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La cara más sucia de 007

bond

El agente secreto más famoso de todos los tiempos es sin ningún tipo de dudas James Bond. Creado por el escritor Ian Flemming, 007 coincidía en bastantes aspectos con su creador. Los dos eran amantes de la buena cocina, los coches rápidos, las chicas y los viajes. Pero el personaje aún no ha podido obtener un buen reflejo en el cine. James Bond era misógino, racista, ateo, se tomaba demasiadas libertades y no respetaba los protocolos, además de tener una enorme cicatriz en la mejilla derecha. Fumador de más de dos cajetillas de cigarrillos, alcohólico y en ocasiones algo violento, Bond reunía todas aquellas “cualidades” que hacían de él un auténtico fenómeno en todas sus misiones.

En palabras de su jefe, M; “Para según que trabajos debe enviarse a un hombre duro, un hombre con la cabeza despejada y la suficiente sangre fría como para cometer asesinatos y poder dormir tranquilo”. Pero en el caso de 007, su incipiente gusto por el vodka hacía que en algunos se propasara en la anulación de sus contrincantes, matándolos en varias ocasiones cuando no era necesario.

Quizá uno de los actores que lo representa mejor es Daniel Craig. En numerosas ocasiones su jefa, M, se ha quejado de su carácter impulsivo y le ha advertido del cese de su trabajo en los servicios de inteligencia británicos. Otros actores han interpretado al agente con más carisma del celuloide dotando al personaje de un carácter aniñado e incluso dulce, en el caso, por ejemplo, de Roger Moore.

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En el caso de su padre literario, Ian Fleming también estuvo sirviendo al servicio de inteligencia británico durante la segunda guerra mundial. Al terminar se dedicó al mundo de la literatura escribiendo poemas y cuentos cortos sin saber que al cabo de poco tiempo obtendría reconocimiento con sus novelas de 007.

Bond se erige como estandarte del glamour y la violencia gratuita en sus películas, configurando un cóctel explosivo que nos traslada a un universo de lujo y acción trepidante en sus libros y peliculas.

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Capungo (Un relato de 007)

Bond at 50-Franchise

Relato de Ricard Millàs

1

Con dos bourbons dobles en el cuerpo reflexioné sobre la vida y la muerte. Sentado en la terminal de salidas del aeropuerto de Miami ingerí de un trago el tercer vaso que una camarera de unos veintipocos años me trajo a petición mía. Nunca me ha gustado abusar de las mujeres, pero las casi ocho horas de avión me dejaron los riñones algo magullados. Sin demasiado esfuerzo y usando la media sonrisa que no delata la cicatriz que se desliza desde la parte inferior del ojo izquierdo hasta la mandíbula, conseguí convencer a la joven para que me ofreciera un trato exclusivo. Con la corbata perfectamente anudada y mi maletín descansado en el suelo junto al tobillo derecho, esperé la llegada de Smithers, agente de SMERSH, mientras el alcohol se deslizaba por el riego sanguíneo y me producía un agradable calor que se delató en el rubor de las mejillas. Me sentía como un colegial, agasajado por un exceso de atenciones por parte de la camarera, que reflejaban por su parte, un deseo de cuidar de alguien aunque fuera quince años mayor que ella.

Sus largas pestañas se movían con el aleteo de una mariposa. Su perpetua sonrisa me incitaba a levantarme y ofrecerme para acompañarla a algún restaurante tranquilo cuando terminara su turno, pero una mano de tamaño considerable se posó en mi hombro y no tuve más remedio que quedarme donde estaba. Smithers medía casi dos metros y poseía los hombros del mismísimo Coloso de Rodhas. Su presencia en Miami me chocó; esperaba encontrarme con un hombre de tamaño medio, con un traje de lino y un ligero tartamudeo en la voz. Desde su posición, el gigante me miraba con el semblante tosco, serio, inmutable. Me levanté y le estreché la mano. Tenía la Beretta en el maletín. Si ese hombre intentaba algo conmigo tendría que valerme de mi fuerza.

—Me llamo Smithers, supongo que no debe acordarse de mí, pero yo sí que me acuerdo de usted —su voz parecía salir de un lugar profundo, como si el interior de su cuerpo estuviera formado por un intrincado laberinto cavernoso— ¿Hace mucho que espera?

