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El complejo de Drácula

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Relato de Milos de Azaola, autor de El Grial de los Vampiros

-La oscuridad tiene el tacto del terciopelo –decía Miklos Kiss, echado en el diván con los ojos entrecerrados y acariciándolo lánguidamente con sus dedos largos y finos-. Me deslizo en la noche como una serpiente entre la hierba… ¿Quién será mi próxima víctima? Hay tantas chicas a las que besar, tantos cuellos que morder… Buscan un príncipe azul y se encuentran con un caballero negro. Pero yo puedo darles mucho más poder que un Habsburgo. Puedo mostrarles el verdadero rostro de la noche… lo que se esconde tras la máscara de la civilización. El lobo que duerme en nosotros, acechando en la Selva Negra de nuestro inconsciente… Caperucita no es una víctima inocente, ¿sabe? Quiere atraer la atención del depredador… ¿Por qué iría de rojo, si no? Forma parte del juego, como las trenzas doradas y la cesta para la abuelita. Una buena chica, dicen. ¿Sabe lo que les pasa a las buenas chicas? Que todas acaban topándose con alguien como yo. Porque me están buscando. Es por eso por lo que se adentran en el bosque… sienten la llamada de lo salvaje y acuden a ella. Buscan al animal que anida en su alma y éste se hace carne para ellas. Se internan en su bosque interno y abrazan su verdadera naturaleza. Besan a la bestia, conocen el placer y el dolor… en eso consiste la experiencia. No son inocentes, nunca lo son. El seductor seduce porque tiene sed… la oscuridad tiene el tacto de la seda. Pero el seductor también es seducido, ¿sabe? La belleza siempre es sádica, porque es implacable y cruel, indiferente al dolor que provoca en el enamorado…

La doctora Greta Meitner, una de las psicoanalistas más prestigiosas de Viena, no dejaba de tomar notas en su bloc a toda velocidad. Un caso realmente fascinante, pensó, podría forrarme con este tipo. La doctora Meitner tenía una sempiterna expresión severa en su rostro, iba vestida con un traje gris acero que hacía juego con el color de sus ojos, llevaba el pelo rubio recogido en un moño y unas gruesas gafas de pasta. Pero Miklos Kiss la había elegido porque había visto algo debajo de esa fría fachada de dama de hierro teutónica, algo oscuro que pugnaba por salir a la superficie… Kiss optó por desarmarla con su sinceridad. Abrió los ojos del todo y dijo con una amplia sonrisa, mostrando sus colmillos:

-Soy un vampiro, ¿sabe?

Aparentemente la doctora ni se inmutó, pero tomó más notas en su bloc. ¡Un vampiro!, pensó. Esto mejora por momentos. Fantasías de poder y dominación, anotó.

-Viena es un paraíso para las criaturas como yo –siguió Kiss-. Tantas esposas insatisfechas casadas con hombres reprimidos y sosos que no saben hacerlas gozar en la cama… ¿Cree que el inmovilismo político que ha caracterizado siempre al Imperio Austrohúngaro está directamente relacionado con la abulia que domina la vida sexual de sus habitantes? No hace falta que conteste, es una pregunta retórica… Esa decadencia vienesa me recuerda a la impotencia de un anciano que ya no sabe cómo excitar sus apetitos y por ello tiene que inventarse perversos jueguecitos de alcoba… Por eso, en cuanto les digo que soy un vampiro, las vienesas se derriten y me ofrecen sus cuellos en la primera cita, y con ellos el resto de sus cuerpos anhelantes… Además, a las damas austríacas les produce un placer especial que las seduzca un húngaro plebeyo como yo. Pero al final, uno tiene que aprender a ser selectivo… Le cuento todo esto porque sé que no saldrá de aquí. Ya sabe, la confidencialidad médico-paciente…

-Por supuesto –dijo ella, ligeramente molesta porque se lo recordara, y también por lo que había dicho de los vieneses. Ella llevaba veinte años felizmente casada, o eso se decía a sí misma-. Pero dígame, ¿realmente se cree un vampiro?

