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Los Vampiros de la Mesa Redonda

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Artículo de Milos de Azaola, autor de El Grial de los Vampiros.

“El Grial de los Vampiros” es mucho más que una simple novela de vampiros… y no es una frase publicitaria. Absorbidos por tanta acción trepidante, puede que a muchos lectores se les haya escapado el simbolismo que encierra la historia. Para quien no se haya dado cuenta, es también una novela de caballería. Sí, habéis leído bien. Mis vampiros son caballeros oscuros a la búsqueda del Grial. De la misma forma que los caballeros artúricos salen al bosque a correr aventuras, mis vampiros las corren en la jungla de asfalto que es la ciudad moderna. Digamos que en mi libro le he dado una forma actual a viejos arquetipos, transformando la fabulosa e irreal Camelot en la sórdida y bien real Nueva York. Lo que viene a continuación es para aquellos a los que les gusta descubrir significados ocultos en las obras de literatura, misterios sólo accesibles para los que tienen los ojos bien abiertos. ¿Os atrevéis a internaros conmigo en la floresta encantada? Os esperan extrañas aventuras…

Al principio parece que mis vampiros están inmersos en aventuras mundanas: muerden cuellos y se pelean entre ellos, como los caballeros de Arturo, siempre rescatando doncellas y enfrentándose en justas y torneos. Pero, como en el ciclo artúrico, mi novela cambia hacia la mitad y se revela en realidad como una búsqueda del Grial. Una búsqueda que sólo los más fuertes pueden llevar a cabo con éxito.

En las primeras novelas artúricas, Perceval es el héroe del Grial por excelencia. Llega al Castillo del Grial y conoce al Rey Pescador, un rey tullido, incapaz de reinar en sus tierras porque ha sido herido en sus partes más nobles. Dentro del castillo, Perceval asiste a un misterioso ritual en el que una doncella porta el Grial y un paje empuña una lanza cuya punta gotea sangre, claro símbolo fálico que alude a la herida del Rey Pescador. Perceval no entiende nada de lo que ve, pero no se atreve a preguntar. Su búsqueda del Grial comienza cuando deja el castillo, que desaparece como por arte de magia. Entonces el caballero no descansará hasta saber por qué sangra la lanza, en palabras suyas… Pues bien, mi novela empieza con Zimmer, el vampiro protagonista, meando sangre. Es un vampiro enfermo, que no sabe lo que le ocurre (ignorante como Perceval). Luego entra en un bar de vampiros y bebe sangre de un vaso, que es como decir un cáliz disimulado. De todos los vampiros que hay en el bar, es el único que no ataca a la pareja de humanos intrusos que entran en él, el único que no acude a la fuente original de su poder (la sangre tomada directamente de un ser vivo), por decirlo así. ¿Por qué? Porque Zimmer es un vampiro tullido, como el Rey Pescador. En otros tiempos fue un poderoso rey de los vampiros llamado Dugdammê, pero ahora es un monarca que se ha desentendido de su cargo (como el Rey Pescador, que mata el tiempo pescando, de ahí su nombre…). “Qué tiempos aquellos. Y ahora soy un vulgar taxista”, dice Zimmer con tristeza. Él todavía no lo sabe, pero para curarse y recuperar su vieja gloria perdida debe encontrar el Grial de los Vampiros. Así pues, Zimmer es al mismo tiempo Rey Pescador y Perceval (pues, como se explica en las novelas artúricas, Perceval pertenece al linaje del Rey Pescador, esto es, es de “Sangre Real”, y por eso es el elegido para desvelar el misterio del Santo Grial). Zimmer sólo volverá a abalanzarse sobre sus víctimas humanas al final de la novela, una vez sanado por el Grial de los Vampiros. Además, como Perceval, Zimmer también es un hombre enamorado, y su búsqueda del Grial se mezclará con la búsqueda de su amor perdido, que en realidad es el aspecto terrenal de la misma empresa. De la misma forma que los caballeros andantes de las novelas artúricas rescataban a damiselas en apuros en los bosques encantados, Zimmer encontrará a su amada Sara en Central Park, rescatándola de las garras de Fenris Fergusson, un ser al que describo con aspecto monstruoso, trasunto de gigante de los viejos cuentos, de esos que siempre estaban ultrajando doncellas.

