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Henry. Capítulo 2

Tai Chi Girl

Por Ricard Millàs

Henry sale de casa. Ha quedado con una amiga. El teléfono no ha dejado de sonar en toda la tarde y al final lo ha cogido impulsado por un ataque de nervios. Podríamos decir que el chico ha tenido suerte cuando ha oído la voz de su amiga Martina al otro lado del auricular. Henry tiene un teléfono alambrico de plástico negro que reluce encima de una mesa llena de papeles y paquetes de tabaco arrugados y vacíos. Su mesa es una enorme colección de cartones de color blanco y rojo que no desean ser encontrados. Lo mismo le ocurre a su propietario; no quiere ser encontrado. Henry saca a pasear orgulloso cada día su paquete de tabaco, le quita el plástico y lo tira al suelo, le gusta crear empleo. Se enciende un cigarrillo y mira a la gente como pasea sus mascotas por el enlosado dejándolo lleno de pequeñas muestras de color marrón. Dicen que las mascotas terminan siendo como sus dueños. El hombre civilizado cree estar por encima de los animales, pero como es permisivo les otorga el honor de defecar en su propio espacio comunitario. Luego sale a la calle y pisa un hermoso regalo que le recuerda lo estúpido que ha sido dejando que su mascota utilice el suelo a modo de retrete canino. En fin, el hombre civilizado se busca sus propios males. Los perros no tienen ninguna culpa.

Henry camina con un cigarrillo en la mano y mira a la gente como corre desesperada por ser feliz. Sus empleos les permiten seguir en la rueda, una rueda que cada vez corre más rápido y se muestra horrorosamente despiadada. Henry también trabaja pero se lo toma con más calma, por eso casi nunca asciende en el terreno laboral. Podríamos decir que vive en su propia rueda. No tiene prisa por girar igual que los demás. Aun así avanza por la calle pensando y esgrimiendo un cigarrillo en su mano izquierda.

“Avanzar, caminar, recorrer una distancia aunque nada importe. El mismo hecho de querer llegar a tu meta te borra la etiqueta de indiferencia que te has trabajado durante tanto tiempo.”

Cuando llega a su destino Martina le espera con una pierna apoyada en la pared en actitud chulesca. Martina es guapa y lo sabe y no puede evitar mirar directamente a los ojos de los hombres para comprobar las reacciones que causa su mirada de color  azul y sus labios de carmín. Intimidación. Una hermosa coacción visual que no deja indiferente ni al más pusilánime. Martina y Henry se conocieron en un chat. Fue ella la que inició la conversación, se vieron algunas veces y de vez en cuando se daban besos a la luz de las farolas hasta que los dos se cansaron de aquel intercambio salivar que no llegaba a ninguna parte. Henry nunca mostró la iniciativa de meterse en la cama con ella, así que Martina lo vio cada vez más como a un amigo. Un amigo un tanto peculiar, pero encantador a su manera. Martina nunca llegó a enfadarse ya que no se consideró rechazada, más bien le agradeció que no quisiera acostarse con ella; tendencia común en todos los hombres que conocía. Además, le gustaba tener amistades masculinas; consideraba a los hombres más simples, más manejables y exentos de celos de tocador.

Se dan un par de besos a modo de saludo e intercambian algunas palabras, charla coloquial sin pretensiones de ningún tipo, tal y como le gusta a Henry; nada de ahondar en ningún tema. La superficialidad le otorga tranquilidad. Los dedos que quieren hurgar en zona prohibida no son bienvenidos en su pequeño mundo. Empiezan a caminar por el interminable laberinto de callejuelas que dibujan el entramado de la ciudad. A Henry le gusta caminar por la calle, la ciudad siempre ha sido material inspirador. La interminable sucesión de caras que conforman toda la masa que lucha por tener un lugar en el mundo, tan solo son espectros que forman parte de una comunidad necesitada de una enorme colección de estímulos externos que sustituyen a sus propios vacíos existenciales. Los mercados crean productos para suplir necesidades espirituales. Los estadios de futbol se llenan de una masa que duerme mejor cuando su equipo marca goles. La ansiedad puede llegar a curarse en los actos multitudinarios o en la adquisición de un bien material. El único inconveniente es que la medicina dura poco tiempo.

Entran en una coctelería, una interminable barra de cocteles les espera para saciar su sed de alcohol y palabras sin fundamento. La ansiedad que generan los tragos de alta graduación se suple con una buena charla superficial. Risas fáciles y palabras llanas. Normalmente, a partir del segundo combinado se produce un regocijo en el interior del pecho que se confunde con la amistad eterna y los sentimientos de juerga nocturna. Henry y Martina se sientan en el ángulo de 90 grados que forma la barra al tomar una curva cerrada y charlan sobre banalidades mientras profieren grandes sorbos a sus gintonics. Ella se siente terriblemente preocupada por su imagen y no para de mirarse al espejo que tiene a sus doce en punto. Henry comprende que su conversación carece de importancia por lo que no se molesta por la indiferencia de su compañera. Los dos son conscientes de la superficialidad de su relación y se acomodan tranquilamente en ella.

