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Henry. Capítulo 3

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Por Ricard Millàs

Henry nunca se ha molestado en entender a las mujeres, por eso está solo. Las mujeres son sensibles. Las mujeres necesitan oír halagos directamente en el oído. Algunos hombres creen que las mujeres les están poniendo a prueba constantemente. Muchas mujeres tan solo quieren que se las hable, que les digan cosas bonitas y que se las escuche. Henry es demasiado vago para querer entenderlo.

Suena el teléfono de nuevo. La llamada de la jungla urbana martilleándole las entrañas. La resaca es más fuerte que una manada de elefantes avanzando pesadamente por la selva; una resaca eterna que tardará alrededor de dos días en desaparecer.  Descuelga y una voz horrible le ofrece un trabajo. Un trabajo por el cual Henry casi ni ha luchado. Henry tiene un empleo en unos grandes almacenes en calidad de vendedor. Vendedor de muebles de alta gama. Sofás, camas de roble y cosas así. Las necesidades de los ricos se venden por un ojo de la cara.

Le citan para una entrevista en una librería del centro. A Henry le gusta cambiar de empleo cada cierto tiempo. Nunca ha querido ascender en ninguna multinacional. Ni subir ni bajar, simplemente quedarse estancado hasta hartarse. Ni ascender ni trascender, solamente poder largarse cuando le de la real gana. A las seis de la tarde tiene que estar en las oficinas de la librería.

-Allí estaré –dice antes de colgar el teléfono.

 

A las seis menos cinco ya está preparado en la puerta. La calle está infestada de gente. Prende la punta de un cigarrillo y aspira con fruición. Le da unas pocas caladas para apaciguar los nervios y lo arroja a la multitud; decenas de caras avanzando hacia sus destinos deseosas de sentir y de ser queridas. La vida les ofrece un montón de regalos y ellos se lanzan de cabeza a por todas. Sube hasta el segundo piso. Las oficinas no le dan muy buena espina, así como la mujer que sale a recibirlo. Mientras la sigue por un laberinto de pasillos el interés por ingresar en las filas de una multinacional librera comienza a descender. Caras anodinas detrás de escritorios llenos de polvo, empleados ahogados por montañas de libros, estresados, cambiando sudor por un mísero sueldo. Se desabrocha dos botones de la camisa y se la saca por fuera, mostrando las arrugas que se forman alrededor de la cadera. Se despeina. Su imagen ha variado ligeramente. El aspecto de chico despreocupado se refleja en su exterior. Lástima que tenga la cara rasurada.

Entran en un despacho con olor a cerrado. Henry se sienta antes de que le indiquen que lo haga. No necesita ese trabajo. Lo más normal sería disculparse por el tiempo que han invertido en su candidatura y largarse, pero Henry prefiere hacer un poco de  comedia. Solo quiere divertirse un poco.

Menudo hijo de puta. Jugando con el empleo.

Sentado con las piernas cruzadas, actitud prepotente, enseñando los pelillos del pecho por la apertura de la camisa abierta, escucha con atención la propuesta que sale por el orificio circundado por carne rosa en forma de boca de su entrevistadora. Siete horas a la semana, quince minutos para merendar, cientos y cientos de libros para sacar de las cajas y clasificar, tragar un montón de polvo, aguantar a un encargado y a un listillo con contrato fijo que se ha leído todos los libros de Marcel Proust, fumar en un patio lleno de mierda de paloma, sin pagas extras durante el primer año, aguantar clientes prepotentes que se consideran superiores por tener un cierto interés en Bocaccio. Un montón de incómodas circunstancias que se acumulan en su cabeza por el irrisorio sueldo de 700 euros mensuales.

Henry insufla inconscientemente un intenso olor a naftalina proveniente de la masa informe de pelo gris y ojos de lechuza que se materializa ante él en forma de responsable de recursos humanos.

-Perdone, ¿me podría repetir otra vez todo lo que me ha contado?

