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El complejo de Drácula

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Relato de Milos de Azaola, autor de El Grial de los Vampiros

-La oscuridad tiene el tacto del terciopelo –decía Miklos Kiss, echado en el diván con los ojos entrecerrados y acariciándolo lánguidamente con sus dedos largos y finos-. Me deslizo en la noche como una serpiente entre la hierba… ¿Quién será mi próxima víctima? Hay tantas chicas a las que besar, tantos cuellos que morder… Buscan un príncipe azul y se encuentran con un caballero negro. Pero yo puedo darles mucho más poder que un Habsburgo. Puedo mostrarles el verdadero rostro de la noche… lo que se esconde tras la máscara de la civilización. El lobo que duerme en nosotros, acechando en la Selva Negra de nuestro inconsciente… Caperucita no es una víctima inocente, ¿sabe? Quiere atraer la atención del depredador… ¿Por qué iría de rojo, si no? Forma parte del juego, como las trenzas doradas y la cesta para la abuelita. Una buena chica, dicen. ¿Sabe lo que les pasa a las buenas chicas? Que todas acaban topándose con alguien como yo. Porque me están buscando. Es por eso por lo que se adentran en el bosque… sienten la llamada de lo salvaje y acuden a ella. Buscan al animal que anida en su alma y éste se hace carne para ellas. Se internan en su bosque interno y abrazan su verdadera naturaleza. Besan a la bestia, conocen el placer y el dolor… en eso consiste la experiencia. No son inocentes, nunca lo son. El seductor seduce porque tiene sed… la oscuridad tiene el tacto de la seda. Pero el seductor también es seducido, ¿sabe? La belleza siempre es sádica, porque es implacable y cruel, indiferente al dolor que provoca en el enamorado…

La doctora Greta Meitner, una de las psicoanalistas más prestigiosas de Viena, no dejaba de tomar notas en su bloc a toda velocidad. Un caso realmente fascinante, pensó, podría forrarme con este tipo. La doctora Meitner tenía una sempiterna expresión severa en su rostro, iba vestida con un traje gris acero que hacía juego con el color de sus ojos, llevaba el pelo rubio recogido en un moño y unas gruesas gafas de pasta. Pero Miklos Kiss la había elegido porque había visto algo debajo de esa fría fachada de dama de hierro teutónica, algo oscuro que pugnaba por salir a la superficie… Kiss optó por desarmarla con su sinceridad. Abrió los ojos del todo y dijo con una amplia sonrisa, mostrando sus colmillos:

-Soy un vampiro, ¿sabe?

Aparentemente la doctora ni se inmutó, pero tomó más notas en su bloc. ¡Un vampiro!, pensó. Esto mejora por momentos. Fantasías de poder y dominación, anotó.

-Viena es un paraíso para las criaturas como yo –siguió Kiss-. Tantas esposas insatisfechas casadas con hombres reprimidos y sosos que no saben hacerlas gozar en la cama… ¿Cree que el inmovilismo político que ha caracterizado siempre al Imperio Austrohúngaro está directamente relacionado con la abulia que domina la vida sexual de sus habitantes? No hace falta que conteste, es una pregunta retórica… Esa decadencia vienesa me recuerda a la impotencia de un anciano que ya no sabe cómo excitar sus apetitos y por ello tiene que inventarse perversos jueguecitos de alcoba… Por eso, en cuanto les digo que soy un vampiro, las vienesas se derriten y me ofrecen sus cuellos en la primera cita, y con ellos el resto de sus cuerpos anhelantes… Además, a las damas austríacas les produce un placer especial que las seduzca un húngaro plebeyo como yo. Pero al final, uno tiene que aprender a ser selectivo… Le cuento todo esto porque sé que no saldrá de aquí. Ya sabe, la confidencialidad médico-paciente…

-Por supuesto –dijo ella, ligeramente molesta porque se lo recordara, y también por lo que había dicho de los vieneses. Ella llevaba veinte años felizmente casada, o eso se decía a sí misma-. Pero dígame, ¿realmente se cree un vampiro?

-No es que me crea un vampiro, es que lo soy –contestó Kiss muy serio-. Necesito la sangre para vivir… el sexo es sólo un extra. Pero sin la sangre no podría vencer al tiempo.

-¿A qué cree que se debe su obsesión por la sangre? –le preguntó ella. Por supuesto no se tragaba ni una sola palabra de lo que estaba escuchando, aunque veía que su paciente sí creía en lo que decía. Complejo de Drácula, anotó en su bloc.

-Yo no lo considero una obsesión. Está enfocando mal la cuestión, doctora. ¿Usted diría que está obsesionada con la comida, sólo porque depende de ella para vivir? Bueno, hay muchas mujeres que realmente están obsesionadas con la comida… pero usted no parece una de ellas.

-No estamos aquí para hablar de mí, señor Kiss –dijo ella severa, envarándose en su butaca.

Probablemente tiene algún tipo de trastorno de la alimentación, pensó Kiss evaluando su cuerpo flaco y sin formas con ojo crítico. Se preguntó cuánta sangre podría sacar de ella, y de qué calidad sería.

-Claro, claro, disculpe usted…

-¿Dónde se hizo afilar los colmillos, señor Kiss? –contraatacó ella.

-En ningún sitio. Cuando te conviertes en vampiro te crecen. Pero los puedo retraer a voluntad… ¿ve usted?

