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Maravillosismo Ilustrado

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Relato de Irela Perea

Desde que cumplí los treinta, los hombres me dejan mucho, normalmente –eso dicen-, porque soy maravillosa. La más divertida, la más guapa: la más maravillosa; y por supuesto, la que mejor folla. “Pero no puedo seguir en esta relación… por problemas que solo tienen que ver conmigo”.

Claro, podría indagar cuáles son esos problemas, pero, por mi propia felicidad, he aprendido a no formular preguntas cuya respuesta no me interesa oír (¿Me quieres? ¿Hay en el reino alguna más maravillosa que yo?). Y además, tengo la certera intuición de que difícilmente escucharía la respuesta verdadera, esa del tipo: “Por la noche le rezo a mi exnovia”; “Me excita el sacerdote que nos da el cursillo prematrimonial” o, simplemente, “Prefiero los lirios a tu flor de loto”.

Así que me conformo con ser maravillosa, y simplemente les pregunto: -Pero, si dependiera de ti elegir a una de los Ángeles de Charlie ¿seguirías escogiéndome a mí, verdad? -Ni lo dudes.

Soy un ángel y soy maravillosa, y es posible que en ocasiones me relumbre la aureola, porque en mi última visita al Ambulatorio dos señoras me pasaron devotamente un pañuelito por el brazo, pero la enorme cola de enfermos junto con la calefacción al máximo eran capaces de trastornar a cualquiera, también tengo que contarlo.

Ahora bien, que quede claro este axioma: por muy maravillosa que seas, te puedes quedar colgada en el día de San Valentín. Yo misma, el último 14 de febrero, había abandonado la corona y la aureola en la mesita, y pasaba la tarde tristemente acurrucada en el sofá, con mi cara de tortuga y el caparazón (tamaño grande) que heredé de mi abuela. Normalmente, en el ajuar son las madres las que legan a sus hijas el caparazón contra desamores, pero la mía necesitó muchos años para comprarme una vajilla a piezas de la Cartuja, y al final me quedé con el de mi abuela, que según me contó en vida, siempre le sirvió de gran uso y consuelo. El caparazón, no solo es muy cómodo para aovillarse dentro y sentirse arropadita en cualquier postura, sino que sirve como escudo de nostalgias, envidias y asechanzas del enemigo. Lamentablemente, desde que la Lista de Bodas se pone en el Corte Inglés, o directamente se solicita el sobre con relleno, el uso de caparazón se está perdiendo, mientras aumentan las ventas de las almohadas cervicales.

Como digo, estaba delante de mi tele mal sintonizada, que lo único que captaba con definición era el canal local, ese en el que aparece una médium reteñida y tres ventanitas porno, y un listado de SMS debajo, casi todos de índole desesperado-sexual: “hombre busca…”; “hombre busca…”; “hombre busca”; y alguno de interés social: “Si quedáis con un tío que se hace llamar Jack y tiene un ford-fiesta rojo, cuidado, tiene ladillas”.

Preciso que, a pesar de los mágicos efectos apaciguadores de mi coraza heredada, sentía cierta rabia al imaginar a mi ex alegremente divertido, quizás entre sábanas de corazones, con alguna pelandusca de esas que se dedican a recoger a los ex perdidos. Y además tenía un subidón hormonal prerregla contra el que no se conocen remedios, médicos ni mágicos, que me provocaba cosquillas desde el útero al centro de las entrañas, que me llenaba el cerebro de extrañas imágenes fálicas, y que, resumiendo, me tenía transformada en una desesperada sexual cualquiera; también denominada “salida”.

Leo entonces en los SMS (y yo no tengo la culpa de poder leer cualquier cosa muy rápido, Dios lo quiso así): “Pareja busca chica para cena de San Valentín. Solo buen rollo. Postre opcional. 669 69 69 69”. Llamo. Cuelgo. ¡Oh, Dios mío, cómo he sido capaz! Y antes de poder fustigarme por mi mala conducta, me devuelven la llamada. Una chica en-can-ta-do-ra me anima a acercarme a un restaurante bastante próximo (y decente). Y como yo siempre he tenido ese grave problema para decir “no”, me apresuro a salir del caparazón, me pongo una ampolla tensora en la cara de las que anuncian para quitar la cara de tortuga, y con temblequeo en las manos me pinto una raya en los ojos que haría palidecer el maquillaje de la propia Nefertiti.