—Le recordaría si le hubiese visto, pero mi memoria, quizá algo alterada por la ingesta de bourbon es posible que me engañe —a decir verdad aquel rostro ceñudo y aquella mandíbula parecida a un quitanieves empezaron a resultarme familiares—. Es probable que nos hayamos visto en alguna parte Smithers, ¿Londres? ¿California?

—Hace cosa de cinco años coincidimos en el despacho de su superior. ¿Se acuerda del caso Elektra? —sonrió como si se estuviera demostrando a sí mismo que tenía un cerebro inaudito, casi privilegiado.

—Elektra… —en mi cabeza apareció una mujer con un vestido rojo cayendo desde un séptimo piso a la piscina—. Me acuerdo de ese caso. Q se enfadó mucho más que otras veces cuando le devolví el equipo que me prestó. ¡Qué hombre más desagradecido! —dije en tono sarcástico.

—Tiene usted fama de romperlo todo, 007 —Smithers hizo gala de un humor algo apagado—. Q debería haber valorado más ese gesto.

Después de despedirme de la camarera con un guiño del ojo derecho y un poco de pena reflejada en mi cara, caminamos hacia la parada de taxis y rodamos hasta el aparcamiento del The James Royal Palm, en pleno centro de Miami. Llevaron mi maleta a mi habitación y decidí tomarme otro bourbon en la piscina mientras Smithers me citaba dos horas más tarde en el restaurante del hotel. Me desaflojé el nudo de la corbata y encendí un Dunhill de banda dorada mientras escaneaba el entorno, repleto de hombres de mediana edad con enorme barrigas y mujeres jóvenes que les embadurnaban la espalda y les ofrecían cigarrillos; la típica estampa en la piscina de un hotel para millonarios. Apenas pude ver a más de seis mujeres de avanzada edad delgadas hasta el insulto, exhalando el humo de cigarrillos largos More importados y bebiendo combinados demasiado fuertes para la hora que era.

Me trajeron el bourbon, esta vez el camarero era un hombre.

 

 

Después de tomar un baño y vestirme con un traje ligero de color beis y unos zapatos de suela blanda, limpié la Beretta y la guardé en el maletín. Lo guardé debajo de la cama y me guardé la Walter en la funda del tobillo. Si alguien entraba a husmear en mi habitación, sólo encontraría la Beretta; quizá con ello ganaría algo de ventaja. Por el momento no tenía motivos para sospechar de nadie. Subí al ascensor y bajé hasta el restaurante.

Smithers me esperaba agitando un Martini en su mano derecha. Me acerqué a su mesa y volví a estrecharle la mano. La mesa estaba repleta de comida. El agente de SMERSH parecía complacido.

—He pedido langosta gratinada, caviar de beluga, lenguado a la parrilla y ensalada de patatas —el gigante sonreía como si fuera su propio padre, orgulloso de los aciertos de su hijo.

—Vaya, parece que en SMERSH me conocen —intuí que habían estado hurgando en mi vida. Era probable que hasta supieran la temperatura con la que me gustaba tomar los huevos revueltos—. Se olvidan de un par de detalles, pero en definitiva creo que han hecho los deberes.

— ¿Nos olvidamos? —adiviné una sombra de duda en su rostro. Smithers parecía un hombre al que le gustaba tenerlo todo controlado.

—Cangrejos con mantequilla derretida acompañado de Dom Perignon, café turco dulce, vino Rotschild del 47, solomillo de buey, espárragos verdes con salsa holandesa… aún les queda indagar un poco más —dije mientras me encendía un Dunhill.

Smithers rió mostrando un pedazo de langosta metida entre los dientes.

—Reconozco que no nos hemos tomado tantas molestias, nos interesa más como desempeña usted su trabajo. Tiene usted una forma interesante de resolver sus misiones —Smithers bebió un trago largo de Martini mientras me miraba directamente a los ojos.

—Es probable que ustedes, los americanos, sean un poco más anchos de miras que algunos de mis superiores —comencé a sentirme algo inquieto. Quería saber los detalles del trabajo que me habían encomendado—. Aprecio sus palabras y consideraré oportuno no revelarlas ante M pero me gustaría que me contara, si no es mucha molestia, a quien debo ver. A quien debo meterle una bala entre ceja y ceja como si fuera un vulgar capungo*.