perceval

Pero hay otro candidato a Perceval en mi novela: el detective Rick Douglas, uno de los pocos humanos con un papel relevante en la historia. En la obra de Chrétien de Troyes, Perceval comienza siendo un muchacho ingenuo que no sabe ni siquiera lo que son los caballeros, a los que toma por demonios. En mi novela, Douglas comienza siendo un humano que ni siquiera cree en la existencia de los vampiros… hasta que es poseído por el espíritu de Zimmer, y entonces también piensa que son demonios. Esta posesión tiene lugar cuando se pone un anillo mágico sin sospechar lo que es realmente, mientras que en la obra de Chrétien Perceval, en su ignorancia, le sustrae un anillo a una dama en su primera aventura, y ahí es cuando empiezan los problemas… Poseído por un vampiro, Douglas es forzado a participar en una empresa que no desea, como Perceval es forzado en cierto modo a buscar el Grial por el Rey Pescador. A lo largo de la historia, Douglas vive una iniciación, un proceso de aprendizaje que no se completará hasta que él mismo se convierta en vampiro (esto es, en caballero, como Perceval). Será uno de los vampiros que encontrarán el Grial al final del libro.

De todos los vampiros de mi novela, el caballero más obvio es Robert Reborn, descrito como un vampiro que fue caballero andante y trovador en la Francia medieval. Reborn es el prototipo de caballero entregado por entero a su dama, como lo es en las novelas artúricas Lanzarote del Lago, pero también Sir Ewain, o Yvain, el Caballero del León. La dama a la que se entrega Reborn es Leonor de Minerve, la vampira que le convierte, mientras que la dama a la que se entrega Ewain es Laudine, la Dama de la Fuente, un hada apenas disimulada. Tanto Reborn como Ewain dependen completamente de su dama, criatura sobrenatural que ejerce un poder absoluto sobre su caballero. Cuando la pierden, vagan sin rumbo y enloquecen. Al principio de mi novela, muestro a Reborn como un vampiro algo tocado desde que murió su amada Leonor. Esta locura latente se acentúa cuando pierde a todas las demás vampiras de su clan en una terrible batalla. Como Ewain, Reborn enloquece temporalmente. En su caso, se ve poseído por una locura asesina, masacrando de forma terrible a sus enemigos (Ewain, en la novela de Chrétien de Troyes, también destroza a un ejército muy superior en número). Pero, también como Ewain, al final Reborn vuelve a encontrar el amor, en la figura de la vampira india Luna Roja (muchos estudiosos han querido ver en Laudine, la Dama de la Fuente, un aspecto de la Diana lunar). Y por eso, cuando está con Luna Roja, a Reborn le viene a la mente este verso: “Je meurs de soif emprès de la fontaine” (Muero de sed junto a la fuente). Pero su Dama de la Fuente le dice que no tiene por qué morirse de sed y le besa… Además, el nombre original de Reborn, Robert de Born, se parece al de Robert de Borron, el primer autor medieval que identificó el Grial con la copa de la Última Cena (antes de él nunca se hizo…).

En las novelas artúricas, el modelo de caballero ideal, siempre dispuesto a socorrer a damiselas en apuros y demás, es Gawain. Gawain, sobrino y heredero de Arturo, es el caballero por excelencia, o lo era en las primeras historias artúricas, antes de que llegaran otros caballeros a la corte de Camelot y le desbancaran (especialmente Lanzarote). En mi novela, Carmichael es el modelo clásico de vampiro: un ser sin escrúpulos que disfruta con la caza, al que le encanta morder cuellos en callejones oscuros (de la misma forma que Gawain siempre está dispuesto a desflorar vírgenes en la floresta). Como Gawain, Carmichael es un personaje frívolo, fanfarrón y mundano. Y como él, se ve relegado a un segundo plano por vampiros más poderosos, por lo que ambos tienen cierta tendencia a salir escaldados de sus aventuras, aunque siguen siendo temibles guerreros. Gawain, además, es un héroe de carácter solar: su fuerza aumenta a medida que el sol sube en el horizonte y declina por la tarde. Con los vampiros suele ocurrir al revés, pero Carmichael se revela en la novela como la excepción a la regla, ya que es el único de todos los vampiros que puede sobrevivir a la luz del sol…