Kiss abrió bien la boca y retrajo los colmillos hasta que tuvieron un tamaño socialmente aceptable. La doctora Meitner se quedó helada. Su bloc cayó al suelo. El vampiro se rió al ver la reacción de la mujer.

-¿Me cree ahora, doctora? –le dijo sonriente. Sus colmillos volvieron a crecer… empezaba a estar sediento.

-Ha sido… ha sido un buen truco de magia.

El vampiro se incorporó en el diván, tan rápido que la doctora Meitner casi no vio el movimiento.

-¡Oh, vamos! –exclamó Kiss-. ¿Me toma por un vulgar prestidigitador? ¿Quiere que le enseñe de lo que soy capaz realmente…?

La doctora Meitner se asustó al oír eso. El vampiro pudo notar su miedo, entremezclado con algo más… una cierta excitación subyacente bajo la superficie gélida. La mujer intentó sonar firme, pero no lo consiguió del todo:

-La sesión ha terminado por hoy… y creo que… creo que no va a haber más sesiones, señor Kiss.

Este paciente es demasiado peligroso, pensó la doctora, no puedo arriesgarme.

Pero Miklos Kiss no estaba dispuesto a dejar las cosas así, y se abalanzó sobre ella. Para cuando la mujer quiso darse cuenta, la mano del vampiro le sujetaba el rostro con firmeza. Pese a las apariencias, sus dedos finos eran fuertes. Una de sus largas uñas le acarició la mejilla, provocándole un temblor… ¿de miedo o de deseo? Fue incapaz de gritar o decir nada. No podía apartar la mirada de los ojos de él, oscuros y profundos como pozos sin fondo. No lo sabía, pero estaba cayendo bajo el hechizo del vampiro.

-Tiene unos ojos muy bonitos, doctora Meitner –dijo Kiss con voz sedosa.

-Gra… gracias.

Kiss se acercó un poco más, el depredador tanteando a su presa.

-Y una boca muy sensual… de labios carnosos, como a mí me gusta.

Inconscientemente, la doctora abrió la boca en un claro gesto de ofrecimiento. Al vampiro le bastó con esa reacción. Enseñó sus colmillos, tan largos como antes, y la besó ferozmente, ahogando el grito que empezaba a surgir de la garganta de la mujer. Un hilillo de sangre bajó de sus bocas acopladas.

El busto de Sigmund Freud observaba la escena con la indiferencia de un voyeur que ya lo ha visto todo.

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Los Vampiros de la Mesa Redonda

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Artículo de Milos de Azaola, autor de El Grial de los Vampiros.

“El Grial de los Vampiros” es mucho más que una simple novela de vampiros… y no es una frase publicitaria. Absorbidos por tanta acción trepidante, puede que a muchos lectores se les haya escapado el simbolismo que encierra la historia. Para quien no se haya dado cuenta, es también una novela de caballería. Sí, habéis leído bien. Mis vampiros son caballeros oscuros a la búsqueda del Grial. De la misma forma que los caballeros artúricos salen al bosque a correr aventuras, mis vampiros las corren en la jungla de asfalto que es la ciudad moderna. Digamos que en mi libro le he dado una forma actual a viejos arquetipos, transformando la fabulosa e irreal Camelot en la sórdida y bien real Nueva York. Lo que viene a continuación es para aquellos a los que les gusta descubrir significados ocultos en las obras de literatura, misterios sólo accesibles para los que tienen los ojos bien abiertos. ¿Os atrevéis a internaros conmigo en la floresta encantada? Os esperan extrañas aventuras…

Al principio parece que mis vampiros están inmersos en aventuras mundanas: muerden cuellos y se pelean entre ellos, como los caballeros de Arturo, siempre rescatando doncellas y enfrentándose en justas y torneos. Pero, como en el ciclo artúrico, mi novela cambia hacia la mitad y se revela en realidad como una búsqueda del Grial. Una búsqueda que sólo los más fuertes pueden llevar a cabo con éxito.

En las primeras novelas artúricas, Perceval es el héroe del Grial por excelencia. Llega al Castillo del Grial y conoce al Rey Pescador, un rey tullido, incapaz de reinar en sus tierras porque ha sido herido en sus partes más nobles. Dentro del castillo, Perceval asiste a un misterioso ritual en el que una doncella porta el Grial y un paje empuña una lanza cuya punta gotea sangre, claro símbolo fálico que alude a la herida del Rey Pescador. Perceval no entiende nada de lo que ve, pero no se atreve a preguntar. Su búsqueda del Grial comienza cuando deja el castillo, que desaparece como por arte de magia. Entonces el caballero no descansará hasta saber por qué sangra la lanza, en palabras suyas… Pues bien, mi novela empieza con Zimmer, el vampiro protagonista, meando sangre. Es un vampiro enfermo, que no sabe lo que le ocurre (ignorante como Perceval). Luego entra en un bar de vampiros y bebe sangre de un vaso, que es como decir un cáliz disimulado. De todos los vampiros que hay en el bar, es el único que no ataca a la pareja de humanos intrusos que entran en él, el único que no acude a la fuente original de su poder (la sangre tomada directamente de un ser vivo), por decirlo así. ¿Por qué? Porque Zimmer es un vampiro tullido, como el Rey Pescador. En otros tiempos fue un poderoso rey de los vampiros llamado Dugdammê, pero ahora es un monarca que se ha desentendido de su cargo (como el Rey Pescador, que mata el tiempo pescando, de ahí su nombre…). “Qué tiempos aquellos. Y ahora soy un vulgar taxista”, dice Zimmer con tristeza. Él todavía no lo sabe, pero para curarse y recuperar su vieja gloria perdida debe encontrar el Grial de los Vampiros. Así pues, Zimmer es al mismo tiempo Rey Pescador y Perceval (pues, como se explica en las novelas artúricas, Perceval pertenece al linaje del Rey Pescador, esto es, es de “Sangre Real”, y por eso es el elegido para desvelar el misterio del Santo Grial). Zimmer sólo volverá a abalanzarse sobre sus víctimas humanas al final de la novela, una vez sanado por el Grial de los Vampiros. Además, como Perceval, Zimmer también es un hombre enamorado, y su búsqueda del Grial se mezclará con la búsqueda de su amor perdido, que en realidad es el aspecto terrenal de la misma empresa. De la misma forma que los caballeros andantes de las novelas artúricas rescataban a damiselas en apuros en los bosques encantados, Zimmer encontrará a su amada Sara en Central Park, rescatándola de las garras de Fenris Fergusson, un ser al que describo con aspecto monstruoso, trasunto de gigante de los viejos cuentos, de esos que siempre estaban ultrajando doncellas.