La mujer detrás de la mesa parece sulfurarse, en sus ojos puede verse al desprecio haciendo manitas con un profundo sentimiento de odio circunstancial.

-Disculpa, ¿me estás tomando el pelo?

-No señora, simplemente padezco algo de sordera.

Henry se siente poderoso, la resaca le ayuda a interpretar su papel. El exceso de alcohol le ha dejado en un estado que oscila entre el malestar general y una actitud de pasotismo total. Nada como entrar en una entrevista escudado por un trabajo real y los ojos inyectados en sangre.

Menudo cabrón estás hecho, Henry. Otra vez jugando con el empleo.

Se levanta ante la mirada estupefacta de la entrevistadora y sale de la habitación, la mujer lo sigue.

-Haces bien en largarte, chaval.

A veces simplemente una actitud puede llevarte al desprecio de otros. Las posturas distintas o fuera de lo corriente te mantienen fuera del juego. De su juego. La realidad necesita atención constante y nunca ofrece segundas oportunidades. Henry se ha saltado las reglas.

Ahora camina por la calle enarbolando un cigarrillo y dándose cuenta de todo. La realidad. Una vez más la ha toreado; aunque haya salido mal parado.

El mundo es una feria y Henry tiene un vale para poder subirse a todas las atracciones. Si alguna no es de su agrado, no vuelve a repetir. Prefiere tener cien pájaros volando que uno en la mano. La inseguridad le aporta cierta calidez. La negación de la realidad es como unas medias tiradas a los pies de la cama, un deseo cumplido, un beso fortuito entre sabanas limpias y arrugadas.

Dos calles más abajo le parece ver a Esther saliendo de una librería. Henry se detiene, quiere evitarla pero el radio de vista que poseen las mujeres es mucho más amplio que el de los hombres. En la edad de piedra los hombres salían a cazar mientras que las mujeres se quedaban a recolectar cerca de las cuevas. Estas necesitaban todo el radio de vista posible para poder darse cuenta del ataque de las posibles bestias que se quisieran comer a sus hijos, o incluso a ellas. El hombre solo necesita tener buena vista al frente para poder divisar su objetivo. El macho caza, la hembra trata de no ser cazada.

La vida sigue a pesar del estancamiento biológico del ser humano.

Esther se acerca y se sitúa delante del cigarrillo de Henry.

-¿Te has vuelto a dormir?

-Vengo de una entrevista -dice Henry con el rubor difuminándose lentamente por su rostro.

-¿Una entrevista?, ¿De testeador de colchones?

-Tengo un poco de prisa, Esther.

-¿Por qué te fuiste tan rápido el otro día? Quise echarte a patadas cuando te quedaste dormido, pero luego pensé que por la mañana podríamos terminar lo que empezamos.

Henry se siente imbécil. Se da cuenta de que no puede pasar de todo aunque intente nadar a contracorriente. Esther caza y Henry trata de no ser cazado. La especie humana evoluciona según las circunstancias.

-Martina me dijo que estabas muy cabreada conmigo.

-Por supuesto que lo estaba, por quedarte dormido mientras follábamos y por desaparecer la mañana siguiente.

Por parte de Henry la duda es fuerte. A decir verdad no sabe qué hacer ni que decir. Pero algo dentro de él lo obliga a articular unas pocas palabras que nunca sospecharía que se las diría a una mujer.

-Dicen que eres muy orgullosa, que nunca ofreces segundas oportunidades.

Esther le quita el cigarrillo de la boca y le estampa un beso del tamaño de un templo budista. Separa la ventosa de sus labios de la ralla a modo de cavidad oral de Henry y le acaricia cariñosamente las sienes.

-A veces puedo llegar a romper mis propias reglas.

La voz de la joven se evapora en la calle, junto a la música de jazz de los tubos de escape de los automóviles. La escena se torna un travelling circular en torno a ellos.

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