-No es que me crea un vampiro, es que lo soy –contestó Kiss muy serio-. Necesito la sangre para vivir… el sexo es sólo un extra. Pero sin la sangre no podría vencer al tiempo.

-¿A qué cree que se debe su obsesión por la sangre? –le preguntó ella. Por supuesto no se tragaba ni una sola palabra de lo que estaba escuchando, aunque veía que su paciente sí creía en lo que decía. Complejo de Drácula, anotó en su bloc.

-Yo no lo considero una obsesión. Está enfocando mal la cuestión, doctora. ¿Usted diría que está obsesionada con la comida, sólo porque depende de ella para vivir? Bueno, hay muchas mujeres que realmente están obsesionadas con la comida… pero usted no parece una de ellas.

-No estamos aquí para hablar de mí, señor Kiss –dijo ella severa, envarándose en su butaca.

Probablemente tiene algún tipo de trastorno de la alimentación, pensó Kiss evaluando su cuerpo flaco y sin formas con ojo crítico. Se preguntó cuánta sangre podría sacar de ella, y de qué calidad sería.

-Claro, claro, disculpe usted…

-¿Dónde se hizo afilar los colmillos, señor Kiss? –contraatacó ella.

-En ningún sitio. Cuando te conviertes en vampiro te crecen. Pero los puedo retraer a voluntad… ¿ve usted?

Kiss abrió bien la boca y retrajo los colmillos hasta que tuvieron un tamaño socialmente aceptable. La doctora Meitner se quedó helada. Su bloc cayó al suelo. El vampiro se rió al ver la reacción de la mujer.

-¿Me cree ahora, doctora? –le dijo sonriente. Sus colmillos volvieron a crecer… empezaba a estar sediento.

-Ha sido… ha sido un buen truco de magia.

El vampiro se incorporó en el diván, tan rápido que la doctora Meitner casi no vio el movimiento.

-¡Oh, vamos! –exclamó Kiss-. ¿Me toma por un vulgar prestidigitador? ¿Quiere que le enseñe de lo que soy capaz realmente…?

La doctora Meitner se asustó al oír eso. El vampiro pudo notar su miedo, entremezclado con algo más… una cierta excitación subyacente bajo la superficie gélida. La mujer intentó sonar firme, pero no lo consiguió del todo:

-La sesión ha terminado por hoy… y creo que… creo que no va a haber más sesiones, señor Kiss.

Este paciente es demasiado peligroso, pensó la doctora, no puedo arriesgarme.

Pero Miklos Kiss no estaba dispuesto a dejar las cosas así, y se abalanzó sobre ella. Para cuando la mujer quiso darse cuenta, la mano del vampiro le sujetaba el rostro con firmeza. Pese a las apariencias, sus dedos finos eran fuertes. Una de sus largas uñas le acarició la mejilla, provocándole un temblor… ¿de miedo o de deseo? Fue incapaz de gritar o decir nada. No podía apartar la mirada de los ojos de él, oscuros y profundos como pozos sin fondo. No lo sabía, pero estaba cayendo bajo el hechizo del vampiro.

-Tiene unos ojos muy bonitos, doctora Meitner –dijo Kiss con voz sedosa.

-Gra… gracias.

Kiss se acercó un poco más, el depredador tanteando a su presa.

-Y una boca muy sensual… de labios carnosos, como a mí me gusta.

Inconscientemente, la doctora abrió la boca en un claro gesto de ofrecimiento. Al vampiro le bastó con esa reacción. Enseñó sus colmillos, tan largos como antes, y la besó ferozmente, ahogando el grito que empezaba a surgir de la garganta de la mujer. Un hilillo de sangre bajó de sus bocas acopladas.

El busto de Sigmund Freud observaba la escena con la indiferencia de un voyeur que ya lo ha visto todo.

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Fragmento de “El Grial de los Vampiros”

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Texto de Milos de Azaola

Robert Reborn estaba sentado en un oscuro rincón de La Femme, un bar del Greenwich Village frecuentado por una variopinta fauna literaria desde los tiempos de los beatniks, intentando escribir un poema elegíaco entre trago y trago.

