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Por aquel entonces Henry

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Relato de Lucía Clementine

Por aquel entonces no tenía trabajo y pasaba la mayor parte de mi tiempo leyendo e intentando escribir suficiente material para publicarlo. Recuerdo aquellos días aburridos, apenas salía a la calle ni me duchaba. Había ganado bastantes kilos por ese motivo, siempre me ha costado poco entrar en círculos de inactividad, que podían alargarse algunos meses. Tampoco surgían buenos planes, ni buenas personas, así que lo mejor que podía hacer era seguir inscribiéndome en ofertas de empleo y teclear, esperando a que me tocase el premio gordo.

Esa noche me tomé el lorazepan y la paroxetina pronto, se me hacía difícil dormir por no despegar mi puto culo del sofá en todo el día. Cené algo ligero y encendí el portátil para echarle un vistazo a los blogs que solía leer. Mayormente se quedaban en lo superficial, pero algunas veces lograba encontrar cosas realmente buenas, el tipo de cosas que te animan a seguir tecleando más hondo.

Me gustaba ponerme música de bandas de Riot Grrrls, todas esas mujeres medio desnudas, arañando con sus zarpas la guitarra, o pisando el bombo como unas putas condenadas. Con letras sobre historias con sus amantes, dedicándoselas a sus papás. El punk nacido de las mujeres, arrancando su odio desde las entrañas que engendran todo aquello contra lo que arremeten. La violencia de un coño bien abierto.

Sonó mi teléfono, miré el número. Descolgué.

-Lucía-dijo la voz al aparato.

-Eh, qué pasa Henry-le dije.

-Estoy en casa aburrido. Necesito sociabilizar. ¿Tú?-dijo

-Pues igual, supongo.

-Acabo de llegar del ensayo del grupo.-Al otro lado sonó un cigarro aspirándose-.Y no tengo nada que hacer.

-¿No tienes cerveza?

-Sí, si no, no tendría ganas de sociabilizar -dijo.

-Cierto.

Hubo unos segundos de silencio.

-Vente.

-¿Estas borracho?-le dije

-Estoy en ello.

-Llegaré en treinta minutos -colgué.

Hacía seis años que conocía a Henry, todo comenzó en el Baco, el garito de mi barrio sin ventanas donde solía ir todas las noches cuando tenía quince años. Recuerdo con especial cariño al barman, Dionisio. Sabía mi edad y aun así me servía, solo birra. Se negaba a ponerme algo más fuerte, pero me tomaba unas siete medianas y me importaba una mierda el resto de la variedad. Veía a Henry allí siempre que iba, sentando solo en una mesa donde tenía acumulado todo lo que se iba hincando, leyendo o dibujando cualquier cosa. Era un tipo solitario, al menos al empezar la noche. Luego se transformaba y era un tío cachondo al que le gustaba conversar con todos. Al tiempo me quedé pillada como una gilipollas de él y se convirtió en eso que se puede llamar primer amor.

Sabía que al tío le gustaba, y que lo único que hacía que no nos enrolláramos, eran los diez años de diferencia que teníamos. De todas formas acabamos acostándonos algunos fines de semana hasta que cerraron el Baco y cada uno se fue por su lado, buscando nuevos bares y nuevos polvos. Luego apareció la movida de internet y la cosa se repitió en algunas otras ocasiones.

Me senté en su salón tras saludarle con dos besos. Tenía puesto algún grupo de heavy genérico a poco volumen. Vivía solo y trabajaba atendiendo las llamadas del teléfono de emergencias. Me acercó la litrona. Le eché un trago y encendí un pitillo. Hablamos un rato de sus jefes y de sus exnovias, les unía el mismo tipo de amor que Henry les tenia, el tipo de amor que hace que a uno le entren ganas de cortarse las venas. Destapó la segunda botella, me habló de su trabajo.

-Una vez me llamó una mujer, lo único que dijo fue “mi marid…”, la llamada se colgó y al poco rato recibimos otra, diciendo que una mujer fue empujada por la ventana por su marido.

-Quéhijoputa

-Madres que llaman porque su bebé la acaba de palmar, gente que se ha metido dos cajas de pastillas, manifestaciones…Realmente no sé decirte muy bien, las cosas se me olvidan cuando finalizo la llamada–dijo.