perceval

Pero hay otro candidato a Perceval en mi novela: el detective Rick Douglas, uno de los pocos humanos con un papel relevante en la historia. En la obra de Chrétien de Troyes, Perceval comienza siendo un muchacho ingenuo que no sabe ni siquiera lo que son los caballeros, a los que toma por demonios. En mi novela, Douglas comienza siendo un humano que ni siquiera cree en la existencia de los vampiros… hasta que es poseído por el espíritu de Zimmer, y entonces también piensa que son demonios. Esta posesión tiene lugar cuando se pone un anillo mágico sin sospechar lo que es realmente, mientras que en la obra de Chrétien Perceval, en su ignorancia, le sustrae un anillo a una dama en su primera aventura, y ahí es cuando empiezan los problemas… Poseído por un vampiro, Douglas es forzado a participar en una empresa que no desea, como Perceval es forzado en cierto modo a buscar el Grial por el Rey Pescador. A lo largo de la historia, Douglas vive una iniciación, un proceso de aprendizaje que no se completará hasta que él mismo se convierta en vampiro (esto es, en caballero, como Perceval). Será uno de los vampiros que encontrarán el Grial al final del libro.

De todos los vampiros de mi novela, el caballero más obvio es Robert Reborn, descrito como un vampiro que fue caballero andante y trovador en la Francia medieval. Reborn es el prototipo de caballero entregado por entero a su dama, como lo es en las novelas artúricas Lanzarote del Lago, pero también Sir Ewain, o Yvain, el Caballero del León. La dama a la que se entrega Reborn es Leonor de Minerve, la vampira que le convierte, mientras que la dama a la que se entrega Ewain es Laudine, la Dama de la Fuente, un hada apenas disimulada. Tanto Reborn como Ewain dependen completamente de su dama, criatura sobrenatural que ejerce un poder absoluto sobre su caballero. Cuando la pierden, vagan sin rumbo y enloquecen. Al principio de mi novela, muestro a Reborn como un vampiro algo tocado desde que murió su amada Leonor. Esta locura latente se acentúa cuando pierde a todas las demás vampiras de su clan en una terrible batalla. Como Ewain, Reborn enloquece temporalmente. En su caso, se ve poseído por una locura asesina, masacrando de forma terrible a sus enemigos (Ewain, en la novela de Chrétien de Troyes, también destroza a un ejército muy superior en número). Pero, también como Ewain, al final Reborn vuelve a encontrar el amor, en la figura de la vampira india Luna Roja (muchos estudiosos han querido ver en Laudine, la Dama de la Fuente, un aspecto de la Diana lunar). Y por eso, cuando está con Luna Roja, a Reborn le viene a la mente este verso: “Je meurs de soif emprès de la fontaine” (Muero de sed junto a la fuente). Pero su Dama de la Fuente le dice que no tiene por qué morirse de sed y le besa… Además, el nombre original de Reborn, Robert de Born, se parece al de Robert de Borron, el primer autor medieval que identificó el Grial con la copa de la Última Cena (antes de él nunca se hizo…).

En las novelas artúricas, el modelo de caballero ideal, siempre dispuesto a socorrer a damiselas en apuros y demás, es Gawain. Gawain, sobrino y heredero de Arturo, es el caballero por excelencia, o lo era en las primeras historias artúricas, antes de que llegaran otros caballeros a la corte de Camelot y le desbancaran (especialmente Lanzarote). En mi novela, Carmichael es el modelo clásico de vampiro: un ser sin escrúpulos que disfruta con la caza, al que le encanta morder cuellos en callejones oscuros (de la misma forma que Gawain siempre está dispuesto a desflorar vírgenes en la floresta). Como Gawain, Carmichael es un personaje frívolo, fanfarrón y mundano. Y como él, se ve relegado a un segundo plano por vampiros más poderosos, por lo que ambos tienen cierta tendencia a salir escaldados de sus aventuras, aunque siguen siendo temibles guerreros. Gawain, además, es un héroe de carácter solar: su fuerza aumenta a medida que el sol sube en el horizonte y declina por la tarde. Con los vampiros suele ocurrir al revés, pero Carmichael se revela en la novela como la excepción a la regla, ya que es el único de todos los vampiros que puede sobrevivir a la luz del sol…

