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Henry. Capítulo 4

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Texto de Ricard Millàs

Se despierta la mañana entre sábanas arrugadas. Henry tiene un cuerpo desnudo a su lado. Despertarse con un precioso trasero reflejando los rayos del sol es un buen comienzo. Besa una de las nalgas. Se tiene que ir a trabajar. Es una pena desperdiciar todo ese poder. Al abrir la luz del baño y mirarse en el espejo se da cuenta de que está sonriendo. Una bonita curva dibujada en la boca se antepone entre su cara y su habitual estado de ánimo. A Henry la vida siempre le ha parecido una sucesión de hechos que se repiten. Levantarse, trabajar, llegar a casa y tratar de hacer algo que no le suponga un esfuerzo mental demasiado grande. Pensar poco. No ahondar en sus oportunidades perdidas. Obviar al fracaso mediante la supresión de recuerdos.

Sale a cuenta sustituir pensamientos negativos por algo de positividad; siempre hay algo bueno que hiciste en tu vida.

En mitad de la ducha le entra jabón en los ojos. El mundo es ahora oscuridad y un picor terrible. Su realidad en estos momentos es dolor y saltitos en la bañera. Un resbalón puede llegar a ser mortal. El jabón es un asesino despiadado que no tiene clemencia. Ni tan siquiera ante un inocente pusilánime como Henry. Cuando las aguas vuelven a calmarse dentro de la ducha y dentro de sus ojos, sale con una toalla envuelta en la cintura y regresa a la habitación. Esther sigue durmiendo. Esther es un ángel con las alas cortadas que le enseña el culo a Dios. Si el todopoderoso no se digna a contestar a sus fieles en los tiempos que corren, algunos tratan de llamarle la atención mostrándole la parte más hermosa de su cuerpo. Aunque sea inconscientemente. Un buen trasero puede ser la redención de su alma. Esther no lo sabe porque es atea, pero le está dando buenas razones al Dios de los cristianos para impartir un poco de justicia infinita hacia sus feligreses. Dios existe y fuma puros. Dios es heterosexual y un tanto remilgado, pero no puede negar la evidencia; un buen culo es un buen culo.

Henry no quiere despertarla ni tampoco desea dejar de contemplar la obra de Dios, así que se viste en silencio y sale de la casa sin hacer demasiado ruido. En la calle la gente se agolpa para llegar puntual a sus cubículos y poder cobrar dinero trabajando lo menos posible. En la calle el sol se refleja en los capos de los coches que llenan el aire de veneno en pequeñas dosis. Henry enciende un cigarrillo y puede verlo todo; caras alegres que silban alguna melodía olvidada, rostros serios que no saben tomarse la vida como una broma cruel.

El mundo sigue girando un jueves por la mañana.

Al llegar a su trabajo se pone el uniforme. Un ridículo traje barato con el emblema de la empresa grabado en la corbata. Parece lo que es, un triste empleado en una tienda de muebles de alta gama. Henry no tiene interés en su empleo y sus compañeros lo saben. Sobre todo su supervisor. Ricardo lee a Kerouac con casi cuarenta años y se pavonea delante de sus subordinados de ser un hombre sabio y un gran lector. Henry se leyó On the road cuando tenía diecisiete años y le daba  a la hierba y a los vinilos de Dixie de su padre.

Literatos de tres al cuarto que coinciden en los trabajos menos agradecidos.

Vender productos de lujo es un trabajo horrible. La gente con mucho dinero te pone en tu lugar. La gente con mucho dinero te mira como si midieras un metro y medio y no tuvieras nada importante que decir. Por lo visto comprar a golpe de talonario les hace sentir semidioses.

Henry detesta su trabajo y quiere hacer el cambio. Por eso aceptó una entrevista en una librería céntrica, para poder cambiar de escenario y estar rodeado de libros. Henry adora la literatura, de ahí su poca capacidad para entrar en acción. Su vida siempre ha sido interior. Grandes aventuras, romances de alcoba, antihéroes que terminan llevándose a la rubia al catre. Todo está escrito en los libros. Ian Flemming, Robert E. Howard y Julio Verne, Todos ellos han escrito la vida de Henry.

