todos los pétalos.

Y dejó a la flor sin pétalos.

Entonces comenzó a mordisquear el tallo, sintiendo cómo dentro del cráneo burbujeaba una papilla espesa, y su tráquea se expandía hasta reventar las arterias del cuello.

Comió y comió.

Hasta dejarla sin tallo.

Entonces escarbó en la tierra, en busca de la raíz tierna y jugosa. Y mientras el cuerpo tiritaba, fue comiendo de la raíz con bocados frenéticos. Escarbó y comió hasta acabar con el último pedazo de raíz y un hoyo gigantesco se abrió bajo sus patas.

Abajo, tumbada e inmóvil oyó unas pisadas que se aproximaban, luego una voz dulce y musical.

-¡Ya estás aquí! Llevo tanto… tanto tiempo esperándote.

La bestia pudo distinguir la sombra de una muchacha.

-No lo sabes, ¿verdad? No sabes quién soy -susurró la muchacha desde la penumbra.

La bestia no pudo emitir ningún sonido, ni siquiera un gruñido apagado.

-Cada vez que perdías un pedazo de corazón -continuó la muchacha -yo me hacía más fuerte, más sólida, más visible. Hasta que empecé a pensar, a hablar conmigo misma. Entonces supe que el tiempo para encontrarnos se hacía más corto. Por eso aguanté la espera, la abrumadora espera, porque sabía que cada día tu corazón se iba volviendo más pequeño, y el mío, en cambio, más grande y refulgente. ¡Esperándote! ¡Qué paradoja! Esperándote en angustiosa soledad mi corazón se hacía más fuerte. Fue tan relajante para mí sentir cómo vibraba tu último pedazo de corazón, cómo se sacudía, cómo estallaba, igual que una estrella a las puertas de la muerte, con todo el brío y la magia de una estrella. Oía el crujido de las hojas bajo tus pisadas, oía tu respiración fuerte, ansiosa…, casi podía sentir el deseo que prendía en la carne misma de tu hocico, casi podía sentirlo, y estremecerme. ¡Oh! ¡Dios! Cuando mordiste el primer pétalo… ¡No sabes cómo se sacudió todo mi cuerpo! ¡No sabes de qué manera se me erizó la piel! ¡Cómo temblaba! Más y más a medida que ibas comiendo, saciando tu hambre, hundiéndote hasta mí… Y ya estás aquí, por fin, ya has comido. Y mírame ahora, soy yo… soy tú. Tan real y tangible como lo fuiste algún día, como lo fuimos algún día.

Los ojos de la bestia se apagaban poco a poco.

La muchacha se acercó al animal y se arrodilló.

-No sufras, no sufras más, ya no hay dolor, ya no. Ahora estamos juntas. Para siempre.

Se inclinó y besó el hocico de la bestia.

La bestia la contempló en un último intento por mantenerse despierta. Aquel rostro le era tan familiar, tan conocido, tan suyo…

Sí, esa fue ella en otro tiempo, ya muy lejano, o al menos eso le habían dicho las mentirosas pieles de los espejos.

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Darío Vilas Couselo

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Darío Vilas Couselo es redactor, escritor y ha sido editor. Ha publicado las novelas El hombre que nunca sacrificaba las gallinas viejas (Tyrannosaurus Books, 2013), Lantana: donde nace el instinto, (Dolmen Editorial, 2012), Instinto de Superviviente (Dolmen Editorial, 2011), Piezas desequilibradas, (23 Escalones, 2011) y el libro de relatos Absurdario (Sven Jorgensen, 2014). Ha colaborado en las antologías Tiempos Oscuros núm. 3 (miNatura, 2014), Antología Z Vol. 6 (Dolmen Editorial) o Imperfecta Simetría (Círculo Rojo, 2009) entre otras. Mantiene activa su propia web como escritor y ha sido reconocido en España como uno de los autores que cultiva el género terrorífico junto al género fantástico y el realismo sucio con mayor originalidad y maestría. Ha sido miembro de la junta directiva de Nocte, Asociación Española de Escritores de Terror hasta noviembre de 2012.