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Galahad fue un caballero introducido tardíamente en el ciclo artúrico por los monjes cistercienses, que querían darle un mensaje más cristiano a unas historias claramente paganas. Es el modelo de caballero perfecto, representante de la caballería celestial, alejado de los placeres mundanos, y por tanto la antítesis de Gawain. Se le llama el Buen Caballero y siempre está dispuesto a socorrer a los desvalidos (pero sin desflorar a las vírgenes, como Gawain). De la misma forma, en mi novela Gallagher podría ser llamado el Buen Vampiro, pues, en contra de lo que suelen hacer los vampiros, salva al humano Ismailov del ataque asesino de Carmichael. Gallagher es un vampiro atípico, un ser pacífico con inquietudes espirituales. En las novelas artúricas tardías, Galahad es el único caballero que logra acceder a los misterios últimos del Grial, desbancando a Perceval. Extasiado por su visión, su alma abandona su cuerpo y una multitud de ángeles le transporta al Cielo. En la primera versión de mi novela, Gallagher le revela a Ismailov estos misterios del Grial, es decir, los secretos más ocultos de la raza vampira, y le muestra al humano sus alas de ángel caído, lo que causa un desvanecimiento de Ismailov. Pero en la versión final de la novela suprimí este pasaje por considerarlo forzado, pues me pareció que no encajaba bien con el resto de la historia y que no llevaba a ninguna parte (y además, tampoco es sensato revelarle los misterios griálicos a los humanos no iniciados, como Ismailov, un cazavampiros corroído por el odio que no está preparado). Así que el papel de Gallagher en la historia se redujo considerablemente. Aún así, es uno de los vampiros que encuentran el Grial al final del libro. Otra explicación para el rol secundario que desempeña es que el personaje de Galahad siempre me pareció demasiado plano y perfecto, demasiado santurrón para protagonizar una historia decente, a diferencia de Perceval. Así que le he hecho lo mismo que le hicieron los monjes cistercienses a Perceval: relegarle a un segundo plano.

Alice McRaven, la vampira que atrae poderosamente a Zimmer, es mi versión de Morgana, la hechicera que seduce a los caballeros desprevenidos y puede transformarse en cuervo (“Raven” es “Cuervo” en inglés). Las dos son mujeres ambiguas de sexualidad desbordante que utilizan sus encantos femeninos para conseguir sus propósitos. Además, Alice es escocesa, y en algunas historias artúricas Morgana es reina de Moray, una región de Escocia. Como Morgana, Alice embruja al héroe protagonista y le hace desviarse temporalmente de su meta inicial (aunque en el fondo puede que sea para su bien, demostrando así ser más sabia que el héroe…), pero también le ayuda. La irrupción de Alice en el burdel de Petrescu, en compañía de otras dos temibles vampiras escocesas, las hermanas McKee, puede considerarse como una manifestación terrible de las Tres Morrigans (Morrigan es la versión irlandesa de Morgana y tiene tres aspectos, pues en realidad es la Triple Diosa celta). Además, McKee es una variante de McKay, un clan escocés también conocido como clan Morgan, procedente de Moray. De la misma forma que Morgana castiga a los caballeros infieles a sus damas en el Valle de los Falsos Enamorados, Alice se ensaña con el dueño del burdel, Petrescu, al que humilla, postrándolo ante la Diosa por rebajar a las mujeres en su local. Pero hay otras Morganas en mi novela, pues a la traviesa Diosa siempre le gusta desdoblarse: Priscila (que representaría el lado más maternal de la diosa, y también el más sexual) y María la Roja (su cara más destructiva). María la Roja está prisionera en una isla, como Zimmer, de la misma forma que en las novelas artúricas abundan los caballeros y damas prisioneros en castillos que tienen que ser rescatados por otros.

El Merlín de mi novela es Schmidt, el científico loco, inventor de una máquina del tiempo y una sustancia que cura el vampirismo, entre otras cosas. Como Merlín, Schmidt es una figura ambigua: su “magia”, ni blanca ni negra, está por encima de dualismos; ambos bandos se sirven de sus inventos. Ante todo, le encanta ponerlo todo patas arriba. En muchos aspectos, es el desencadenante de la acción, como Merlín, sin cuya magia no habría sido posible la concepción de Arturo. Pero hay otro candidato a Merlín en mi historia, tal vez menos obvio: Dietrich, el vampiro que hace imprimir el Codex Vampirorum, el libro que contiene todos los secretos de la raza vampira. De la misma forma que Odín estuvo colgado varios días del árbol cósmico Yggdrasil y sobrevivió a esta terrible experiencia, obteniendo un gran conocimiento (se trata de la autoiniciación o falsa muerte del chamán), Dietrich fue empalado por Vlad Tepes pero también consiguió sobrevivir, gracias a la ayuda de Lilith, que tras curar sus heridas le encomendó la misión de imprimir el Codex Vampirorum (equivalente vampírico de las runas de Odín). Esto hizo a Dietrich un brujo poderoso que tiene conocimiento de todo lo que ocurre en el mundo de los vampiros (no lo digo explícitamente en la narración, pero lo insinúo). Ahora bien, Merlín es la versión artúrica de un brujo galés más arcaico, Gwydion, que a su vez es la versión celta del dios nórdico Odín… Casandra, la bibliotecaria gnóstica que se empareja con Dietrich, es el equivalente de Viviana, la Dama del Lago que seduce a Merlín para obtener sus conocimientos. Sólo que en mi historia Casandra ayuda a su amor a escapar de la muerte, a diferencia de Viviana, que destruye a Merlín.

