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Extinción

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Relato de Gianfranco Selgas

A Génesis la vi sentada en el recodo de la playa, donde se acumulan los desperdicios que vienen de la ciudad perdida. La arena es de un ocre pálido y el mar, espumoso, desprende un olor fétido. Caminé cuidándome de que la tierra no entrase en mis botas, sorteando algunas conchas marinas putrefactas y algas en estado de descomposición.

Hace siete años el cielo se cerró. Las nubes se hincharon lo más que pudieron de monóxido de carbono y sólo se ve llover una vez cada dos meses. Del sol sólo tenemos un óvalo borroso que parece resplandecer a lo lejos, teñido por la pátina lechosa de las nubes que se apelotonan sobre sí, creando retorcidas formaciones que se explayan sobre el firmamento. Sin embargo, y aunque suene increíble, aún se conservan el día y la noche sólo que el transcurrir de estos, en cambio, parece envuelto por un filtro gris amarillento, como si estuviésemos hundidos en una atmósfera de tintes pesadillescos, ahogados por esa terrible sensación de asfixia que transmiten los matices opacos del día a día.

Génesis dejaba que la brisa podrida le alborotase el cabello, descubriéndole el rostro. Cuando la alcancé, se puso de pie y me tomó de la mano. Caminamos unos diez metros y nuestros cuerpos se empezaron a hundir en el mar. La espuma bullía, pero una vez dentro la sensación era cálida y placentera. Luego Génesis se sumergió. Los pelos se le abrieron bajo el líquido marino como patas de araña o astillas de un trozo de madera reventada. Las toqué y jugué con su maleabilidad, y me imaginé que el mundo estaba contenido en cada hebra. Cuando emergió del agua su rostro estaba lleno de llagas purulentas. Tuve la necesidad de extirparlas, pero cuando le acerqué mis manos ella las apartó con suavidad de su rostro, me dedicó una sonrisa brevísima y volvió a sumergirse para no mostrarse jamás.

Cuando salí del agua, vi a lo lejos su cuerpo suspendido en ese jugo asqueroso que insistimos en llamar playa. Se meneaba lentamente con el vaivén del oleaje, y menos de cinco minutos después desapareció completamente de mi vista.

Después me fui.

Al llegar al piso telefoneé a mi ex mujer. Le conté que Génesis se había marchado, esta vez para siempre, como habían hecho todos nuestros hijos y los hijos muertos de los demás. No dijo nada. Luego suspiró y colgó la llamada. Yo me fui a dormir.

Los días transcurren y del cielo no se borran jamás las corazas negras brillantes, clavadas en el firmamento como si alguien las hubiese pintado punto a punto con sus dedos. Las calles apestan a tierra húmeda, y casi siempre están vacías. No hay ruidos. La poca gente que todavía cohabita esta ciudad se cita en algunos bares que abren sus puertas para servir algo de agua ardiente o alcohol destilado que traen desde Terra Alta o Costers del Segre.

–Así que por fin se ha marchado.

–Se ha marchado, sí –respondo.

Tomé tres vasos de alcohol destilado. Luego me asomé a través de la ventana del local y miré, junto con el resto de parroquianos, la erección de las lunas brillantes. Esa fue la primera vez que las vi en mi vida. El sol pálido por un lado; las circunferencias plateadas, llorando luz reflectante, por el otro.

De un edificio en ruinas emergieron los cuerpos enmohecidos de dos adolescentes. Iban cogidos de mano.

–Es su turno –dice en voz baja el de la barra mientras echa otro chorro del líquido ardiente en mi vaso. Con un gesto le pido que se detenga.

Ambos muchachos se arrodillan sobre la acera. Uno, el más delgado, apoya el cráneo pelado sobre el asfalto, reposando buena parte de su cuerpo en posición fetal, con el perfil mirando hacia el este. El otro se reincorpora y le dice algo ininteligible. Por un instante siento que nos observa, que sus ojos blandos y amarillos se posan sobre el bar y sobre mí, sobre los cuerpos inertes del resto de individuos viejos y nocivos, cuerpos viciosos y desvencijados por los años que le miran tras el cristal desgastado del tugurio. El adolescente que está de pie se gira, entorna su cuerpo y luego impacta repetidas veces su pie sobre la cabeza del otro muchacho. Cuando escuchamos el reventar del hueso, todos nos giramos y volvemos a mirar nuestros vasos.