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El Perseguidor

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Relato de Andrés Mauricio Cabrera

I

Si hubiese hecho algo en aquel momento, seguramente ahora no estaría escribiendo. Seguramente estaría pensando, desgarrando la almohada con pensamientos vanos que se estrellarían contra el techo de la habitación. Seguramente, pero no fue así. No le dije nada en su momento. No le dije siquiera que me esperara, o que me diese una oportunidad de aclarar las cosas. No, no lo hice. Y así, ahora estoy sentado en esta silla, desparramando palabras contra la pantalla; con el dolor en las vísceras y el aroma a dolor que destila la resaca. Estoy aquí, no hice nada.

II

Si tuviera que hablar de mí, sería seguramente insoportable. Andrés, Andrés Herrera, veinticinco años, hombre, soltero. Más allá de eso, no sabría dar información precisa. Todo está ya en la cédula, en los diversos documentos que se desparraman en inhóspitas oficinas del Estado. Y a nadie le importan.  Todos estamos demasiado ocupados como para ocuparnos en otra cosa que no sea nosotros mismos.

Camino. Camino de vez en cuando, a falta de trabajo, a falta de tranquilidad…deslizo mis pies sobre la calle. El pavimento se tuerce en siluetas de furia tras mis pasos. Pero yo sigo caminando. “¿Por qué empecé, preguntas?” No lo sé. No sabría explicarlo. Pero un día ya estaba ahí, en la calle de enfrente de la casa, caminando. Al final, terminé siguiendo a la gente que me parecía interesante: mujeres recién casadas de cabello liso y ojos claros; jóvenes con ojos ansiosos y miradas lascivas en busca de droga…entretención, placebo, lo que fuese; oficinistas que en las noches, luego de salir de su trabajo, deslizan sus espesas cabelleras rubias al desatar los lazos, cambiando la mirada; hombres que se detienen en las esquinas a mirar a la nada…y se pierden en los colores, las faldas, sin siquiera percatarse del sol.

Y la lista podría continuar, pero no, no tiene sentido. Sólo puedo decir que me dediqué a eso por unos tres años. A falta de trabajo, a falta de esperanzas…bajo el vacío de la vida, mí propia vida, que no me ofrecía nada al final del día. “¿Cómo me mantuve, me dices?” De la renta. De los pocos ahorros que había cultivado en el pasado. Como te decía, caminar fue mi hábito.  Pum/pum/y la acera se clava en tus pies, y no hay destino fijo, y el cuerpo se desliza capturando rostros que se despedazan en la memoria para nunca más existir. Pero, muy de vez en cuando, surge alguien que refulge entre los avisos y las luces, y el rumor de los autos. Y algo cobra sentido, a pesar de mí, y de lo poco que me queda por hacer aquí.

Y entonces, lo sigo. Hasta que me canse, o alguien con más fulgor surja de entre las cenizas de los autos. Después me tengo a mí mismo… y lo que queda del vacío.

III

Al principio sólo era caminar. Ir de un lado a otro, de la casa al centro de la ciudad, pasando por avenidas de luces desteñidas y soledad, soledad absoluta. A veces torcía por calles desconocidas: sitios que parecieran extinguirse al caer la noche, para luego morir. Prostíbulos ubicados al final de una panadería…en donde, creías, era el baño de los propietarios; pequeñas librerías que se extinguen en medio del rugido de los motores, soportando el tiempo… como si las páginas de sus libros fuesen el último acto de emancipación posible; a veces, incluso, me encontraba con bares detrás de casas desvencijadas por los años. Sitios en ruinas al borde de la acera, con puertas blancas y oxidadas que, al mínimo golpe, se abrían. Y todo era un mundo nuevo, y parecía haber algo oculto detrás de la propia vida que se escondía en la ciudad, a los ojos de todos.

