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Henry. Capítulo 5

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Texto de Ricard Millàs

Casi cada noche se despierta hacia las cuatro de la madrugada. Se levanta, bebe un poco de agua y se pone a leer. Normalmente poesía; Henry necesita las palabras de algún poeta muerto para que le cierren los ojos y lo transporten al mundo de los sueños. La falta de actividad se convierte en desvelo. Cada noche. A la misma hora. Pero esta noche no tiene ganas de leer, ni tampoco de masturbarse. La masturbación también le ayuda a coger el sueño. El onanismo se nutre de imágenes mentales, fantasías en HD dentro de la cabeza que fustigan los bíceps y liberan toda la carga mental en un fluido parecido al champú barato de supermercado. Algunos lo llaman milagro, otros simplemente lo usan a modo de somnífero. El hombre utiliza el sexo a su antojo.

Henry piensa en salir a correr por las mañanas o fornicar con princesas judías cada noche para poder dormir del tirón. Lo primero es más factible pero mucho menos placentero. Los deportistas sienten como las puertas del cielo se abren cuando están a pleno rendimiento, los actores porno experimentan algo parecido cuando eyaculan junto a tres mujeres siliconadas. Caminos distintos con un resultado parecido. La ecuación de la vida parece tener su punto de lógica.

Mañana se apuntará a un gimnasio, para cansarse lo suficiente como para poder hacer surf toda la noche en las playas de Morpheo. Quizá se ponga cachas y las chicas se le tiren encima por la calle, aunque, ¿y eso que más da? Henry tiene una medio novia, alguien que está interesada por él. No puede creérselo.

Henry sonríe a oscuras mientras se baja el pantalón del pijama. Al final se ha rendido al placer del onanismo. La noche es el oscuro pasadizo que te lleva a los brazos de un dios atiborrado de somníferos.

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