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El principal villano de mi novela, aunque no el único, es Aguirre, el vampiro que quiere subyugar a su propia raza. Es un trasunto de Mordred, el caballero que traiciona a la hermandad de la Tabla Redonda y causa su destrucción. Como Mordred, Aguirre es fruto de un incesto. Mordred es hijo de Arturo y su hermana, mientras que Aguirre es hijo del conquistador Lope de Aguirre y su hija. Y es esta condición de hijo incestuoso lo que determina en gran medida su naturaleza perversa, como en el caso de Mordred. Pero a diferencia de Mordred, Aguirre no consigue destruir a sus congéneres. La batalla final entre los partidarios de Zimmer y los partidarios de Aguirre es como la batalla entre entre Arturo y Mordred en la llanura de Salisbury, un lugar lleno de poder. Mi batalla tiene lugar en la isla de Santo Toribio, donde a falta de Stonehenge, se encuentra la Fuente de la Juventud y algo más… Conviene recordar que la Mesa Redonda no era la hermandad idealizada que nos han pintado las películas de Hollywood: en las novelas artúricas hay un odio enconado entre el linaje de Gawain (hermanastro de Mordred) y los linajes de Lanzarote y Perceval, lo que lleva a la ruina del mundo artúrico. Igualmente, en mi novela hay luchas intestinas entre los clanes vampiros.

En mi libro, el pirata Van Sant ayuda a Zimmer a alcanzar la isla del Grial, llevándolo en su barco. La isla de Santo Toribio tiene mucho de isla del Otro Mundo de la mitología celta, en la que el tiempo transcurre de forma distinta. Es una isla maravillosa, fuera de los mapas, como Avalon. Van Sant, el pirata cuyo barco naufragó pero misteriosamente sigue navegando, es como uno de esos dioses celtas del Otro Mundo que conducen al viajero a su destino. Incluso le falta un brazo, que Zimmer le arranca, y se pone en su lugar otro metálico, como Nuada Mano de Plata, uno de los Tuatha dé Danann de la mitología irlandesa. En las novelas artúricas, Sir Bedevere, el caballero manco, es quien desempeña este papel, cuidando del rey Arturo en sus últimos momentos mientras esperan el barco que llevará al rey a la isla de Avalon…

Lilith, la madre de todos los vampiros, es la versión vampírica de Ginebra, la reina a la que todos los caballeros adoran. Lilith tiene muchos amantes entre los suyos: Zimmer, Carmichael, etc. De la misma forma, parece ser que Ginebra también tuvo muchos amantes entre los caballeros de la Tabla Redonda antes de encapricharse de Lanzarote (un personaje que llegó tardíamente al ciclo artúrico). Entre esos amantes estuvieron Gawain o Kay, el senescal del rey… así como Mordred. Son en gran parte los celos de Mordred los que provocan la ruina del mundo artúrico.

¿Y el rey Arturo? En las novelas artúricas, Arturo suele estar relegado a un segundo plano, prácticamente ausente de las historias, pues cede el protagonismo a sus esforzados caballeros. En mi novela, Arturo podría ser Azazel, el padre de los vampiros, primer amante de Lilith, que en ningún momento aparece en la narración… Por otra parte, si el rey Arturo y el Rey Pescador son en realidad el mismo personaje (como muestra magistralmente la película Excalibur, por ejemplo), entonces Zimmer sería el único y legítimo rey de los vampiros: Dugdammê, Rey del Mundo.

Por cierto, no soy el primero en inspirarse en las novelas artúricas para inventarse historias de vampiros… Una de las primeras y más famosas de todas las fábulas vampíricas, la de Erzsébet Báthory, la Condesa Sangrienta (una historia que no tiene nada de verídica, pues su juicio fue una farsa de principio a fin), le debe mucho a “La muerte de Arturo” de Sir Thomas Malory, obra publicada unos ciento treinta años antes. Si no me creéis, sólo tenéis que acudir a las fuentes: capítulos 10, 11 y 12 del Libro XVII de “La muerte de Arturo”. En estos capítulos, ambientados durante la búsqueda del Grial, Malory nos cuenta cómo Galahad, Bors, Perceval y Dindraín (la hermana de éste) llegan a un siniestro castillo en el que impera una macabra costumbre… Cuando uno de los hombres del castillo exige a la hermana de Perceval que dé su sangre para llenar una fuente con ella, los caballeros de Arturo entablan feroz combate con los habitantes del lugar, hasta que uno de ellos les explica que la dama del castillo está muy enferma, y que sólo puede sanar bañándose en la sangre de una doncella… Al oír esta explicación, Dindraín, muy cristiana y mártir ella, accede a que tomen sangre de ella, pero no puede parar la hemorragia y se desangra, dando su vida por la dama. Los caballeros salen del castillo para darle entierro en una embarcación mágica: la nave de Salomón, que navega sola, alejándose de la orilla y perdiéndose en el horizonte. Entonces una fuerte tempestad derriba el castillo. Al regresar a las ruinas, los caballeros descubren un cementerio con sesenta tumbas, y en ellas yacen los cuerpos de todas las doncellas desangradas en provecho de la dama enferma… Sacad vuestras propias conclusiones. Los caballeros, por su parte, comprenden (un poco tarde) que el castillo era un antro de maldad. Por eso ha sido destruido por la ira de Dios, como si eso fuera “La caída de la Casa Usher”. Según el estudioso John Mathews, la hermana de Perceval representa los misterios femeninos del Grial, por ser la única mujer que participa en su búsqueda (el equivalente en mi novela sería Rosamunda, la Guardiana del Grial, que da de beber a Zimmer del cáliz, curándole…). También es llamativo que, en los capítulos siguientes del libro de Malory, Lanzarote se topa con la nave de Salomón, y se queda medio año a bordo, en compañía de la muerta (que por lo visto no se pudre ni nada…), viajando a islas apartadas del mundo y viviendo aventuras peligrosas con “bestias salvajes”… aventuras que Malory se guarda de describir y que seguramente darían para otro libro (él lo despacha en cuatro líneas, seguramente porque el tema le inquieta y no sabe muy bien qué hacer con material tan extraño, que no es de su invención, sino muy antiguo; pero medio año da para mucho). Finalmente, Lanzarote llega en esta nave fúnebre al Castillo del Grial, y tras caer fulminado cuando intenta acceder a la cámara del Grial, del que sólo tiene una visión breve, yace veinticuatro días como muerto, y muchos le toman realmente por un cadáver, hasta que despierta…