Smithers sonrió detrás del Martini, que no dejaba de alzarlo con demasiada frecuencia, revelando más interés por el contenido del vaso que por el plato de langosta que tenía frente a él.

—Déjeme que le cuente, pero por favor, sea discreto.

Engullí mi malestar junto a un buen trago de  bourbon; no me gustó el comentario que salió de su boca llena de langosta y dientes amarillentos. Con un tono de voz más bajo, me informó de lo que me esperaba a partir del día siguiente. Escuché con atención mientras perdía el hambre por momentos.

Tenía que matar a alguien. En la vida de un agente secreto este tipo de cosas pasan.

Smithers bebía Martini y partía langostas con sus manos como palas de excavadora mientras iba explicándome los detalles del trabajo. Cada vez más me costaba ingerir las pequeñas tostadas con caviar que iba masticando sin demasiado interés. Después de escuchar con desagrado durante un buen rato y no demasiado contento con las condiciones de la misión, me levanté de la mesa después de que me entregara un sobre con la dirección de mi víctima y algunas instrucciones concretas.

— ¿Y su nombre? —dije antes de abandonar la sala.

—Su nombre no es importante señor Bond.

Volví a mi habitación dejando al agente de la SMERSH ligeramente contrariado. Nunca en mi carrera como agente del servicio británico me habían encargado un trabajo tan sucio.

Tenía que matar a una mujer. Disparar a sangre fría  como si no pasara nada.

Me quité la chaqueta y la dejé encima de la cama. Me aflojé los cordones de los zapatos y me desabroché el nudo de la corbata y los puños de la camisa. Exhalando humo de color azul recliné la cabeza en la butaca de la suite y pensé que quizá sí que debería sentirme como si fuera un vulgar capungo.

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2

 

Un Chrysler Imperial me esperaba frente a las puertas giratorias del James Royal Palm. Me senté frente al volante y conduje por las avenidas de Miami Beach hasta llegar a Ocean Drive, la calle más famosa de la ciudad. A decir verdad aquel asunto comenzaba a oler un poco mal; un Chrysler de color negro brillante para conducir hasta la calle más importante de la ciudad… todo aquel asunto no hacía más que levantar mis sospechas. La ausencia de discreción era latente. Estaba seguro de que alguien quería romper con la discreción que acompaña al trabajo de un agente secreto. Alguien que deseaba situarme en el punto de mira. Enseguida consideré a Smithers un traidor, aunque… ¿Qué le había motivado a engañarme de aquella manera tan infantil? ¿Quién lo estaba utilizando? En unos minutos mi cerebro comenzó a disparar hipótesis en torno a aquel curioso asunto. Cogí el vuelo hacia Miami porque M me lo había ordenado. Volé durante más de ocho horas considerándolo un trabajo. No entendía el porqué de todo aquello. Sólo quedaba una posibilidad a tener en cuenta.

Smithers no era un agente de la SMERSH.

Quizá trabajaba para alguien que no quería revelarse. Alguien que quería verme fuera de juego. Estaba tomando conclusiones demasiado precipitadas, pero no del todo erróneas. En mi trabajo era fundamental ser algo paranoico.

Era consciente de que tenía muchos enemigos. Había matado a varios de ellos aunque siempre me quedaría SPECTRA.

Aparqué frente a la dirección indicada y entré en el café que había junto a la entrada principal. Me senté y pedí un café, sin más. Encendí un Dupont. Necesitaba detenerme y pensar un poco. La mayoría de mis misiones eran para proteger un bien común, ciudades, países, el mundo entero. Me enfrenté a enemigos que querían adueñarse del mundo, dictadores que vivían en mansiones de lujo y tenían gustos muy caros. Ahora alguien quería eliminarme del mapa. Sin más. Alguien que se sentía amenazado con mi sola existencia. No sabía si sentirme halagado.

