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Henry. Capítulo 1. por Ricard Millàs.

Henry no creía en las emociones que recorrían la pequeña carretera intercomarcal de sus venas, huía de sus pequeños y efímeros logros y se parapetaba en una coraza de hierro. Como si fuera un desprovisto de emociones le resbalaba el hecho de ser feliz. Henry no creía en sí mismo y caracterizaba personajes cada segundo de su vida. Le daba miedo ser él mismo. Temía el hecho de amar, sonreírle a la vida y extenderle los brazos para darle un gran achuchón de papa oso. No era algo que le hiciera demasiada gracia. Y el problema residía en el porqué de aquella actitud.

¿Acaso tenía ganas de joderse a si mismo durante toda su vida?

Henry el cabezota, sin anhelar formar parte de la rueda, sin desear ser un espíritu triunfante arrastraba las suelas de los zapatos y fumaba un cigarrillo tras otro. Henry era guapo y vestía bien, la diosa Fortuna le trató bien, o mejor dicho, estuvo en todo el proceso arquitectónico de su creación, desde que su padre rompió el preservativo hasta que su pequeña cabecita de cabroncete fue tocada por los primeros rayos de sol. Su pelo de color rojo lanzaba destellos a las chicas y ya desde muy pequeño lo paraban por los pasillos de la escuela para poder contemplar sus ojos. Las dos bolitas azules se movían nerviosamente deteniéndose en el suelo y alzándose para poder ver el milagro de la vida en todo su esplendor; mujeres debajo de faldas plisadas y blusas planchadas al vapor. En realidad, Henry era un amante de las mujeres. Le gustaban casi todas las que veía y en cada una de ellas encontraba algún matiz interesante. Podríamos decir que si hubiera querido ser feliz, habría terminado siendo un playboy en potencia.

El problema residía en que no tenía ganas.

¿Qué impulsa a un hombre a sentirse tan pueril? ¿A resbalarle todo lo que pueda acontecerle? Un deseo autodestructivo se escondía dentro de él.

Huye de la felicidad Henry. Es mucho más cómodo servirse un vaso de bourbon y dejar que la suerte le saque el cinturón a otro”.

Henry no quería cagarla, así que se limitaba a ser un espectador. Pero un hombre guapo no puede permanecer en las gradas toda su vida. Sin quererlo, arrastrado por las emociones de las demás personas, consiguió vivir experiencias.

Buenas y malas, pero lo hizo.

“La vida te besa en el momento más insospechado. Buscar en la maleza se convierte en un deporte. A veces es mejor sentarse a esperar y la solución llega sola”.

Se compra un paquete de tabaco y frente al estanco se enciende un cigarrillo. Mientras ve como toda la jauría humana se dispone a vivir sus vidas un domingo por la mañana,  se tira por el tobogán de los recuerdos y rememora pasajes de su vida. Sonríe, el sol le calienta la cabeza y los recuerdos le acontecen como cortesanas acariciándole la piel.

Sí, la vida sale a cuenta, a veces.

Amortiza según qué momentos y te convertirás en hombre de sonrisa perpetua.

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