Evoco toda mi colección de mantras para elevar la autoestima y me repito: soy guapa, soy divertida, soy maravillosa. Y con esto y unos condones en el bolso me largo de casa.

Llego al restaurante y una pareja, bastante mayor que yo, me hace una señal acompañada de enormes sonrisas. Me acerco también sonriendo, que yo estoy muy bien educada, como matiza siempre mi madre, “gracias a que ella se sacrificó llevándome al colegio de paga”. Me invitan a sentarme. Nos estudiamos: Él está cerca de los 50 pero bastante bueno. Es relativamente guapo y tiene un cuerpo bonito, con unos hombros anchos, y señales evidentes de que acude moderadamente al gimnasio. Pero… -y de verdad que casi me caigo de la silla al reparar en ese detalle-, luce a modo de corbata esos cordoncitos acabados en metal que debieron de estar de moda en el oeste americano. Me mantengo en la silla pero la líbido se me cae al suelo.

La chica, que también sobrepasa ampliamente los 40, es como una mamá de clase media, pero de las de antiguamente. Algunos kilitos de más, pelo falso platino, ligero cardado, y como único signo de modernidad, unos vaqueros cuatro tallas inferiores a la suya muy en boga para aquellos a quienes atraigan las carnes apretadas y reventonas. Pero tiene una sonrisa preciosa, una voz muy dulce y es extremadamente simpática.

Pronto se me olvida que somos unos desconocidos, porque ellos hablan dicharacheramente de las muchas ventajas de los clubs de intercambio, y yo, en vez de cenar, me estoy metiendo unos lingotazos de White Label.

El chico propone tomar la siguiente en su casa, y alegre como unos cascabeles, encantada de que me retiren la silla, me paguen la cuenta y me digan que soy preciosa, me subo al coche de mis simpáticos amigos sin comprobar siquiera si guardan motosierra en el maletero.

Me siento modernísima mientras hablamos de las cenas de intercambio que ellos organizan todos los sábados y fiestas de guardar, y en apenas diez minutos, estamos sentados en el sofá de su hogar. Y digo hogar porque no le faltaba de nada: las cortinas de flores, el tapete de ganchillo, un gigantesco aparador de nogal para incrustar la tele y cornucopias doradas encima del recibidor. Ah, y un imprescindible mueble-bar muy bien surtido. Me tomo otra, más que nada por no pecar de descortesía. De repente, él cambia su mirada de anfitrión cariñoso a la de lobo estepario, me retira el vaso, me coge de la mano y me lleva hasta el dormitorio de matrimonio. Una cama grandísima, luces muy tenues… son profesionales, no hay duda. Él se desnuda y desliza mi mano sobre su piel. No recordaba la excitante sensación de recorrer un cuerpo que antes nunca ha sido tuyo. Me detengo en su culo, firme, cierro los ojos, y descubro que estoy muy, muy excitada.

Él me desnuda mientras me besa los pechos y me dice que son preciosos, me lame el ombligo mientras jura que le vuelve loco, baja por mis piernas y me hace sentir la mujer más excitante del mundo.

Me fijo en que desde la puerta, observándonos con una sonrisa, está su mujer desnuda. Nos metemos en la cama y ella viene también. Acaricia mi cuerpo y yo repaso con una caricia la curva que va desde su cintura a la cadera. Me parece la curva más peligrosa en la que nunca he estado.

Ella tiene un vibrador en las manos, que me frota solícita, pero prefiero sentir el suavísimo tacto del pene de él, ya húmedo, mojando mis nalgas mientras nosotras dos nos besamos.

Me muero por follar, hace siglos que no lo hago. Me vuelvo y me pongo encima del pene húmedo, tenso, fuerte, lo dejo resbalar por mi clítoris. Él cierra los ojos con placer. Pero súbitamente se quita de debajo.

Su mujer me aclara: Eressss… MARAVILLOSA, pero la penetración solo la practicamos entre nosotros dos.

Él se corre dentro de ella. Ambos me abrazan y me ofrecen quedarme a dormir. Pero yo prefiero irme a mi casa. Porque soy taaaan maravillosa… que no me importa pasar la noche de San Valentín SOLA.