Estaba claro que aquel misterioso personaje sabía de mis andanzas. Sabía que si me mataba me eliminaría de todas las futuras ecuaciones en las que la integridad del mundo entero se vería amenazada. Ecuaciones escritas por un matemático chiflado. Un magnate que utilizaba su dinero a modo de maza aplastante. Bien, ya tenía algo a lo que agarrarme. Si en todas las trifulcas en las que me vi metido me enfrentaba a gente poderosa, estaba claro que quien quería que desapareciera era uno de ellos. Me vino a la memoria Goldfinger. Uno de aquellos empresarios que no dudaba un instante en eliminar vidas para salirse con la suya. Lo malo es que hace dos años que murió… o al menos, eso era lo que suponía.

Nadie vio su cadáver. Ni tan sólo se celebró su entierro. Por eso M me advirtió de que es probable de que quizá apareciera de nuevo.

Sabía que estaba totalmente arruinado; perdió todo su oro en Fort Knox. Quizá se trataba de venganza. Aquella opción siempre encajaba cuando se hablaba de poder y fracaso. Los poderosos comenzaban a ser previsibles, aunque sus métodos fueran extremadamente peligrosos.

Terminé la taza de café y apagué el tercer cigarrillo. Dejé un billete de cinco dólares en la mesa y me levanté. En la calle torcí hacia la izquierda y me paré frente a la entrada principal. Las instrucciones eran claras; subir hasta el tercer piso y entrar en la segunda puerta gracias a la llave que se me proporcionó. Esperar hasta media tarde y liquidar a quien fuera que entrara por la puerta. Parecía un trabajo fácil. Demasiado. Por eso me daba tan mala espina.

En mi carrera como agente secreto había tenido situaciones de todo tipo. Había sido tiroteado, engañado por mujeres de escote demasiado pronunciado y gatillo fácil, golpeado decenas de veces por esbirros con menos cerebro que el interior de una tetera… no tenía por qué preocuparme. Era capaz de seguir manteniendo la misma sangre fría de siempre aunque, por una vez suspiré por no tener que enfrontarme a otra mujer sin escrúpulos. Otra asesina a sangre fría que se sintiera interesada por lo que escondía debajo de aquel traje de Tom Ford.

Esperé a entrar cuando una mujer de mediana edad salió del edificio. Me repasó con la mirada y sonrió ligeramente. Debajo de su abrigo de visón escondía un cuerpo delgado, consumido por una vida de lujo y escasa comida. Las mujeres ricas comían poco. Curiosa paradoja. Sin devolverle la sonrisa y bajando la vista entré en el ascensor maldiciéndome por no haber sido más discreto; por el momento la policía ya tenía a un sospechoso en el caso de que aquella mujer declarara y eso era algo que M odiaba.

—No quiero que la policía de ningún país vuelva a llamarme la atención –me recriminó M hacía tres años sentado en su sillón de piel negra—. Para eso es usted un espía, ¿cierto? El estatus doble cero va totalmente ligado a la discreción. No se tome su trabajo como si fuera un asesino a sueldo. Es usted mucho más que eso.

El ascensor se detuvo en la tercera planta. El silencio envolvía el pasillo. La oscuridad era casi total. Caminé hasta la segunda puerta y me metí la mano en el bolsillo. Antes de introducir la llave en la cerradura empuñé la Beretta y entré dentro.

Cerré detrás de mí con la brusquedad que en ocasiones, acompaña al silencio; nadie tenía porqué enterarse de mi llegada. Tal y como me había informado Smithers, el piso estaba vacío. Recorrí el pasillo hasta llegar al comedor. En la oscuridad recorrí la estancia evitando las ventanas que daban a Ocean Drive. Cerré las cortinas y me senté en una butaca Chester de color negro. Con las yemas de los dedos recorrí la superficie de piel de vacuno, sintiendo el cuero suave como si fuera la primera vez que me sentaba en un mueble de aquellas características. Me recordó al sofá que tenía en mi apartamento de Chelsea Square. Por un momento quise estar en casa, tomando bourbon en la oscuridad. Estaba un poco cansado de tanta acción; los dos últimos años había sido demasiado intensos, y eso también incluía el trabajo de oficina. Demasiadas horas alejado de mi mismo; el trabajo me estaba convirtiendo en alguien que cada vez conocía menos. Frío, calculador, pesimista; el mundo me estaba esculpiendo como una roca descendiendo por una ladera.