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Azrael S.L.

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Relato de Milos de Azaola, autor de El Grial de los Vampiros

No quería vivir. La vida le parecía una tortura, y el mundo el infierno en el que se infligía. Tenía la impresión de que la gente sólo vivía para hacerse daño y sufrir innecesariamente. Todos habían vendido su alma al diablo y estaban atados a un contrato que no entendían, atraídos con engaños a la misma trampa. La gente vivía, sí, pero no sabía por qué; lo que hacían no tenían ningún sentido, y en el fondo eran conscientes de ello. A sus ojos, eso les convertía en muertos vivientes. Estaban muertos en vida precisamente porque habían vendido su alma sin saberlo. Les habían engañado para que creyeran que en realidad su alma no existía, como si lo único importante en el mundo fuera el cuerpo y sus necesidades. El día que dejaron de creer en sus almas dejaron de estar vivos. Se buscaban ocupaciones, actividades, hobbies, aventuras, para darle un sentido a sus vidas vacías, pero nunca conseguían llenarlas. ¿No era ésa la prueba más evidente de que vivían en un infierno creado por ellos mismos? Nunca estaban satisfechos con nada. La felicidad era efímera, cuando no inexistente, una quimera imposible de mantener ante la dura realidad, la misma realidad que habían levantado entre todos como los barrotes de una jaula que encerraba su espíritu (ése del que ya no hablaban, como quien se avergüenza de tener un hermano discapacitado). Pero él todavía era consciente de que tenía un alma y de que debía vivir en un mundo en el que ésta se despreciaba e ignoraba.

¿Cómo podía entonces soportar vivir en un mundo así? Sencillamente no podía. Levantarse cada mañana era un suplicio, desenvolverse entre los demás condenados un calvario. Antes le habían salvado sus sueños, la ingenuidad de la juventud, el sentido del humor, el amor… Pero había ido perdiendo todo eso por el camino, a medida que la vida le iba dando un palo tras otro. Al no poder realizarlos, tuvo que enterrar sus sueños en lo más profundo de su ser y olvidarse de ellos, dedicándose a ocupaciones mundanas simplemente para sobrevivir. Su ingenuidad se esfumó cuanto más a fondo conocía a sus miserables congéneres, según se iban sucediendo las traiciones y los desengaños. Al ver las desgracias que le rodeaban, su humor se agrió y se volvió negro, y por último se rindió y también se esfumó. ¿El amor? Nunca tuvo suerte en el amor, y pronto aprendió que no sería correspondido por las mujeres de las que se enamoraba perdidamente, y que sólo podría aspirar al afecto de las que no le inspiraban más que un vago sentimiento de amistad. Pero con el tiempo hasta éstas se desentendieron de él, espantadas por su pesimismo. Estaba mejor solo, la verdad. ¿Qué le quedaba entonces? No le quedaba nada, y lo sabía.

Completamente desencantado de la vida en este mundo, se interesó cada vez más por el otro, por el Más Allá que era tabú en el día a día, hasta convertirse en una obsesión. De tanto pensar en la muerte y lo que podía haber después, acabó familiarizándose tanto con ella que perdió por completo el poco miedo que pudo inspirarle alguna vez, pues siempre le inspiró más curiosidad que otra cosa. Su obsesión por la muerte le llevó a interesarse por todo lo que tuviera que ver con lo sobrenatural: el Más Allá según las distintas religiones, historias de espectros y vampiros, casos de experiencias cercanas a la muerte, etc. Pero pronto comprobó que casi todo eso era charlatanería, como siempre, y finalmente llegó un punto en que no encontraba satisfacción en esas cosas. Decidió entonces dedicar su vida por entero a la muerte. Ya que tenía que vivir, que fuera al servicio de la Dama Oscura.

