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Multiverso


Empecé a escribir Barcelona Minority World a finales del 2012, un año después del 15 M y de la mayoría absoluta del PP. Tras las elecciones generales se aprobaría la reforma laboral, seguirían los desahucios masivos y saldrían a la luz múltiples casos de corrupción estructural y generalizada. Un montón de mierda brotando a borbotones de las cloacas de este país. Cuatro años después, el PP ganaría de nuevo las elecciones generales.  ¿Vivimos en mundos propios?  ¿Habitamos todos la misma realidad?  ¿En qué plano del multiverso se encuentra el votante del PP? En esta época extraña que nos ha tocado vivir en la que el multiverso es tendencia –con series como Stranger Things, novelas como 1Q84 o películas como Interestellar–, la ciencia ficción está de moda.  Es mainstream. Pero hoy más que nunca escribir una distopía resulta poco recomendable y hasta cómico. El fin del mundo se ha instalado cómodamente en nuestra salita de estar y come palomitas viendo la tele con nosotros.

Barcelona Minority World se arriesga a ser efectivamente una inofensiva fantasía apocalíptica en comparación con estos tiempos oscuros en que los que la realidad avanza inexorable como una apisonadora.  El apogeo turístico, la especulación inmobiliaria, la precariedad generalizada, el estado de shock permanente a golpe de telediario… El show diario rivaliza con la hard ficción. Sedientos de nuestras dosis diarias de indignación, asistimos a la carnaza de los grandes desastres y los grandes acontecimientos instalados en una tranquila desesperación. Todo lo sólido se desvanece en vivo y en directo J.G. Ballard empezó escribiendo distopías –Un mundo sumergido, La sequía– que leíamos con avidez y morbosidad por creerlas alejadas del porvenir y acabó escribiendo novelas de tinte realista –Milenio Negro, Bienvenidos a Metro-Centre– que parecían sacadas del infierno cotidiano de nuestra conciencia con la irrupción del fascismo o la paranoia terrorista.  De la distopía futurista al psicodrama hiperrealista en cuatro décadas.  El futuro nos ha alcanzado. El futuro ha llegado y era un desierto con aire acondicionado y pantallas digitales. Fronteras mentales y reales. Muros y concertinas.

Tal vez la literatura no sea más que la autopsia del desastre (no en vano, Autopsia del nuevo milenio  es el título de una exposición monográfica dedicada a la obra de J.G. Ballard que programó el CCCB hace unos años).  “Cada vez es menos necesario que el escritor invente un contenido ficticio. La ficción ya está ahí. La tarea del escritor es inventar la realidad”, escribía Ballard en el prólogo de Crash.  Salvando las distancias, Barcelona Minority World  es una distopía y una utopía a la vez porque se sitúa en un multiverso donde las cosas pueden y no pueden ser al mismo tiempo. Tal vez BMW es un retrato generacional y al mismo tiempo una postal para los que no han nacido todavía. Habla del futuro y mira al pasado. A la Barcelona que fue y no fue, y a la que será o no será. Habla de la decepción y el abandono, pero también de la fiesta y la revuelta. Habla de mundos paralelos que se salen del trayecto previsto y se cruzan,  se confunden, descarrilan. Habla del azar objetivo. De que todo acabe mal y acabe bien. De enfrentar el futuro o el no-futuro. Porque tal vez lo que haya que inventar es la realidad. La realidad en la que queremos vivir.