Le saca el polvo a una cómoda de cuatro mil euros y piensa en el culo de Esther. Que noche. Ahora le duele todo el cuerpo. Hace un día tenía una resaca bestial y la abandonó en las sabanas de una jovencita de 25 años. Esther. Su sonrisa y sus pómulos eran capaces de derretir un iceberg. Henry pensó en tener una relación. ¿Por qué no? Sería absurdo desperdiciar una oportunidad así. Henry limpia un espejo que refleja su sonrisa. Los espejos le muestran la realidad. La realidad le dice que está contento. Por su cabeza deambulan pensamientos positivos hacia la vida. Pequeñas ráfagas de optimismo que le hacen más soportable su tarea.

Ricardo le manda tareas horrorosas. Una vez tuvo que terminar de romper un espejo de luna en pedazos pequeños y meterlo en bolsas. Henry rompió su imagen reflejada y la metió en bolsas de basura negras y perfumadas. Cuando terminó se lo comunicó a su encargado el cual pareció fastidiarle que hiciese su tarea tan rápida y pulcramente, ¡y sin un solo corte! La maldad acecha en el mundo laboral. Las personas confunden la realidad y la trasladan a su entorno. Siempre tiene que haber un ganador. Ricardo quiere ser el héroe de su vida. En ocasiones piensa que lo es. Subido en una silla con un libro de Burroughs pone recta la espalda escondiendo una panza de aficionado al fútbol televisado y se regocija en su postura de héroe de almacén.

Henry hace su trabajo cabizbajo, sus compañeros lo miran por encima del hombro. Se comportan igual que sus clientes para crear un conjunto uniforme. El gregarismo ataca sin piedad en la sexta planta del centro comercial. Como un virus químico. Como en una película de zombis, sus compañeros se comportan de la misma forma y sonríen ante la adversidad de su libertad personal. Los chistes malos del jefe son una mala fiesta en la sección de muebles de alto standing.

En el trabajo solo tiene un amigo: Sergio. El joven informático tiene diez años menos que él y le encanta emborracharse. Muchos días se lleva latas de cerveza al trabajo y las esconde en el almacén. Bebe cerveza sentado en una imitación de una silla Luis XV mientras mira al techo y eructa. Sergio es un hombre de pocas palabras, pero un optimista en el fondo. Siempre mira hacia el cielo. Es el refugio de su alma. Henry y Sergio se ríen a carcajadas mientras imitan a su jefe. Ricardo se pasa muchas horas del día obsesionado con encontrar a alguien escaqueado o en encontrar fallos en todo. Nunca ayuda a nadie pero sí que le gusta corregir a los demás.

Probablemente ha tenido una infancia problemática.

Henry observa el reflejo de la mujer que se le acerca; unos cincuenta años, metro ochenta, un interminable abrigo de pieles le cubre un cuerpo en apariencia delgado y demacrado por la falta de nutrición y la dieta del ajo.

-Busco un chaise longe para mi salón.

Su boca es un gran cenicero que suelta el hedor de mil demonios. No se puede fumar como un boxeador en decadencia, y menos una mujer que pretende hacerse pasar por la realeza de la clase media alta. Henry le enseña un montón de catálogos maquetados por algún becario en prácticas en algún estudio donde tiene que esconderse para fumar. La mujer se decide por un sillón individual con chaise longe en piel de color blanco y relleno de espuma PU retornable. Su esmirriado trasero dejará un pequeño agujero en cuanto se levante para ir al baño o a por una barrita de cereales. Como si hubiera dormido un gato durante toda la tarde. Henry le hace el pedido y le toma los datos para poder enviarlo a su casa una. La monarca de serie B prefiere que se lo envíen directamente desde la fábrica. Los nuevos ricos y sus exigencias. Se comportan como estrellas del rock.

-De acuerdo -espeta Henry-. Lo tendrá en su casa lo antes posible.

Las mentiras de un vendedor son la falsa seguridad que se otorga al cliente. Cuesta encontrar vendedores honestos, igual que cuesta encontrar el amor en una pecera llena de pirañas.

 

Más tarde, Henry sale a su hora, se detiene delante de la puerta de la calle de los grandes almacenes y se enciende un cigarrillo. Aspira el humo con todas sus fuerzas. El aire sopla ligeramente, haciéndole cosquillas en el alma. Mira al cielo y sonríe y se acuerda de su noche con Esther. Se siente especial. Baja por la calle y piensa en llamarla por teléfono. Una tarde de esta semana. Sí.

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