Así que entró a trabajar en una funeraria. Fue fácil conseguir el puesto. No había muchos candidatos, pues no era un trabajo que atrajera a mucha gente. Pero a la muerte no le afectaba la crisis, ya que estaba y siempre estará por encima de los asuntos mundanos, radicando en ello su belleza, tal y como lo veía nuestro protagonista. Trabajando en un lugar así, podría estudiarla de cerca. Tenía la esperanza de que si llegaba a comprender sus misterios, comprendería también por qué había que pasar antes por el calvario de la vida para poder acceder a una eterna beatitud. Disfrutaba como un chiquillo cada vez que llegaba un nuevo cadáver, pues eso suponía otra oportunidad de acercarse a la muerte e intentar desentrañar su secreto. Al principio, los funerales le fascinaban, por lo que tenían de ritos solemnes. Pero pronto se desengañó también de esa ilusión, al constatar que eran ritos vacíos que habían perdido su significado religioso hacía mucho tiempo, simples pantomimas. La muerte se había convertido para los vivos en otro negocio más, negándole así su carácter sagrado, exactamente como habían hecho con la vida que no sabían vivir y el mundo que contaminaban con su simple presencia. La rabia que experimentó entonces fue inmensa, y el odio por esos individuos despreciables que se decían sus semejantes no conoció límites (especialmente, el que sentía por sus compañeros de trabajo, que trataban a los muertos de forma tan fría e inhumana). Fue entonces cuando una idea peligrosa empezó a tomar forma en las tinieblas de su alma desengañada…

Pensó que si liberaba a otros de su cautiverio, de la vida de esclavos a la que se habían condenado ellos solos, les estaría haciendo un gran favor. Y lo más importante, se lo estaría haciendo también a la despreciada Muerte. Haría justicia en el mundo, equilibraría la balanza del universo al eliminar de la faz de la tierra, tan superpoblada, a unos cuantos desgraciados que ni siquiera sabían qué hacer con sus vidas (esta era la lógica delirante de su mente enferma, aunque tal vez otros enfermos le encuentren sentido). De paso, siendo testigo de sus muertes, tal vez podría penetrar en los misterios que le habían sido vedados hasta entonces, y un rayo de luz vendría a iluminar la oscuridad en la que estaba sumida su alma perdida y confusa…

Su primera víctima fue una anciana que acudió a la funeraria tras la muerte de su esposo. Él se consoló pensando que la viuda estaba tan enamorada del muerto (incomprensiblemente, por lo que contaba de sus supuestas virtudes, que a él no le parecían tales), que seguramente le habría seguido al cabo de poco tiempo sin su ayuda. Cuando la estranguló, mientras le enseñaba un ataúd acorde con el escaso presupuesto del que disponía ella, sintió un gran regocijo al ver que moría con una sonrisa en los labios, como agradecida por su muerte. A sus ojos, esto le confirmó que había estado en lo correcto al idear y poner en marcha su gran plan de salvación de almas, y que había hecho bien al elegirla a ella para su primera buena obra. En ese instante mágico, se sintió más contento y satisfecho de lo que se había sentido en toda su horrible existencia. La inepta policía nunca descubrió que él era el asesino, algo que no le sorprendió en absoluto. En el funeral conjunto que se celebró por la pareja, no pudo evitar derramar lágrimas de la emoción (fue el único que lloró por ellos), pensando que él había sido el instrumento de Dios para conducir a la anciana al otro mundo.

Sí, fue entonces cuando se convenció de que él era un ángel de la muerte destinado a proporcionar al Cielo nuevos habitantes. Por eso, cuando llegó a convertirse en el director de la funeraria (su segunda víctima fue su jefe, al que aborrecía: llevaba años explotándole y prometiéndole un aumento de sueldo que nunca llegaba; sin él estorbándole, trabajaría mejor en su nueva misión), le puso a la empresa el nombre de Azrael, pues éste es el nombre que se da al Ángel de la Muerte en ciertas tradiciones religiosas.

Tras el cambio de nombre de la funeraria, continuó decidido con su sangrienta carrera, seleccionando cuidadosamente de entre sus clientes a sus futuras víctimas, preferentemente ancianos o gente sin familia ni amigos a la que nadie echaría de menos. Por supuesto, sus elecciones también se debían a preferencias personales. Procuraba escoger siempre gente que le inspirara una profunda lástima o un odio igual de profundo: viudos desconsolados que ya se sentían más muertos que vivos, o miserables indiferentes ante las muertes de sus familiares que sólo esperaban cobrar una buena herencia (¡cómo disfrutaba con la sorpresa que se llevaban estos últimos!), todos ellos gente que estaría mejor muerta, por un motivo u otro. Azrael no distinguía entre buenos y malos, pues por algo se consideraba el Ángel de la Muerte.

Con el transcurso del tiempo, cada vez más entusiasmado por su misión divina y embriagado por la sensación de poder que le daba, se fue volviendo más confiado e imprudente, perdiendo la precaución que le había caracterizado hasta entonces, y empezó a llamar la atención de las autoridades locales (¿tal vez no debió enviar al otro mundo a ese comisario corrupto que mató de una paliza a un detenido?). La policía empezó a sospechar del elevado número de muertes extrañas relacionadas con su funeraria y le investigó en profundidad, de forma discreta. Él se había vuelto tan descuidado que no se dio cuenta del cerco al que estaba siendo sometido hasta que ya fue demasiado tarde.

Un buen día, cuando planeaba la muerte de uno de sus clientes más importantes, del que tenía fundadas sospechas de que se trataba de un nuevo Barbazul (un magnate que se había casado cuatro veces y cuyas mujeres habían muerto todas de forma más que sospechosa, pero que siempre había conseguido salir indemne, seguramente porque había untado a altos cargos), dos agentes de policía entraron en la funeraria con una orden de arresto que le pilló totalmente desprevenido. Mató al primero con uno de sus instrumentos de trabajo, pero el segundo tuvo tiempo de desenfundar su pistola y dispararle. Fue un tiro mortal, justo en el corazón. El ángel de la muerte murió con una sonrisa en los labios, como su primera víctima, feliz en su último segundo de conciencia como nunca lo había estado en toda su vida, ante la perspectiva de dejar por fin ese mundo infernal y descubrir lo que le esperaba más allá…

¿Quién creéis que le recibió al otro lado? Pues ni más ni menos que el verdadero Azrael. Pero el ángel de la muerte no se mostró molesto con él por la usurpación de su nombre y funciones, limitándose a señalarle a su alma desorientada el camino que debía tomar, con una sonrisa enigmática en su terrible rostro resplandeciente. Alegre y confiada, el alma cogió el camino que le llevaría… al infierno.