Náufragos. Sólo así podía describir a la gente que allí se veía: de tez blanca, demasiado blanca, y ojos felinos y brillantes. Miradas agotadas por la vida, mas no sin esperanza. Cuerpos delgados que se estremecían al más mínimo roce de vida: olfatos desarrollados para captar la furia existencial y recibirla con tranquilidad. Poco hablan, poco les importa lo que pasa “afuera” (como varias veces escuché mencionar a lo que existía más allá de estos sitios),  menos aún les importas tú. Están ahí, a la espera de “algo”. Y ese “algo” es diametralmente opuesto en todos los casos, dependiendo de la persona de la que se trate. Viven bajo la inercia, eso sí, sin simpatía por la estupidez. Y están ahí, como tú, y te conocen sin siquiera haberte hablado.

La ciudad esconde a sus muertos en estos sitios, sus náufragos, para que nunca hablen y sus “mensajes” queden sumergidos al final de la botella.

IV

Empecé a interesarme por las personas, antes que por los espacios, el día que conocí a M. Ustedes saben de quién hablo (la prensa se encargó de hacer más ruido del habitual con el caso). Y, aún así, las fotos del periódico nunca lograron captar su verdadera presencia: la tibieza de los ojos, la rudeza de los labios rojos que sonríen bajo el peso níveo de los dientes, la cintura delicada y los senos sencillos, no muy grandes, tampoco demasiado pequeños. Ella, sí, M. Fue ella la que me llevó a perseguir personas: esperaba encontrar “eso”; aquello que se agitaba al más mínimo roce de los ojos y que aturdía las vísceras hasta la implosión. Deseaba encontrarlo…mas no lo hallé en nadie más que ella, a pesar de un par de “falsas alarmas” que estremecieron mi vida por un par de días.

M. M. M, la mujer que caminaba con paso agitado y sin ninguna preocupación. La misma que se levantaba a las 6:00 am, para luego prender la televisión. Esa que, camino a la oficina, compraba el pan en la panadería francesa del centro de la ciudad. Ella, sí, ella. Alguna vez chocamos en la calle, y sentí el aroma de su perfume: Carolina Herrera, sí, seguro. Tú, M, aquella que prefería desnudarse al entrar a casa. Lo supe todo de ti, todo lo que la distancia permite saber. Más nunca te conocí. Sabía que te gustaba la comida japonesa (¿Cómo no suponerlo después de que ibas todos los fines de semana?), y que preferías a James Dean por encima de todos los mortales (¿Crees que nunca vi el afiche que estaba encima del televisor?). Supe todo lo que podía saber…así, a lo lejos, sumergido en la penumbra de algo que no merecía ver la luz.

Tal vez debí decírtelo. Me llamo Andrés, Andrés Herrera. Soltero, 25 años…

Pero no.

V

La seguí hasta el hartazgo. Hasta saber todo lo que podía. Recopilé todos los datos que pude: Qué buscaba en un hombre, sus escritores favoritos (London, Poe, Baudelaire), sus películas favoritas (ApocalypseNow, Eraserhead, Barry Lyndon), sus más profundos miedos…y sí, la soledad, eso que le era tan propio, como todos los que transitábamos sin más por la ciudad. Olvidé decir que M era cliente habitual del Suburban, uno de estos lugares donde los náufragos encuentran navío hasta que llega la hora de volver a algún sitio. Ella era uno de ellos, pero tenía “hogar”. Sabía que, al final del día, siempre tenía su casa. Tenía un sitio a donde volver, amigos con los cuales hablar, un trabajo en el que se sentía satisfecha. Era parte de todos, pero sólo estaba ahí para observar. Observaba, desde el momento en que se sentaba en la barra hasta que decidía bailar con el primero que tuviese las agallas de pedirlo. Luego, sin más, se iba. Se iba para volver a donde siempre debía de haber estado. Aunque luego regresaba, y yo ya estaba allí.

Una de mis normas era nunca volver al mismo lugar…pero M me hizo revalidar aquella decisión. Sólo podía estar donde estaba ella, sólo allí. Solo, allí.

VI

Cualquiera hasta aquí creería que la amaba. Más no. No la quería en lo más mínimo. No se puede amar si se olvida el propio rostro; menos aún, no se puede querer sino se tiene un lugar al cual volver al final del día. Tal vez la admiraba. Sí, “admiración” es la palabra. Ella estaba allí, como yo, tan sólo observando. Buscando algo que se extraña aún si nunca se ha tenido de frente. Pero seguía su vida, continuaba con el ritmo de una persona eminentemente productiva. Y yo no. Yo tan sólo caminaba, para luego regresar al viejo apartamento y dormir.