-Tiene que ser la hostia de duro. A estas alturas yo tendría una depresión de cojones.

-Bah, no te creas. Al fin y al cabo es un curro como cualquier otro. Estamos ahí atendiendo llamadas y solo pensamos en que aún nos queda una jodida hora para el descanso.

A esas alturas ya íbamos borrachos. Vi que tenía colgadas tras la puerta dos batas de seda de estilo japonés, de andar por casa. Le tiré una y me puse la otra con gesto teatral. Habían pertenecido a sus abuelos, o alguna movida así. La cosa se puso tierna y cambió de música. Empezaron a sonar canciones de cantautores y no podíamos hacer más que seguir interpretando, vivir todas esas tragedias acompañadas con el sonido de una guitarra.

-Me gusta emborracharme contigo -le dije tendida sobre el sofá.

-A mí también me gusta emborracharme contigo.

Cerré los ojos. Todo a mí alrededor daba vueltas. Debía ser porque había mezclado las pastillas con toda esa cantidad de alcohol.

-¿Te vas a quedar a dormir conmigo?-dijo.

Levanté los hombros desde el sofá y encogí la cabeza aún sin abrir los ojos.

-Sí. Tú te quedas a dormir conmigo, baby-dijo.

Conseguí entreabrir los ojos y me fijé en su estantería. Entre los diferentes comics y novelas vi un estante que estaba lleno con libros de un solo autor.

-Empecé a escribir gracias al libro de Chinaski que me prestaste –le dije desde mi nube.

-Un gran tipo.

Andamos por el estrecho pasillo y me detuve en la puerta de su habitación. Entré y me tiré sobre el edredón negro. Él fue al baño. Me quité toda la ropa y me quedé solo con la bata de seda con flores japonesas de su abuela y me tapé. Henry llegó del baño.

-Quítate la bata para dormir-dijo.

-¿Porque es de tu abuela? –le dije.

-No, porque las batas son para cuando te levantas, no para acostarte.

-Es que no llevo nada más debajo-dije.

-De puta madre –soltó divertido, se desvistió y se acostó conmigo.

Había creído que era mentira, pero me rozó y supo que lo había hecho. Empezamos a meternos mano y besarnos con lengua. Me puse sobre él, cogió su polla y empezó a movérmela por la superficie de mi vagina, con un movimiento de cadera me la metí dentro, empecé a moverme hacia adelante y atrás. Él seguía el ritmo que le estaba marcando, sacudiendo su cadera para metérmela más fuerte. De golpe se quedó quieto.

-¿Qué te pasa? –le dije.

-Hay mogollón de gente que nos está mirando.

Me coloqué a su lado, apoyando mi cabeza en mi mano.

-La última vez también me dijiste eso-recordé.

-No me hagas caso, venga fóllame. -Me tiró hacía él, pero hice caso omiso.

-Quiero que me expliques todo esto-dije.

-Es una paranoia, siento como que hay mucha gente aquí que nos mira.

-¿Te pasa siempre?

-No, no… ¡nunca!-dijo.

-Henry, la última vez me dijiste lo mismo.

-¿Si?- me miraba y supe que hablaba totalmente enserio.

-¿Entonces te pasa solo conmigo?-le dije.

-¿De verdad me dices que no hay nadie más aquí ahora mismo? -Tenía terror en los ojos.

Le cogí suavemente la cara.

-Cielo, si hubiera aquí alguien más no estaríamos desnudos en tu cama.

Le besé y empezó a tocarme el clítoris de nuevo. El polvo continuó como otro cualquiera.

Volví a quedar con Henry un par de veces más, seguía diciéndome todo aquello cada vez que empezábamos a enrollarnos. Al tiempo volvió con su ex y no pude descubrir qué le ocurría. Hoy he terminado el último libro de Chinaski que me quedaba por leer, sin duda era un gran tipo. Henry, te he recordado, oh…es posible que estés leyendo esto. Espero que no te enfades y si aún no te has animado a ello, vayas a la consulta a hablar con el doctor. Aunque entiendo que no quieras hacerlo, son horribles, horribles…ellos jamás entenderán la naturaleza humana. Pero siempre me atreveré contigo.

Oh…

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