galahad

Galahad fue un caballero introducido tardíamente en el ciclo artúrico por los monjes cistercienses, que querían darle un mensaje más cristiano a unas historias claramente paganas. Es el modelo de caballero perfecto, representante de la caballería celestial, alejado de los placeres mundanos, y por tanto la antítesis de Gawain. Se le llama el Buen Caballero y siempre está dispuesto a socorrer a los desvalidos (pero sin desflorar a las vírgenes, como Gawain). De la misma forma, en mi novela Gallagher podría ser llamado el Buen Vampiro, pues, en contra de lo que suelen hacer los vampiros, salva al humano Ismailov del ataque asesino de Carmichael. Gallagher es un vampiro atípico, un ser pacífico con inquietudes espirituales. En las novelas artúricas tardías, Galahad es el único caballero que logra acceder a los misterios últimos del Grial, desbancando a Perceval. Extasiado por su visión, su alma abandona su cuerpo y una multitud de ángeles le transporta al Cielo. En la primera versión de mi novela, Gallagher le revela a Ismailov estos misterios del Grial, es decir, los secretos más ocultos de la raza vampira, y le muestra al humano sus alas de ángel caído, lo que causa un desvanecimiento de Ismailov. Pero en la versión final de la novela suprimí este pasaje por considerarlo forzado, pues me pareció que no encajaba bien con el resto de la historia y que no llevaba a ninguna parte (y además, tampoco es sensato revelarle los misterios griálicos a los humanos no iniciados, como Ismailov, un cazavampiros corroído por el odio que no está preparado). Así que el papel de Gallagher en la historia se redujo considerablemente. Aún así, es uno de los vampiros que encuentran el Grial al final del libro. Otra explicación para el rol secundario que desempeña es que el personaje de Galahad siempre me pareció demasiado plano y perfecto, demasiado santurrón para protagonizar una historia decente, a diferencia de Perceval. Así que le he hecho lo mismo que le hicieron los monjes cistercienses a Perceval: relegarle a un segundo plano.

Alice McRaven, la vampira que atrae poderosamente a Zimmer, es mi versión de Morgana, la hechicera que seduce a los caballeros desprevenidos y puede transformarse en cuervo (“Raven” es “Cuervo” en inglés). Las dos son mujeres ambiguas de sexualidad desbordante que utilizan sus encantos femeninos para conseguir sus propósitos. Además, Alice es escocesa, y en algunas historias artúricas Morgana es reina de Moray, una región de Escocia. Como Morgana, Alice embruja al héroe protagonista y le hace desviarse temporalmente de su meta inicial (aunque en el fondo puede que sea para su bien, demostrando así ser más sabia que el héroe…), pero también le ayuda. La irrupción de Alice en el burdel de Petrescu, en compañía de otras dos temibles vampiras escocesas, las hermanas McKee, puede considerarse como una manifestación terrible de las Tres Morrigans (Morrigan es la versión irlandesa de Morgana y tiene tres aspectos, pues en realidad es la Triple Diosa celta). Además, McKee es una variante de McKay, un clan escocés también conocido como clan Morgan, procedente de Moray. De la misma forma que Morgana castiga a los caballeros infieles a sus damas en el Valle de los Falsos Enamorados, Alice se ensaña con el dueño del burdel, Petrescu, al que humilla, postrándolo ante la Diosa por rebajar a las mujeres en su local. Pero hay otras Morganas en mi novela, pues a la traviesa Diosa siempre le gusta desdoblarse: Priscila (que representaría el lado más maternal de la diosa, y también el más sexual) y María la Roja (su cara más destructiva). María la Roja está prisionera en una isla, como Zimmer, de la misma forma que en las novelas artúricas abundan los caballeros y damas prisioneros en castillos que tienen que ser rescatados por otros.