Por eso escribo ahora. Ayer, por fin, logré sentarme a su lado, y hablar:

-¿Vienes siempre, eh?- le dije, mientras señalaba al barman para que viniese hacia mí.

-¿Ah?- replicó, luego de volverse hacia donde yo estaba.

-Sí, te he visto un par de veces, aquí. En el bar…bailando, y tomando algunas copas.

-¿Te conozco?

-No, bueno, tal vez. Te he visto un par de veces, aquí, y estuve tentado a hablarte- hice una seña de despedida, y me fui levantando del taburete.

-Tranquilo, quédate…-me dijo, sosteniendo mi muñeca con sus manos.

-Está bien.

-¿Sabes? Yo también te he visto. Aquí, y en muchos lugares.

-¿Ah sí?- contesté, sintiendo el ardor en la garganta y la sangre escurriéndose por los poros de la espalda.

-Sí. Te he visto desde mi ventana, mientras me quitaba la ropa o preparaba algo para comer. Te he visto en la esquina de mi oficina, sentado en el viejo parque. Siempre con gorra roja y gafas oscuras, ¿Eh?- y sonreía. Sonreía como si siempre lo hubiese sabido todo. Y no le importara, porque poco importa lo que alguien sin rostro puede llegar a observar.

-Mi-mmmierda.

-Siempre sales a las 4 de la mañana. Tomas una ducha rápida, cocinas un par de tostadas y luego te apuras a ir hacia mi casa. Esperas a que prenda la luz, y te asomas por el ventanal que da hacia la calle. Algunas veces entraste…dejé la puerta abierta de la ducha, nunca hiciste nada. Luego, tan sólo me seguías…y ese era tu día. ¿No es así?- y la memoria se empantanaba con viejos retazos de los días pasados. Allí estaba yo, viéndolo todo. Desde sus ojos, desde la nada que me señalaba sin recordarme siquiera quién era. ¿Acaso soy el espejo de los pasos de alguien más? ¡Puta vida! Y sí, ella sonreía…calculándolo todo.

-Sí…

-¿Sí, qué?

-Soy yo.

-Siempre lo supe.

-Yo…

-Nada.

Y se fue, sin dejar siquiera rastro tras los strovers que se cruzaban en mis pupilas. Intenté volver a su casa, pero no…nunca pude volver. Los pasos se retrotraían al instante de empezar la marcha. Un par de veces, incluso, intenté llegar en un taxi. Pero fue imposible. Lo que había sido el edificio de M ahora era tan sólo un solar vacío en medio de una calle desolada. La vieja panadería y el restaurante japonés también se habían esfumado. Al preguntar a varios de los que, a mí juicio, parecían transeúntes habituales de la zona, me encontré con que nunca habían estado allí.

M no existía. Y no sé siquiera por qué le llamo así; si nunca conocí su nombre. M es la partícula de una vida que nunca existió: el retablo sobre el cual grabé los pasos de una vida que, ni siquiera, existió. Por eso escribo ahora, y por eso también los diarios escribieron sobre mí. “El hombre que deambula por el parque central”; “El loco de las avenidas de la muerte”; “M de Muerte”, rezaban los titulares de la prensa. Todos saben de mí, y yo soy parte de todos. Y no sé nada de mí. Y me llamo Andrés, Andrés Herrera…

Escribo, porque tal vez así encuentre algo sobre lo cual construir algo nuevo. Pero no, tan sólo soy Andrés, Andrés Herrera. 25 años, soltero. No sé a dónde ir, ni siquiera a donde volver. ¿Existió? ¿Fue real? ¿Qué mierda pasó aquí?

Y sigo escribiendo. Esperando a que sean las 10. Pero todo está muy blanco.

Y nunca.

Nunca

Entra la luz.

