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Azrael S.L.

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Relato de Milos de Azaola, autor de El Grial de los Vampiros

No quería vivir. La vida le parecía una tortura, y el mundo el infierno en el que se infligía. Tenía la impresión de que la gente sólo vivía para hacerse daño y sufrir innecesariamente. Todos habían vendido su alma al diablo y estaban atados a un contrato que no entendían, atraídos con engaños a la misma trampa. La gente vivía, sí, pero no sabía por qué; lo que hacían no tenían ningún sentido, y en el fondo eran conscientes de ello. A sus ojos, eso les convertía en muertos vivientes. Estaban muertos en vida precisamente porque habían vendido su alma sin saberlo. Les habían engañado para que creyeran que en realidad su alma no existía, como si lo único importante en el mundo fuera el cuerpo y sus necesidades. El día que dejaron de creer en sus almas dejaron de estar vivos. Se buscaban ocupaciones, actividades, hobbies, aventuras, para darle un sentido a sus vidas vacías, pero nunca conseguían llenarlas. ¿No era ésa la prueba más evidente de que vivían en un infierno creado por ellos mismos? Nunca estaban satisfechos con nada. La felicidad era efímera, cuando no inexistente, una quimera imposible de mantener ante la dura realidad, la misma realidad que habían levantado entre todos como los barrotes de una jaula que encerraba su espíritu (ése del que ya no hablaban, como quien se avergüenza de tener un hermano discapacitado). Pero él todavía era consciente de que tenía un alma y de que debía vivir en un mundo en el que ésta se despreciaba e ignoraba.

¿Cómo podía entonces soportar vivir en un mundo así? Sencillamente no podía. Levantarse cada mañana era un suplicio, desenvolverse entre los demás condenados un calvario. Antes le habían salvado sus sueños, la ingenuidad de la juventud, el sentido del humor, el amor… Pero había ido perdiendo todo eso por el camino, a medida que la vida le iba dando un palo tras otro. Al no poder realizarlos, tuvo que enterrar sus sueños en lo más profundo de su ser y olvidarse de ellos, dedicándose a ocupaciones mundanas simplemente para sobrevivir. Su ingenuidad se esfumó cuanto más a fondo conocía a sus miserables congéneres, según se iban sucediendo las traiciones y los desengaños. Al ver las desgracias que le rodeaban, su humor se agrió y se volvió negro, y por último se rindió y también se esfumó. ¿El amor? Nunca tuvo suerte en el amor, y pronto aprendió que no sería correspondido por las mujeres de las que se enamoraba perdidamente, y que sólo podría aspirar al afecto de las que no le inspiraban más que un vago sentimiento de amistad. Pero con el tiempo hasta éstas se desentendieron de él, espantadas por su pesimismo. Estaba mejor solo, la verdad. ¿Qué le quedaba entonces? No le quedaba nada, y lo sabía.

Completamente desencantado de la vida en este mundo, se interesó cada vez más por el otro, por el Más Allá que era tabú en el día a día, hasta convertirse en una obsesión. De tanto pensar en la muerte y lo que podía haber después, acabó familiarizándose tanto con ella que perdió por completo el poco miedo que pudo inspirarle alguna vez, pues siempre le inspiró más curiosidad que otra cosa. Su obsesión por la muerte le llevó a interesarse por todo lo que tuviera que ver con lo sobrenatural: el Más Allá según las distintas religiones, historias de espectros y vampiros, casos de experiencias cercanas a la muerte, etc. Pero pronto comprobó que casi todo eso era charlatanería, como siempre, y finalmente llegó un punto en que no encontraba satisfacción en esas cosas. Decidió entonces dedicar su vida por entero a la muerte. Ya que tenía que vivir, que fuera al servicio de la Dama Oscura.

Así que entró a trabajar en una funeraria. Fue fácil conseguir el puesto. No había muchos candidatos, pues no era un trabajo que atrajera a mucha gente. Pero a la muerte no le afectaba la crisis, ya que estaba y siempre estará por encima de los asuntos mundanos, radicando en ello su belleza, tal y como lo veía nuestro protagonista. Trabajando en un lugar así, podría estudiarla de cerca. Tenía la esperanza de que si llegaba a comprender sus misterios, comprendería también por qué había que pasar antes por el calvario de la vida para poder acceder a una eterna beatitud. Disfrutaba como un chiquillo cada vez que llegaba un nuevo cadáver, pues eso suponía otra oportunidad de acercarse a la muerte e intentar desentrañar su secreto. Al principio, los funerales le fascinaban, por lo que tenían de ritos solemnes. Pero pronto se desengañó también de esa ilusión, al constatar que eran ritos vacíos que habían perdido su significado religioso hacía mucho tiempo, simples pantomimas. La muerte se había convertido para los vivos en otro negocio más, negándole así su carácter sagrado, exactamente como habían hecho con la vida que no sabían vivir y el mundo que contaminaban con su simple presencia. La rabia que experimentó entonces fue inmensa, y el odio por esos individuos despreciables que se decían sus semejantes no conoció límites (especialmente, el que sentía por sus compañeros de trabajo, que trataban a los muertos de forma tan fría e inhumana). Fue entonces cuando una idea peligrosa empezó a tomar forma en las tinieblas de su alma desengañada…