Me levanté y busqué algo para beber. Estaba tomando demasiado alcohol, demasiados cigarrillos, demasiadas mujeres. Dejando de lado a la muerte, que me rondaba una media de tres o cuatro veces al año, el vicio era lo único que me mantenía vivo. Golpear a tu adversario te ponía alerta, tensando los músculos sentías que eras un cuerpo vivo, en acción, pero la adversidad era tan frecuente en mi vida que ya estaba demasiado acostumbrado a ella.  Nunca tuve miedo al dolor, así que una buena pelea no alteraba demasiado mi estado anímico aunque tuve que reconocer que la adrenalina me completaba cuando entré a trabajar para el MI6. De no haberme convertido en agente es probable que me hubiera decantado por el boxeo. En Eton había golpeado algunos cuerpos en combate. Me gustaba bailar moviendo los brazos, hacer fintas, esquivar los golpes predecibles de los compañeros que no se molestaban en cambiar de táctica… cuando uno es demasiado joven, la vida  extiende las manos y te muestra lo que esconde sin que te percates de sus peligros.

Encontré una botella de Cutty Sark medio vacía; otra vez estaba viendo la vida por el lado negativo. Llené un vaso y me senté en la semioscuridad que me confería la estancia. Encendí un cigarrillo y pensé en la camarera del aeropuerto. Era una chica demasiado joven para mí, pero estaba claro que le había caído en gracia. De camino a Londres trataría de hacer una parada en algún hotel. Necesitaba sentirla junto a mí; la vida se me estaba haciendo un poco monótona. Acostarme con una chica recién salida de la universidad quizá me haría recordar tiempos mejores. Exhalé algo de humo y esperé a que mi víctima hiciera acto de presencia.

 

 bond andress

3

 

El ruido de una llave hurgando en la cerradura puso mis sentidos alerta. La luz de la escalera iluminó el pasillo en cuanto una figura femenina entró en el piso. Piernas largas, caderas de violoncello, pelo largo hasta la espalda. El olor a humo de los Dunhill me delató. Se detuvo al final del pasillo, justo en el marco de la puerta que la conducía a su propio salón. Abrió la luz, descubriéndome sentado en su butaca. Bebiendo de su whisky barato. Esperándola para matarla. Trató de disimular su sorpresa dejando el abrigo de pieles encima de un sillón y dirigiéndose al mueble bar.

—Espero que no se lo haya terminado todo —su voz era suave, casi infantil —. Es la última botella que me queda y no me apetece volver a bajar.

La estudié en silencio. Era alta, elegante, extremadamente bella. Smithers me advirtió de la crueldad que escondía debajo de aquel rostro aniñado. Se sirvió un vaso y caminó hacia mí. La apunté con la Beretta. Me miró a los ojos mientras sacaba un cigarrillo; estaba claro que estaba acostumbrada a aquel tipo de situaciones. De todas formas algo había en ella que delataba una ligera inquietud, ¿sabía a qué había venido? Por lo menos lo intuía, así que aprovechaba el momento, arrastrando mi voluntad con el contoneo de sus caderas.

Me levanté y nos miramos desde muy cerca. Era mucho más bella a dos centímetros de mi cara. Me olió en silencio. Hundí el cañón de la Beretta en su estómago presionando suavemente su vestido rojo. Quería besarla; era extremadamente sensual.

—Y bien, ¿a qué debo el placer de su visita, 007? —su voz ocultaba el temor que se alojaba en su interior.

Sonreí ante la clarividencia de su pregunta.

—Está claro que me conoce.

Su risa llenó la estancia. Era clara, fresca como una cascada.

—Otro me habría disparado antes de que recorriera el pasillo, pero es bien sabida su fama por conquistar a mujeres hermosas, señor Bond.

La besé con brusquedad y ella se dejó hacer. La dulzura de sus besos no consiguió que dejara de apretarla con la pistola. Se le escapó un pequeño gruñido.

— ¿Está seguro de que tiene que apuntarme con esto continuamente?

Sin fiarme demasiado de sus intenciones me guardé la Beretta en la sobaquera y la cogí fuertemente por la cintura. Ella me rodeó con sus brazos y la pasión nos condujo hacia el dormitorio. Estaba claro que me estaba conduciendo a su trampa. Se quitó el vestido y se metió debajo de las sábanas.

La dejé hacer.