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Extinción

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Relato de Gianfranco Selgas

A Génesis la vi sentada en el recodo de la playa, donde se acumulan los desperdicios que vienen de la ciudad perdida. La arena es de un ocre pálido y el mar, espumoso, desprende un olor fétido. Caminé cuidándome de que la tierra no entrase en mis botas, sorteando algunas conchas marinas putrefactas y algas en estado de descomposición.

Hace siete años el cielo se cerró. Las nubes se hincharon lo más que pudieron de monóxido de carbono y sólo se ve llover una vez cada dos meses. Del sol sólo tenemos un óvalo borroso que parece resplandecer a lo lejos, teñido por la pátina lechosa de las nubes que se apelotonan sobre sí, creando retorcidas formaciones que se explayan sobre el firmamento. Sin embargo, y aunque suene increíble, aún se conservan el día y la noche sólo que el transcurrir de estos, en cambio, parece envuelto por un filtro gris amarillento, como si estuviésemos hundidos en una atmósfera de tintes pesadillescos, ahogados por esa terrible sensación de asfixia que transmiten los matices opacos del día a día.

Génesis dejaba que la brisa podrida le alborotase el cabello, descubriéndole el rostro. Cuando la alcancé, se puso de pie y me tomó de la mano. Caminamos unos diez metros y nuestros cuerpos se empezaron a hundir en el mar. La espuma bullía, pero una vez dentro la sensación era cálida y placentera. Luego Génesis se sumergió. Los pelos se le abrieron bajo el líquido marino como patas de araña o astillas de un trozo de madera reventada. Las toqué y jugué con su maleabilidad, y me imaginé que el mundo estaba contenido en cada hebra. Cuando emergió del agua su rostro estaba lleno de llagas purulentas. Tuve la necesidad de extirparlas, pero cuando le acerqué mis manos ella las apartó con suavidad de su rostro, me dedicó una sonrisa brevísima y volvió a sumergirse para no mostrarse jamás.

Cuando salí del agua, vi a lo lejos su cuerpo suspendido en ese jugo asqueroso que insistimos en llamar playa. Se meneaba lentamente con el vaivén del oleaje, y menos de cinco minutos después desapareció completamente de mi vista.

Después me fui.

Al llegar al piso telefoneé a mi ex mujer. Le conté que Génesis se había marchado, esta vez para siempre, como habían hecho todos nuestros hijos y los hijos muertos de los demás. No dijo nada. Luego suspiró y colgó la llamada. Yo me fui a dormir.

Los días transcurren y del cielo no se borran jamás las corazas negras brillantes, clavadas en el firmamento como si alguien las hubiese pintado punto a punto con sus dedos. Las calles apestan a tierra húmeda, y casi siempre están vacías. No hay ruidos. La poca gente que todavía cohabita esta ciudad se cita en algunos bares que abren sus puertas para servir algo de agua ardiente o alcohol destilado que traen desde Terra Alta o Costers del Segre.

–Así que por fin se ha marchado.

–Se ha marchado, sí –respondo.

Tomé tres vasos de alcohol destilado. Luego me asomé a través de la ventana del local y miré, junto con el resto de parroquianos, la erección de las lunas brillantes. Esa fue la primera vez que las vi en mi vida. El sol pálido por un lado; las circunferencias plateadas, llorando luz reflectante, por el otro.

De un edificio en ruinas emergieron los cuerpos enmohecidos de dos adolescentes. Iban cogidos de mano.

–Es su turno –dice en voz baja el de la barra mientras echa otro chorro del líquido ardiente en mi vaso. Con un gesto le pido que se detenga.

Ambos muchachos se arrodillan sobre la acera. Uno, el más delgado, apoya el cráneo pelado sobre el asfalto, reposando buena parte de su cuerpo en posición fetal, con el perfil mirando hacia el este. El otro se reincorpora y le dice algo ininteligible. Por un instante siento que nos observa, que sus ojos blandos y amarillos se posan sobre el bar y sobre mí, sobre los cuerpos inertes del resto de individuos viejos y nocivos, cuerpos viciosos y desvencijados por los años que le miran tras el cristal desgastado del tugurio. El adolescente que está de pie se gira, entorna su cuerpo y luego impacta repetidas veces su pie sobre la cabeza del otro muchacho. Cuando escuchamos el reventar del hueso, todos nos giramos y volvemos a mirar nuestros vasos.