Pensó que si liberaba a otros de su cautiverio, de la vida de esclavos a la que se habían condenado ellos solos, les estaría haciendo un gran favor. Y lo más importante, se lo estaría haciendo también a la despreciada Muerte. Haría justicia en el mundo, equilibraría la balanza del universo al eliminar de la faz de la tierra, tan superpoblada, a unos cuantos desgraciados que ni siquiera sabían qué hacer con sus vidas (esta era la lógica delirante de su mente enferma, aunque tal vez otros enfermos le encuentren sentido). De paso, siendo testigo de sus muertes, tal vez podría penetrar en los misterios que le habían sido vedados hasta entonces, y un rayo de luz vendría a iluminar la oscuridad en la que estaba sumida su alma perdida y confusa…

Su primera víctima fue una anciana que acudió a la funeraria tras la muerte de su esposo. Él se consoló pensando que la viuda estaba tan enamorada del muerto (incomprensiblemente, por lo que contaba de sus supuestas virtudes, que a él no le parecían tales), que seguramente le habría seguido al cabo de poco tiempo sin su ayuda. Cuando la estranguló, mientras le enseñaba un ataúd acorde con el escaso presupuesto del que disponía ella, sintió un gran regocijo al ver que moría con una sonrisa en los labios, como agradecida por su muerte. A sus ojos, esto le confirmó que había estado en lo correcto al idear y poner en marcha su gran plan de salvación de almas, y que había hecho bien al elegirla a ella para su primera buena obra. En ese instante mágico, se sintió más contento y satisfecho de lo que se había sentido en toda su horrible existencia. La inepta policía nunca descubrió que él era el asesino, algo que no le sorprendió en absoluto. En el funeral conjunto que se celebró por la pareja, no pudo evitar derramar lágrimas de la emoción (fue el único que lloró por ellos), pensando que él había sido el instrumento de Dios para conducir a la anciana al otro mundo.

Sí, fue entonces cuando se convenció de que él era un ángel de la muerte destinado a proporcionar al Cielo nuevos habitantes. Por eso, cuando llegó a convertirse en el director de la funeraria (su segunda víctima fue su jefe, al que aborrecía: llevaba años explotándole y prometiéndole un aumento de sueldo que nunca llegaba; sin él estorbándole, trabajaría mejor en su nueva misión), le puso a la empresa el nombre de Azrael, pues éste es el nombre que se da al Ángel de la Muerte en ciertas tradiciones religiosas.

Tras el cambio de nombre de la funeraria, continuó decidido con su sangrienta carrera, seleccionando cuidadosamente de entre sus clientes a sus futuras víctimas, preferentemente ancianos o gente sin familia ni amigos a la que nadie echaría de menos. Por supuesto, sus elecciones también se debían a preferencias personales. Procuraba escoger siempre gente que le inspirara una profunda lástima o un odio igual de profundo: viudos desconsolados que ya se sentían más muertos que vivos, o miserables indiferentes ante las muertes de sus familiares que sólo esperaban cobrar una buena herencia (¡cómo disfrutaba con la sorpresa que se llevaban estos últimos!), todos ellos gente que estaría mejor muerta, por un motivo u otro. Azrael no distinguía entre buenos y malos, pues por algo se consideraba el Ángel de la Muerte.

Con el transcurso del tiempo, cada vez más entusiasmado por su misión divina y embriagado por la sensación de poder que le daba, se fue volviendo más confiado e imprudente, perdiendo la precaución que le había caracterizado hasta entonces, y empezó a llamar la atención de las autoridades locales (¿tal vez no debió enviar al otro mundo a ese comisario corrupto que mató de una paliza a un detenido?). La policía empezó a sospechar del elevado número de muertes extrañas relacionadas con su funeraria y le investigó en profundidad, de forma discreta. Él se había vuelto tan descuidado que no se dio cuenta del cerco al que estaba siendo sometido hasta que ya fue demasiado tarde.

Un buen día, cuando planeaba la muerte de uno de sus clientes más importantes, del que tenía fundadas sospechas de que se trataba de un nuevo Barbazul (un magnate que se había casado cuatro veces y cuyas mujeres habían muerto todas de forma más que sospechosa, pero que siempre había conseguido salir indemne, seguramente porque había untado a altos cargos), dos agentes de policía entraron en la funeraria con una orden de arresto que le pilló totalmente desprevenido. Mató al primero con uno de sus instrumentos de trabajo, pero el segundo tuvo tiempo de desenfundar su pistola y dispararle. Fue un tiro mortal, justo en el corazón. El ángel de la muerte murió con una sonrisa en los labios, como su primera víctima, feliz en su último segundo de conciencia como nunca lo había estado en toda su vida, ante la perspectiva de dejar por fin ese mundo infernal y descubrir lo que le esperaba más allá…

¿Quién creéis que le recibió al otro lado? Pues ni más ni menos que el verdadero Azrael. Pero el ángel de la muerte no se mostró molesto con él por la usurpación de su nombre y funciones, limitándose a señalarle a su alma desorientada el camino que debía tomar, con una sonrisa enigmática en su terrible rostro resplandeciente. Alegre y confiada, el alma cogió el camino que le llevaría… al infierno.

Es decir, se reencarnó en un bebé llorón, hijo de la viuda de su última víctima. Lloraba y lloraba porque volvía una vez más al mundo del que tanto había deseado escapar. Ya era la quincuagésima vez. Nunca aprendía.