—Dejemos para más tarde lo que ha venido a hacer, ¿le parece? —un mechón de pelo le tapaba media cara.

Mientras me quitaba la camisa le pregunté su nombre. No quiso decírmelo. Smithers sólo me había dado una fotografía y una dirección. Me había tratado como si fuera un sicario, pero nunca hubiera pensado que mi víctima era una mujer tan astuta. En algún momento trataría de clavarme un cuchillo por la espalda o me dispararía. De todas formas cedí ante sus deseos y me lancé a otra aventura con una jovencita extremadamente sensual. La seguridad que había esculpido gracias a mi entrenamiento y las múltiples misiones a las que el MI6 me había encomendado me hicieron sentir seguro de lo que hacía. Podría mitigar sus intentos de terminar conmigo, pero… sabía que tendría que matarla.

Por un momento pensé en no hacerlo. Dejarla escapar, hacer el amor con ella y salir de aquel piso forrado en moqueta. Antes de hacer nada, me levanté; había olvidado el whisky. Mis pies descalzos caminaron hacia el salón, donde recogí los dos vasos y el paquete de Dunhill. Cuando volví me estaba apuntando con mi pistola.

—Vaya señor Bond, por lo visto han cambiado las tornas —sus ojos estaban demasiado abiertos y su boca trazaba una sonrisa que mostraba el collar de perlas de sus dientes.

Sonreí y dejé los vasos en la mesita de noche.

—Sabe usted mejor que yo, que tarde o temprano voy a caer en su telaraña, señorita…

— ¿Me cree tan estúpida de decirle mi nombre? Ya me lo ha preguntado antes –llenó su dormitorio con el dulce sonido de su risa —. Creo que va a tener que contentarse con probar el sabor de mi cuerpo.

Con la Beretta aún en su mano me metí debajo de las sábanas y la besé de nuevo. Me estaba volviendo loco. Estaba bajando la guardia a un nivel que M nunca me permitiría. De hecho, el jefe de la MI6 nunca me recomendó que me acostara con nadie dentro del horario de trabajo. Una vez más desoí sus consejos y la besé con pasión. Oí el ruido de la pistola caer en el suelo. Aquella chica también había bajado la guardia; era más que probable que se estuviera confiando pero, no me daba ningún tipo de confianza, ¿cuántas cartas tenía escondidas debajo de la manga?

Estuvimos casi dos horas arrugando las sábanas, dando forma a la pasión mediante el intrincado laberinto de nuestros escarceos sexuales. Dos enemigos besándose en la boca, paladeando el pacto que ondeaba la bandera blanca como dos jóvenes enamorados entre las cuatro paredes de su apartamento. Olvidé quien era. Olvidé a que había venido… cuando miré las dos lagunas de sus ojos, me acordé de mi cometido. Me odié a mi mismo por ser quien era. Estirado en la cama, besando aquellos labios deseé no ser un agente secreto, un asesino con los zapatos lustrosos y un Bentley coupé metido en el garaje.

Volví a besarla para olvidarme por completo de mi mismo y me golpeó en la cabeza.

Conseguí olvidarlo todo hasta el punto de perder el conocimiento.

Decididamente, había caído en su trampa.

 

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4

 

Atado en una silla, totalmente desnudo, me recordé una vez más a mí mismo, que no debía fiarme de las mujeres bonitas. Aquella mujer había conseguido bajarme la guardia. Me sentí extremadamente mal; un torpe. Un animal irracional que sólo buscaba el sexo ocasional y la ingesta de licores nefandos. Ya me había ocurrido en otras ocasiones. Destrozaba coches, las mujeres que me habían amado terminaban en un ataúd; no era el agente frío y calculador que muchos pensaban. Los trajes caros y la suerte en el juego no jugaban a mi favor. No se es alguien por lucir ropa hecha por un sastre.

Ella llevaba un camisón transparente y fumaba otro de mis cigarrillos. En la mano izquierda tenía la Beretta. Me sangraba la nariz. Bebía a tragos rápidos, apurando el contenido del vaso como si hubiera agua en lugar de whisky.

—No creía que fueras tan ingenuo —el tono de su voz era puro sarcasmo—. Te enseño mi cuerpo desnudo y te pierdes… ¿acaso es la primera vez que ves una mujer de verdad desnuda?

