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La esencia del arte como espacio ocupable

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La antimateria o aquello que no puede apreciarse, se convierte en ente visible y palpable cuando el hueco que ocupaba en el espacio se sustituye por materia, objeto animado/inanimado, relleno físico o vacío habitado. El espacio libre se convierte en espacio ocupado en cuanto se tiene consciencia de ello. Es probable que, al no poder apreciar los millones de partículas que ocupan un espacio que el ojo humano considera vacante, consideremos infinidad de lugares libres que cualquier pieza podría habitar en dicho entorno. De ahí que pensemos que la música puede ocupar un espacio en el que las bacterias y los entes microscópicos fluctúan ante la invisibilidad a la que la percepción humana nos sitúa. El Black Metal, por ejemplo, irradia ondas imperceptibles para el ojo humano que a la vez se convierten en sensaciones que recibe el oído. A través de la mente el hombre puede viajar mediante el vacío que se llena de ruido, música y bucles invisibles que viajan en el espacio y así, se configura un sentimiento –en la mayoría de los casos de rechazo– por la supuesta e incompleta educación musical recibida durante el continuo aprendizaje. El fragmento de vida, corto o largo según la predisposición del cuerpo que lo protagonice, se encargará de recibir los estímulos que las limitaciones culturales impuestas –voluntaria o involuntariamente– permitan.

El sonido también puede apreciarse como ente establecido que no para de fluctuar, de transformar su tamaño o incluso de ocupar un vacío. De ahí que a algunos nos dé por pensar en la música como fantasma que solo puede ser oído; cacofonía orquestal para mentes en proceso de continua transformación/revolución.

La prolongada exposición de un sonido que se convierte en una variante de estertor, como en el caso de bandas como Darkthrone, promueve la exaltación de sentimientos adormecidos por el constante bombardeo de elementos -que se convierten en emociones y estos en sentimientos- de los estímulos a los que los poderes fácticos acostumbran a sembrar en la población. Sería un error por parte de las altas esferas promulgar exaltaciones del espíritu como las que exhala la música extrema, ya que no les interesa la revolución del espíritu ni la propagación de un sentimiento contrario al adormecimiento.

Es probable que ocurra lo mismo con el aura con contenga una obra literaria, la intención con la que esté creada también puede ocupar un espacio que no se pueda percibir con los sentidos externos pero sí con el espíritu. Existen millones de historias que buscan la reacción de quien las percibe de un modo inusual; mediante un mensaje que, en la mayoría de los casos no está escrito sino que se escribe sin palabras a medida que la obra se extingue mediante el avance de esta por parte del receptor. Los mejores libros son aquellos que poseen esencia y para que el lector pueda vislumbrarla el artista necesita un pasado repleto del alimento de estímulos –aunque estos no estén contenidos en el ámbito literario- para poder desdoblar el espíritu artístico del humano. Algunos ven el arte como un fragmento de alguien considerado artista; una sección de la persona que se desprende de esta para convertirse en forma o idea preconcebida y condicionada por el estímulo recibido durante la formación y construcción de la personalidad artística.

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Si hablamos del espacio que ocupa una obra frente a la incertidumbre que la holgura de la mente podría contener, siempre hablaremos de la esencia como ente que aunque no pueda palparse, ocupa. De ahí que podríamos considerar que la música ocupa un espacio o la esencia de una obra literaria puede formar parte del tiempo que se emplea al pensar en ella; un libro es el mejor sistema de comunicación para mentes en continua transformación, mentes que usan los pensamientos a modo de regreso a un momento del tiempo/espacio que en su momento consideraron únicos (siempre y cuando la obra en sí se haya manifestado de manera positiva en la mente de quien la analiza).

Podemos pensar en la esencia artística como un objeto que ocupa fragmentos de vidas, un recordatorio invisible y analizable, de momentos únicos forjados en el laberinto de vida interior que posee tanto el creativo como el receptor de estímulos. Es por eso que algunos tienen un ente independiente que se forma mediante creaciones ajenas y es entonces cuando ocurre una variante de alineación de los astros pero de un modo espiritual; algo que solo sucede en el ser humano cuando varios elementos leen el mismo libro o escuchan la misma música.

El arte equilibra la balanza y en muchos casos sitúa en el mismo plano tanto a creadores como a receptores cuando es la obra quien manda y el artista se difumina con aquellos que lo requieren cuando necesitan engrosar el espíritu.

Autor del artículo; Ricard Millàs

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