El Merlín de mi novela es Schmidt, el científico loco, inventor de una máquina del tiempo y una sustancia que cura el vampirismo, entre otras cosas. Como Merlín, Schmidt es una figura ambigua: su “magia”, ni blanca ni negra, está por encima de dualismos; ambos bandos se sirven de sus inventos. Ante todo, le encanta ponerlo todo patas arriba. En muchos aspectos, es el desencadenante de la acción, como Merlín, sin cuya magia no habría sido posible la concepción de Arturo. Pero hay otro candidato a Merlín en mi historia, tal vez menos obvio: Dietrich, el vampiro que hace imprimir el Codex Vampirorum, el libro que contiene todos los secretos de la raza vampira. De la misma forma que Odín estuvo colgado varios días del árbol cósmico Yggdrasil y sobrevivió a esta terrible experiencia, obteniendo un gran conocimiento (se trata de la autoiniciación o falsa muerte del chamán), Dietrich fue empalado por Vlad Tepes pero también consiguió sobrevivir, gracias a la ayuda de Lilith, que tras curar sus heridas le encomendó la misión de imprimir el Codex Vampirorum (equivalente vampírico de las runas de Odín). Esto hizo a Dietrich un brujo poderoso que tiene conocimiento de todo lo que ocurre en el mundo de los vampiros (no lo digo explícitamente en la narración, pero lo insinúo). Ahora bien, Merlín es la versión artúrica de un brujo galés más arcaico, Gwydion, que a su vez es la versión celta del dios nórdico Odín… Casandra, la bibliotecaria gnóstica que se empareja con Dietrich, es el equivalente de Viviana, la Dama del Lago que seduce a Merlín para obtener sus conocimientos. Sólo que en mi historia Casandra ayuda a su amor a escapar de la muerte, a diferencia de Viviana, que destruye a Merlín.

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El principal villano de mi novela, aunque no el único, es Aguirre, el vampiro que quiere subyugar a su propia raza. Es un trasunto de Mordred, el caballero que traiciona a la hermandad de la Tabla Redonda y causa su destrucción. Como Mordred, Aguirre es fruto de un incesto. Mordred es hijo de Arturo y su hermana, mientras que Aguirre es hijo del conquistador Lope de Aguirre y su hija. Y es esta condición de hijo incestuoso lo que determina en gran medida su naturaleza perversa, como en el caso de Mordred. Pero a diferencia de Mordred, Aguirre no consigue destruir a sus congéneres. La batalla final entre los partidarios de Zimmer y los partidarios de Aguirre es como la batalla entre entre Arturo y Mordred en la llanura de Salisbury, un lugar lleno de poder. Mi batalla tiene lugar en la isla de Santo Toribio, donde a falta de Stonehenge, se encuentra la Fuente de la Juventud y algo más… Conviene recordar que la Mesa Redonda no era la hermandad idealizada que nos han pintado las películas de Hollywood: en las novelas artúricas hay un odio enconado entre el linaje de Gawain (hermanastro de Mordred) y los linajes de Lanzarote y Perceval, lo que lleva a la ruina del mundo artúrico. Igualmente, en mi novela hay luchas intestinas entre los clanes vampiros.

En mi libro, el pirata Van Sant ayuda a Zimmer a alcanzar la isla del Grial, llevándolo en su barco. La isla de Santo Toribio tiene mucho de isla del Otro Mundo de la mitología celta, en la que el tiempo transcurre de forma distinta. Es una isla maravillosa, fuera de los mapas, como Avalon. Van Sant, el pirata cuyo barco naufragó pero misteriosamente sigue navegando, es como uno de esos dioses celtas del Otro Mundo que conducen al viajero a su destino. Incluso le falta un brazo, que Zimmer le arranca, y se pone en su lugar otro metálico, como Nuada Mano de Plata, uno de los Tuatha dé Danann de la mitología irlandesa. En las novelas artúricas, Sir Bedevere, el caballero manco, es quien desempeña este papel, cuidando del rey Arturo en sus últimos momentos mientras esperan el barco que llevará al rey a la isla de Avalon…

Lilith, la madre de todos los vampiros, es la versión vampírica de Ginebra, la reina a la que todos los caballeros adoran. Lilith tiene muchos amantes entre los suyos: Zimmer, Carmichael, etc. De la misma forma, parece ser que Ginebra también tuvo muchos amantes entre los caballeros de la Tabla Redonda antes de encapricharse de Lanzarote (un personaje que llegó tardíamente al ciclo artúrico). Entre esos amantes estuvieron Gawain o Kay, el senescal del rey… así como Mordred. Son en gran parte los celos de Mordred los que provocan la ruina del mundo artúrico.