Escupí sangre en el suelo. Sentí su sabor en mi boca. En realidad estaba saboreándome a mí mismo.

—Mientras estabas inconsciente te he dado un buen par de golpes. Me gusta ensayar el gancho con un viejo saco de boxeo.

Otra vez. Su risa aniquilaba el oxigeno de la habitación.

—Estás empezando a ser un poco cargante —escupí algo de sangre en el suelo —. Y lo sabes.

Sonreí enseñándole los dientes manchados de rojo. Me sentía un ser sucio en comparación con ella. Sus largas piernas cruzadas encima del Chester. El rojo de sus uñas en consonancia con los esputos que salían de mi boca. Tensé los músculos para aflojar el nudo. Moví las muñecas mientras la miraba con desprecio. Tendría que haber sido más cuidadoso. Tenía que matar a aquella mujer por dos motivos. El primero, porque M me lo había encomendado. El segundo, nadie podría saber nunca como me habían noqueado de una forma tan ridícula.

Por suerte la madera de la silla no era demasiado resistente. Escuché un primer crujido mientras ella fue a por hielo para servirse otro whisky. Cuando volvió traté de disimular bajando la cabeza. Simulando estar derrotado.

Me pegó otro puñetazo en cuanto volvió al salón.

— ¡Tú sí que sabes cómo entretener a una dama! —sólo pude ver sus dos grandes pechos agitándose por la inercia del golpe.

Caminó hasta el dormitorio y cogió mi cartera. Volvió a estirarse en el Chester y con mi cartera en la mano comenzó a desperdigar mi documentación por el suelo. El carnet de conducir, la licencia doble cero… mi vida en fundas de plástico formando una alfombra legal en el suelo. No le di el gusto de pronunciarme al respecto.

Seguí con mi tarea de aflojar el nudo.

Buscaba un momento de distracción para atacar.

Con la piel desnuda bajo la luz de una lámpara estilo rococó.

Con la fuerza de mis brazos y la ridiculez de mis testículos bailando al son de la violencia de género.

Traté de distraerla mostrándome disconforme mientras mis carnets iban cayendo por el suelo y la pitillera se iba vaciando por momentos. Llenó de nuevo la sala con el dulce trinar de sus carcajadas. Seguía teniendo ganas de hacerle el amor; arrancarle el camisón a dentelladas y poseerla encima de la moqueta. A pesar de ser mi enemiga, quería poseerla con todo lo que tenía.

Pero mi vida corría peligro.

Estaba seguro de que la siguiente bala que saliera de la Beretta entraría directamente en mi cabeza. Decidí hablar con ella. Averiguar quién era. Conocer el verdadero motivo de su actitud.

Le pregunté.

Una lluvia de puñetazos cayó directamente sobre mi cara. No quería revelarme quien era, pero tenía una mirada muy parecida a la del empresario Auric Goldfinger. Decidí tirar una carta al azar. Quizá fueran parientes.

— ¿Qué tal tu padre? —el sarcasmo afloró en la entonación de la voz —. ¿Consiguió salir con vida de la caída mortal? La última vez que lo vi salía despedido por una ventanilla de su propio avión debido al vacío que provocó en el interior disparando su Lugger de oro puro —me reí para simular el forcejeo de mis muñecas contra las cuerdas. —Pereció víctima de sus propios juguetes.

Me reí con más fuerza. Esta vez era yo quien mitigaba el olor de su risa, el olor acre a tabaco y whisky barato llenándolo con mis carcajadas.

Con la risa de un asesino a sueldo pagado por el gobierno británico.

En definitiva estábamos jugando a lo mismo.

En el momento en el que se echó encima de mí y me clavó las uñas en las cuencas oculares aprecié el poder de mis palabras; había dado en el clavo. Aquella mujer cuyo nombre no me importaba se apellidaba Goldfinger o había tenido una relación muy cercana con el empresario. Con un último esfuerzo y con la cara teñida de rojo por mi propia sangre me liberé de las cuerdas quebrando la madera de la silla y rodamos por el suelo.