Un hombre de más o menos mi edad, sentado a la esquina de la barra, sollozando, manosea incansable unas fotografías desgastadas y se soba lentamente el poco pelo que le baja hasta el rostro flácido, de rasgos émbolos. Detrás de mí, en una mesa, otro tipo de gafas sucias dice que dos días atrás su hijo de doce años se había aplicado queroseno sobre su cabeza, brazos y estómago, y luego se prendió en llamas y se consumió ante él y su mujer y la niña recién nacida que había parido la mujer hacía diez semanas.

–Todavía le brilla el alma –dice el viejo tras la barra refiriéndose al tipo de gafas sucias.

–Lo sé.

–¿Lo has intentado?

–No me lo he planteado. Tiene poco sentido.

–Piénsalo.

El viejo se apartó, arrastrándose hasta un punto invisible a mis ojos.

–Ahí van otros dos –dice alguien cuando de una azotea cayeron los cuerpos famélicos de dos niñas sin ropas.

Pensé en Génesis esa tarde, al volver a casa.

Cuando empezó a oscurecer, las estrellas, como cada noche, empezaron a bajar del cielo, borrándose ante mis ojos como polvo estelar. Las noches son oscurísimas y el silencio que prima en el día se intensifica a estas horas. Bajo la poca luz que irradian las bombillas, leo el único libro que me queda. He pensado que la existencia humana es una dicotomía y que el castigo divino existe y es pesado y doloroso. El objetivo se oculta tras la imagen ilusoria, y hacia ella extendemos nuestras manos de hueso. Sin embargo, la naturaleza lo alcanza primero y nos lo arrebata en silencio pasmoso.

Al recordar los ojos de mi hija antes de perderla por siempre, me doy cuenta que por fin la desmesura, la contradicción y el goce nacido del dolor, se han revelado como la verdad última. La liberación se consuma en el sacrificio de sus cuerpos jóvenes que se purgan la enfermedad de nuestro mundo novísimo.

Cuando me quedé dormido soñé todo esto y al despertarme no pude evitar recordar cómo sucedió todo, el momento en el que el cielo cambió de color y la ciudad a nuestro alrededor empezó a despedazarse y podrirse poco a poco, y las estrellas negras y las lunas brillantes comenzaron a reinar sobre nosotros. Pensamos que aquello era todo, que el mundo por fin se resentía, pero la realidad, viciada, no sólo vomitó sobre la tierra sino que también abrazó con sus labios dentados el alma de nuestros hijos, llevándoselos uno a uno con el canto de su adolescencia perdida como si se tratase de una enfermedad o del exterminio pactado de una generación invisible.

Lo peor de todo es el silencio y el crepitar repentino de las voces adultas o viejas o el chasquido del viento que choca contra el concreto o esa sensación lastimera de que el mundo como lo entendíamos ha llegado a su fin.

Esa tarde en el bar creí ver los ojos de Génesis ahogados en al fondo de mi vaso. Para muchos como yo, ésta es la única salida a pesar de que en el fondo sabemos que tal escape no existe y que acabaremos más locos de lo que estábamos antes de que esta ciudad se borrara por completo e hiciera de nosotros unos seres despreciables.

En la noche volví a telefonear a mi ex mujer. Escuché el sonido del auricular despegándose del aparato. Como no habló, comencé a decirle que no entendía cómo había sucedido esto. No tengo respuestas, dije y me quedé callado. La escuché lamentarse en voz baja. Luego maldecir. Después llorar. Entonces se lo pedí, le dije que creásemos un nuevo niño, que lo hiciéramos ahora. Le dije que iría hasta ella, que saldría otra vez a las calles y caminaría hasta su piso. Por favor, creo que le dije. Ella colgó.

Después de escucharla trancar el teléfono, le rogué de nuevo en silencio que lo hiciéramos, que le diéramos una última oportunidad. Hay una alternativa, dije al vacío. Hay una alternativa para borrar este mundo y así salvarte a ti y salvarme a mí, o salvarnos a todos, sí, salvarnos a nosotros, a todos nosotros.