Oficialmente estaba tomando un bloody mary auténtico, pero después de que se lo sirvieran había sacado disimuladamente una petaca del bolsillo y le había añadido un buen chorro de sangre al cóctel. Así estaba mucho mejor.

El texto que intentaba escribir era un poema sobre la muerte de la mujer amada, como casi todos los poemas que había escrito durante los últimos novecientos años, bajo pseudónimos tales como Ferdinand de Poisson, Brut de Caerlion, Alba del Sacrobosco -sin duda el más pomposo- o Richard Reilly, que era el que empleaba actualmente. Si había empleado esos pseudónimos y unos cuantos más se debía sólo a que resultaba un tanto sospechoso que un poeta publicara obras durante varios siglos seguidos con el mismo nombre. Pero, aunque los nombres que había en las cubiertas de sus libros cambiaran, el contenido era siempre una variante del mismo tema. Había transcurrido casi un milenio desde que su amada ardiera en la hoguera, pero el bueno de Reborn todavía no había podido superarlo -de conocer su caso, el doctor Ismailov habría sostenido que este amor enfermizo se debía a su naturaleza obsesiva típica de un vampiro, sin duda-. Eso sí, su poesía había madurado mucho desde sus balbuceantes inicios. En su opinión, era una de las pocas cosas buenas de ser casi inmortal.

Ni siquiera Reborn era su nombre original, aunque era por el que prefería que le llamaran los demás vampiros. Reborn era un revenant procedente de la Provenza francesa, donde había sido un trovador en el siglo XII con el nombre de Robert de Born. Él siempre había afirmado ser pariente del también trovador Bertran de Born, uno de los más famosos dentro de su oficio -tanto que el envidioso Dante le condenó a su Infierno- dato que nunca había podido ser corroborado por los demás vampiros. Convertido en uno de ellos por la idolatrada dama a la que dedicaba sus composiciones, la bella Leonor de Minerve, el suyo había sido un caso realmente perverso de amor cortés. El día que su amada, una mujer casada, por fin accedió a acostarse con él, la que hasta entonces había parecido simplemente una dama enigmática de turbia belleza, se reveló como una terrible vampiresa con un apetito insaciable. Le chupó tanta sangre al pobre Robert que, cuando las autoridades se lo encontraron más tarde, tirado en el campo, le dieron por muerto y le enterraron sin demora… pero Leonor acudió al cementerio aquella misma noche, sacándole de la tumba y ofreciéndole un amor eterno. Fue entonces cuando Robert transformó su apellido original en Reborn –renacido-, considerando el vampirismo como un regalo de su amada. Se fugaron juntos, dejando tirado al marido -un vampiro de familia noble que además de estéril era impotente- pero su bonita historia de amor duró muy poco, pues ella fue capturada y quemada por hereje en las guerras religiosas que hubo en la Provenza por aquella época.

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Desde entonces, Reborn le dedicaba a su amada muerta sentidos poemas que nada tenían que envidiar a los Himnos a la noche de Novalis o a La amada inmóvil de Amado Nervo. Y de vez en cuando fantaseaba con la idea de suicidarse para reunirse con su querida Leonor en el Más Allá -a diferencia de muchos vampiros, Reborn era bastante espiritual, básicamente por influencia de su amada hereje-. Durante muchos siglos, había intentado olvidarse de ella seduciendo a jovencitas inocentes a diestro y siniestro, pero chuparles la sangre o acostarse con ellas no había servido de gran cosa, y sentía que el agujero que había en su pecho se volvía cada vez más grande con el paso de los siglos.

Pero recientemente había descubierto una nueva sustancia que llenaba muy bien aquel agujero: el bloom. Desde que tomaba bloom para anestesiar su corazón, se sentía un vampiro nuevo, un ser regenerado que había renacido de sus cenizas como no hacía desde aquella remota noche en que Leonor le sacó de la tumba. Se notaba más inspirado que nunca, y en sólo tres meses había sacado dos poemarios firmados como Richard Reilly, alcanzando cierto prestigio entre los círculos literarios más underground de Nueva York.

Esa noche, iluminado por el bloom que se había metido antes de entrar en La Femme, Reborn había escrito ya unos cuantos versos memorables en su libreta.

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