Esta vez no había amor en la violencia de nuestros movimientos. Jugamos una partida de ajedrez con nuestras pieles. Me desgarró parte de la oreja izquierda. Trató de arrancarme un ojo con sus uñas mientras la pistola se deslizó debajo del Chester. Me puse encima de ella, la cogí por las muñecas y me escupió en la cara. Me maldijo con la mirada. El brillo del deseo quedó substituido por una sentimiento de puro odio.

Me costó un par de minutos tenerla quieta. Desplacé todo el peso de mi cuerpo contra sus muslos y con las manos la agarré fuertemente por las muñecas. Se contorsionaba como una serpiente. No tuve más remedio que darle un cabezazo para que se estuviera quieta. Mis ojos lloraban sangre. El ojo derecho estaba más hundido que el izquierdo. Con la mirada perdida inclinó su cabeza hacia la izquierda. De poder denominar de alguna forma aquel estado de inactividad, la palabra inconsciencia sería la más apropiada. Me levanté, dejando aquel cuerpo enfundado en un camisón transparente con los brazos en cruz. Le tomé el pulso. Seguía viva. Caminé hasta el baño y me lavé la cara. Sólo podía ver por un ojo. Hundí con la yema del dedo índice el ojo salido; no era la primera vez que lo hacía. Gruñí. No pude evitarlo. En la habitación me puse los pantalones. Mientras abrochaba los botones de la camisa contemplé su cuerpo mientras me quemaban los ojos. Estaba más que acostumbrado al dolor. Su cuerpo se dibujaba en la moqueta. Qué hermosa joven. Una princesa sin nombre viajaba hacia ninguna parte en el laberinto de la inconsciencia.

Me abroché los zapatos. Busqué la Beretta debajo del Chester. Comprobé el estado del cargador y encendí un Dunhill. Tenía que matarla. De no hacerlo volvería a por mí de nuevo. Luego tendría que encargarme del falso contacto. Smithers era un traidor. Un traidor poco astuto. ¿Tan importante era una venganza personal para perder el empleo? Quizá ya lo había perdido. Se había pasado al bando contrario. Había sido seducido por la hija de Auric Goldfinger para matarme.

Menudo plan. Digno de una mente infantil y vengativa.

Apuré el cigarrillo y me hice el nudo de la corbata. Recogí mi documentación y la volvía a guardar en la cartera. Me serví un último vaso de Cutty Shark. La amargura del whisky bajó garganta abajo. Me tapé el ojo derecho con la mano. Teñí la palma de rojo. Aquella mujer tenía mucho carácter. Busqué un pañuelo para secarme las gotas que rodaban por la cara. Las interceptaba antes de que manchasen el traje.

El cuerpo humano tiene arreglo. Las manchas de sangre en los trajes de Tom Ford, no.

Me sentía furioso, pero no con ella, sino conmigo por aceptar el trabajo en el MI6. Quince años de servicio a la corona para terminar matando a jóvenes vengativas. No había estudiado en Eton para eso. No había recibido clases de boxeo ni me había enfrentado a los rusos para que casi me sacara un ojo la hija de un empresario sin escrúpulos. Pero así era la vida. No había más.

Sólo quedaba apretar el gatillo y salir de aquel apartamento.

Cogí uno de los cojines del Chester y lo apreté contra su cara. Apunté en el centro del dibujo bordado que me miraba a los ojos. Un ridículo Collier de color blanco sacaba la lengua. Le metí la punta de la pistola en la boca. Quería destrozar algo bonito. Quería ver arder el mundo.

Apreté el gatillo y el cuerpo de la joven quedó en un estado de relajación perpétua.

Una mancha de color rojo se esparcía por la moqueta como una plaga de cucarachas en un país tercermundista. El estruendo podría delatarme. Disparé sin cuidado, sin silenciador. A quemarropa.

Me levanté y salí a paso rápido del apartamento sin pensar en las huellas dactilares.

Corrí escaleras abajo con la mano sosteniendo un pañuelo lleno de sangre. Llegué al hall y contemplé mi reflejo en un espejo de marco dorado. No vi a James Bond reflejado en él. No vi a un hombre apuesto educado en Eton. No vi a un sibarita con trajes hechos a medida.

La imagen de un vulgar capungo me miraba desde el otro lado del espejo.

 

*Capungo: asesinos a sueldo mexicanos que matan por cantidades irrisorias.