Es decir, se reencarnó en un bebé llorón, hijo de la viuda de su última víctima. Lloraba y lloraba porque volvía una vez más al mundo del que tanto había deseado escapar. Ya era la quincuagésima vez. Nunca aprendía.

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Fragmento de “El Grial de los Vampiros”

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Texto de Milos de Azaola

Robert Reborn estaba sentado en un oscuro rincón de La Femme, un bar del Greenwich Village frecuentado por una variopinta fauna literaria desde los tiempos de los beatniks, intentando escribir un poema elegíaco entre trago y trago.

Oficialmente estaba tomando un bloody mary auténtico, pero después de que se lo sirvieran había sacado disimuladamente una petaca del bolsillo y le había añadido un buen chorro de sangre al cóctel. Así estaba mucho mejor.

El texto que intentaba escribir era un poema sobre la muerte de la mujer amada, como casi todos los poemas que había escrito durante los últimos novecientos años, bajo pseudónimos tales como Ferdinand de Poisson, Brut de Caerlion, Alba del Sacrobosco -sin duda el más pomposo- o Richard Reilly, que era el que empleaba actualmente. Si había empleado esos pseudónimos y unos cuantos más se debía sólo a que resultaba un tanto sospechoso que un poeta publicara obras durante varios siglos seguidos con el mismo nombre. Pero, aunque los nombres que había en las cubiertas de sus libros cambiaran, el contenido era siempre una variante del mismo tema. Había transcurrido casi un milenio desde que su amada ardiera en la hoguera, pero el bueno de Reborn todavía no había podido superarlo -de conocer su caso, el doctor Ismailov habría sostenido que este amor enfermizo se debía a su naturaleza obsesiva típica de un vampiro, sin duda-. Eso sí, su poesía había madurado mucho desde sus balbuceantes inicios. En su opinión, era una de las pocas cosas buenas de ser casi inmortal.

Ni siquiera Reborn era su nombre original, aunque era por el que prefería que le llamaran los demás vampiros. Reborn era un revenant procedente de la Provenza francesa, donde había sido un trovador en el siglo XII con el nombre de Robert de Born. Él siempre había afirmado ser pariente del también trovador Bertran de Born, uno de los más famosos dentro de su oficio -tanto que el envidioso Dante le condenó a su Infierno- dato que nunca había podido ser corroborado por los demás vampiros. Convertido en uno de ellos por la idolatrada dama a la que dedicaba sus composiciones, la bella Leonor de Minerve, el suyo había sido un caso realmente perverso de amor cortés. El día que su amada, una mujer casada, por fin accedió a acostarse con él, la que hasta entonces había parecido simplemente una dama enigmática de turbia belleza, se reveló como una terrible vampiresa con un apetito insaciable. Le chupó tanta sangre al pobre Robert que, cuando las autoridades se lo encontraron más tarde, tirado en el campo, le dieron por muerto y le enterraron sin demora… pero Leonor acudió al cementerio aquella misma noche, sacándole de la tumba y ofreciéndole un amor eterno. Fue entonces cuando Robert transformó su apellido original en Reborn –renacido-, considerando el vampirismo como un regalo de su amada. Se fugaron juntos, dejando tirado al marido -un vampiro de familia noble que además de estéril era impotente- pero su bonita historia de amor duró muy poco, pues ella fue capturada y quemada por hereje en las guerras religiosas que hubo en la Provenza por aquella época.

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Desde entonces, Reborn le dedicaba a su amada muerta sentidos poemas que nada tenían que envidiar a los Himnos a la noche de Novalis o a La amada inmóvil de Amado Nervo. Y de vez en cuando fantaseaba con la idea de suicidarse para reunirse con su querida Leonor en el Más Allá -a diferencia de muchos vampiros, Reborn era bastante espiritual, básicamente por influencia de su amada hereje-. Durante muchos siglos, había intentado olvidarse de ella seduciendo a jovencitas inocentes a diestro y siniestro, pero chuparles la sangre o acostarse con ellas no había servido de gran cosa, y sentía que el agujero que había en su pecho se volvía cada vez más grande con el paso de los siglos.

Pero recientemente había descubierto una nueva sustancia que llenaba muy bien aquel agujero: el bloom. Desde que tomaba bloom para anestesiar su corazón, se sentía un vampiro nuevo, un ser regenerado que había renacido de sus cenizas como no hacía desde aquella remota noche en que Leonor le sacó de la tumba. Se notaba más inspirado que nunca, y en sólo tres meses había sacado dos poemarios firmados como Richard Reilly, alcanzando cierto prestigio entre los círculos literarios más underground de Nueva York.

Esa noche, iluminado por el bloom que se había metido antes de entrar en La Femme, Reborn había escrito ya unos cuantos versos memorables en su libreta.

El Grial de los Vampiros está disponible en nuestra editorial en formato ePub y en papel.

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