Un hombre de más o menos mi edad, sentado a la esquina de la barra, sollozando, manosea incansable unas fotografías desgastadas y se soba lentamente el poco pelo que le baja hasta el rostro flácido, de rasgos émbolos. Detrás de mí, en una mesa, otro tipo de gafas sucias dice que dos días atrás su hijo de doce años se había aplicado queroseno sobre su cabeza, brazos y estómago, y luego se prendió en llamas y se consumió ante él y su mujer y la niña recién nacida que había parido la mujer hacía diez semanas.

–Todavía le brilla el alma –dice el viejo tras la barra refiriéndose al tipo de gafas sucias.

–Lo sé.

–¿Lo has intentado?

–No me lo he planteado. Tiene poco sentido.

–Piénsalo.

El viejo se apartó, arrastrándose hasta un punto invisible a mis ojos.

–Ahí van otros dos –dice alguien cuando de una azotea cayeron los cuerpos famélicos de dos niñas sin ropas.

Pensé en Génesis esa tarde, al volver a casa.

Cuando empezó a oscurecer, las estrellas, como cada noche, empezaron a bajar del cielo, borrándose ante mis ojos como polvo estelar. Las noches son oscurísimas y el silencio que prima en el día se intensifica a estas horas. Bajo la poca luz que irradian las bombillas, leo el único libro que me queda. He pensado que la existencia humana es una dicotomía y que el castigo divino existe y es pesado y doloroso. El objetivo se oculta tras la imagen ilusoria, y hacia ella extendemos nuestras manos de hueso. Sin embargo, la naturaleza lo alcanza primero y nos lo arrebata en silencio pasmoso.

Al recordar los ojos de mi hija antes de perderla por siempre, me doy cuenta que por fin la desmesura, la contradicción y el goce nacido del dolor, se han revelado como la verdad última. La liberación se consuma en el sacrificio de sus cuerpos jóvenes que se purgan la enfermedad de nuestro mundo novísimo.

Cuando me quedé dormido soñé todo esto y al despertarme no pude evitar recordar cómo sucedió todo, el momento en el que el cielo cambió de color y la ciudad a nuestro alrededor empezó a despedazarse y podrirse poco a poco, y las estrellas negras y las lunas brillantes comenzaron a reinar sobre nosotros. Pensamos que aquello era todo, que el mundo por fin se resentía, pero la realidad, viciada, no sólo vomitó sobre la tierra sino que también abrazó con sus labios dentados el alma de nuestros hijos, llevándoselos uno a uno con el canto de su adolescencia perdida como si se tratase de una enfermedad o del exterminio pactado de una generación invisible.

Lo peor de todo es el silencio y el crepitar repentino de las voces adultas o viejas o el chasquido del viento que choca contra el concreto o esa sensación lastimera de que el mundo como lo entendíamos ha llegado a su fin.

Esa tarde en el bar creí ver los ojos de Génesis ahogados en al fondo de mi vaso. Para muchos como yo, ésta es la única salida a pesar de que en el fondo sabemos que tal escape no existe y que acabaremos más locos de lo que estábamos antes de que esta ciudad se borrara por completo e hiciera de nosotros unos seres despreciables.

En la noche volví a telefonear a mi ex mujer. Escuché el sonido del auricular despegándose del aparato. Como no habló, comencé a decirle que no entendía cómo había sucedido esto. No tengo respuestas, dije y me quedé callado. La escuché lamentarse en voz baja. Luego maldecir. Después llorar. Entonces se lo pedí, le dije que creásemos un nuevo niño, que lo hiciéramos ahora. Le dije que iría hasta ella, que saldría otra vez a las calles y caminaría hasta su piso. Por favor, creo que le dije. Ella colgó.

Después de escucharla trancar el teléfono, le rogué de nuevo en silencio que lo hiciéramos, que le diéramos una última oportunidad. Hay una alternativa, dije al vacío. Hay una alternativa para borrar este mundo y así salvarte a ti y salvarme a mí, o salvarnos a todos, sí, salvarnos a nosotros, a todos nosotros.