¿Y el rey Arturo? En las novelas artúricas, Arturo suele estar relegado a un segundo plano, prácticamente ausente de las historias, pues cede el protagonismo a sus esforzados caballeros. En mi novela, Arturo podría ser Azazel, el padre de los vampiros, primer amante de Lilith, que en ningún momento aparece en la narración… Por otra parte, si el rey Arturo y el Rey Pescador son en realidad el mismo personaje (como muestra magistralmente la película Excalibur, por ejemplo), entonces Zimmer sería el único y legítimo rey de los vampiros: Dugdammê, Rey del Mundo.

Por cierto, no soy el primero en inspirarse en las novelas artúricas para inventarse historias de vampiros… Una de las primeras y más famosas de todas las fábulas vampíricas, la de Erzsébet Báthory, la Condesa Sangrienta (una historia que no tiene nada de verídica, pues su juicio fue una farsa de principio a fin), le debe mucho a “La muerte de Arturo” de Sir Thomas Malory, obra publicada unos ciento treinta años antes. Si no me creéis, sólo tenéis que acudir a las fuentes: capítulos 10, 11 y 12 del Libro XVII de “La muerte de Arturo”. En estos capítulos, ambientados durante la búsqueda del Grial, Malory nos cuenta cómo Galahad, Bors, Perceval y Dindraín (la hermana de éste) llegan a un siniestro castillo en el que impera una macabra costumbre… Cuando uno de los hombres del castillo exige a la hermana de Perceval que dé su sangre para llenar una fuente con ella, los caballeros de Arturo entablan feroz combate con los habitantes del lugar, hasta que uno de ellos les explica que la dama del castillo está muy enferma, y que sólo puede sanar bañándose en la sangre de una doncella… Al oír esta explicación, Dindraín, muy cristiana y mártir ella, accede a que tomen sangre de ella, pero no puede parar la hemorragia y se desangra, dando su vida por la dama. Los caballeros salen del castillo para darle entierro en una embarcación mágica: la nave de Salomón, que navega sola, alejándose de la orilla y perdiéndose en el horizonte. Entonces una fuerte tempestad derriba el castillo. Al regresar a las ruinas, los caballeros descubren un cementerio con sesenta tumbas, y en ellas yacen los cuerpos de todas las doncellas desangradas en provecho de la dama enferma… Sacad vuestras propias conclusiones. Los caballeros, por su parte, comprenden (un poco tarde) que el castillo era un antro de maldad. Por eso ha sido destruido por la ira de Dios, como si eso fuera “La caída de la Casa Usher”. Según el estudioso John Mathews, la hermana de Perceval representa los misterios femeninos del Grial, por ser la única mujer que participa en su búsqueda (el equivalente en mi novela sería Rosamunda, la Guardiana del Grial, que da de beber a Zimmer del cáliz, curándole…). También es llamativo que, en los capítulos siguientes del libro de Malory, Lanzarote se topa con la nave de Salomón, y se queda medio año a bordo, en compañía de la muerta (que por lo visto no se pudre ni nada…), viajando a islas apartadas del mundo y viviendo aventuras peligrosas con “bestias salvajes”… aventuras que Malory se guarda de describir y que seguramente darían para otro libro (él lo despacha en cuatro líneas, seguramente porque el tema le inquieta y no sabe muy bien qué hacer con material tan extraño, que no es de su invención, sino muy antiguo; pero medio año da para mucho). Finalmente, Lanzarote llega en esta nave fúnebre al Castillo del Grial, y tras caer fulminado cuando intenta acceder a la cámara del Grial, del que sólo tiene una visión breve, yace veinticuatro días como muerto, y muchos le toman realmente por un cadáver, hasta que despierta…

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