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El miedo

beti-davir

Las costumbres, los idiomas, los distintos tipos de miedo. Cada país funciona de un modo distinto. Desde que somos pequeños los miedos se nutren del imaginario que forma parte de las costumbres y la cultura de cada región. En Alemania los niños se despiertan por las noches creyendo que el Golem se los llevará a lo más profundo del bosque. En Transilvania los ciudadanos más arraigados en las creencias populares se sienten amenazados por la dentellada fatal que las convertirá en vampiros ávidos de sangre caliente. Cada cultura esconde a sus monstruos de la misma manera que los muestra mediante la explosión cultural a la que se somete. El miedo forma parte de nuestro propio imaginario, de nuestro modo de vida. Desde pequeños creemos ver seres de ojos rojos escondidos debajo de la cama o saludándonos en rincones desprovistos de luz, de vida. Una vida que se muestra mediante su propia antítesis; la exhibición de la muerte mediante el horror que llevamos dentro. Los monstruos no son otra cosa que un elemento más de nuestra imaginación. El horror es la emoción más antigua e intensa de las que conocemos. El miedo a lo desconocido y a la muerte suscita múltiples síntomas que se manifiestan a través de la mente. Nos cogen de la mano y nos invitan a recorrer el intrincado laberinto de traumas creados en la jaula de nuestra cabeza.

El miedo en sí siempre es el mismo sea cual sea su procedencia; pocos psicólogos pondrían en tela de juicio dicha afirmación. Según Lovecraft, maestro del terror, el terror siempre proviene del propio ser humano. No existe animal que suscite más horror e incertidumbre que el mismo hombre. Este, como creador de sus propios males refleja en el papel su propia desdicha convirtiéndola en seres que provienen del más allá para traerle la desgracia, la muerte, la aniquilación de sí mismo. Valiente paradoja, pero más real que la verdad que el hombre como narrador trata de reflejar en sus relatos. El horror esconde el propio fracaso del hombre como hombre. El sentimiento de culpa nunca será admitido a menos que utilice al fantasma de sus propios miedos. La única manera de admitirse a sí mismo como culpable será mediante el uso del monstruo que lo atenaza con fuerza en la realidad de sus relatos. El cuento de terror es el reflejo de la maldad del ser humano. Los seres arquetípicos, los hombres lobos y los muñecos provistos de maldad se conforman como la extensión de la crueldad humana.

nina

El espectáculo de lo macabro exige de la sensibilidad del lector para mostrarse en todo su esplendor. El monstruo es incapaz de existir sin imaginación. Esta se encarga de modelarlo, de construirlo a su propia imagen y semejanza. La particularidad del monstruo radica en la complejidad de su creador. Y no por ello tiene que ser el escritor que lo revive en el relato; el lector se encarga de moldearlo a su antojo, de proveerle de ojos rojos y vivos como hogueras infernales, de uñas largas y afiladas y dientes teñidos por la sangre de sus víctimas.

La finalidad del miedo no es otra que la de advertir al lector de que él mismo esconde al peor asesino que nunca haya imaginado. A pesar de su inocencia siempre podrá crear imágenes provistas de perversidad. El poder de la literatura afila la imaginación del hombre, situándola en el pedestal de su imaginario como la más vil de las mentes, la mordaz asesina de sus propios deseos; puesto que el miedo nos paraliza para chulearnos, para impedir que sigamos creciendo espiritualmente. En realidad, somos nuestro peor enemigo. Nos sentimos amenazados por nuestra propia naturaleza y nos sometemos al sacrificio del miedo aniquilando el optimismo y borrando todo el camino que creímos haber creado mediante el autoconvencimiento de nuestra felicidad.