Suena el móvil de Martina, más mujeres. Una interminable horda de veinteañeras entra enarbolando una enorme sonrisa que dice ansiedad suplida con sexo y Martinis blancos. Las amigas de Martina son guapas. Cinco chicas de muy buen ver se arremolinan junto a la pareja que en su segunda ronda ven como el índice de diversión aumenta a pasos agigantados. Henry está muy bien acompañado; rojo como un tomate comprueba que no todo le da igual. Las amigas de Martina profieren risitas cómplices cuando se dan cuenta de la turbación del joven. Algunas de ellas piensan en jugar un poco con el chico tímido para disfrutar viéndolo sufrir. Martina se percata de sus intenciones porque las conoce desde hace mucho tiempo y con una mirada le basta para calmar a la pequeña manada de leoncitas hambrientas de emociones ajenas.

Pero no todas son así. Esther, la más joven, conoce a Henry de haberlo visto un par o tres de veces con a Martina, aunque nunca han tenido una conversación. Los combinados de ginebra hacen su efecto y al poco rato entablan conversación. La fluidez de las palabras por parte de Henry se equipara al poco ímpetu que le pone al asunto; en realidad está asustado Pero eso a Esther le da igual. Esta noche quiere acostarse con alguien y el pequeño hombre de tez roja por el alcohol que tiene enfrente, junto a la poca costumbre de hablar con bellezones que se adivina en su forma de actuar, le atraen enormemente. Esther es un cuerpo que arde en deseo desde finales de los doce años. Perdió la virginidad cuando cumplió los trece; sus pechos eran dos dunas y su poco poblado felpudo anidaba los primeros escarceos de la pubertad.

Henry escusa a su interlocutora y se levanta al terminar su segundo gintonic. Se dirige al lavabo para hacer un poco de espacio para el tercer combinado. Cuando cierra la puerta, mientras la orquesta de cañerías llena el ambiente de luz y color y antes de que se baje la bragueta, Esther aparece de la nada, lo agarra por el paquete, arrinconándolo y buscando el beso fortuito en su boca hasta dejarse todo el pintalabios corrido.

-Esta noche tú te vienes conmigo.

Henry asiente con la cabeza. La voluntad se ha escurrido por el sumidero del baño. Siente como los besos de Esther tratan de absorberle el alma. Casi le arranca los labios. Se imagina un remolino en sus bocas que se traga a todas las bacterias de sus bocas, arrastrándolas por el esófago y haciéndolas desaparecer para siempre en la monstruosidad de dos estómagos llenos de ginebra y tónica de marca. Separan sus labios y se miran, haciendo brillar las luces de sus ojos; el momento se fotografía en sus retentivas visuales.

Vuelven a la barra. Dos de las amigas de Martina están hablando con un par de tipos con camisas negras abiertas hasta la boca del estomago y cortes de pelo de diez euros. Parece que corten leña cuando hablan. Su lenguaje es tosco y sus maneras rudas. Probablemente sean unas hachas en el arte del beso rápido no correspondido. Los besos perdidos acostumbran a encontrar dueño durante el transcurso de la noche.

Henry y Esther se despiden de las chicas, enfundándose en sus abrigos con la premura de su propio deseo; se adivinan las ganas de estar a solas. Martina levanta su copa ante la última mirada de su amiga. Salen a la calle. En una esquina proclive a que ocurran cosas Esther arrincona otra vez a su adversario y agarrándolo por la entrepierna, por miedo a que se escape, vuelve a crear un torbellino dentro de sus bocas. El amor desenfunda la espada y se mete dentro de los calzoncillos, provocando una erección en toda regla. Esta vez Henry no puede ignorar lo que le está ocurriendo, ni tampoco los besos que en su punto más álgido, se asemejan a una violación del alma. Paran un taxi y se meten dentro sin titubear. El viaje es como una orgia de pasión descontrolada que hierve dentro de una caldera infernal. Ya falta menos. El vehículo se detiene frente a una portería de barrotes negros.

Entran dentro de ella lamiendo con caricias algunas zonas de sus abrigos.

Henry nunca compra preservativos, no es proclive a los halagos y casi nunca siente remordimientos. Al día siguiente camina tranquilamente por las calles de su ciudad, resacoso y sin ningún tipo de arrepentimiento por lo que ocurrió la pasada noche.  Enciende un cigarrillo y mira hacia al sol. Por lo visto al entrar en el piso de su ligue ocasional, ha visto una enorme bolsa llena de marihuana. Antes de nada ha querido liarse un cigarrillo para, según él, ponerse a tono con el THC. Mientras el inicio del concierto de jadeos ha empezado a celebrarse encima de las sábanas, no ha podido aguantar más y se ha quedado dormido al poco rato de comenzar a espolear a los caballos del sexo. Quizás se ha estado aburriendo.

-¿Te has dormido? Oh Dios, ¡ERES UN GILIPOLLAS!

Esther no está acostumbrada a los desprecios ni a que nadie se quede indiferente a sus encantos naturales. Es la primera vez que le ocurre; un tío se queda dormido en su cama cuando ella ha sido la que ha hecho la mayor parte del trabajo. Lo ha besado primero, le ha invitado a su casa, le ha ofrecido su hierba… tanto esfuerzo para nada. Esther ha sentido el irrefrenable deseo de echarlo a patadas, pero Henry duerme demasiado profundamente y adopta una expresión angelical con las sábanas tapando su piel blanquecina.

-Valiente gilipollas… -murmura mientras se tumba a su lado y se duerme al cabo de poco tiempo.

A la mañana siguiente Henry se ha despertado hacia las nueve de la mañana, ha caminado a tientas hacia la ducha y se ha largado cerrando la puerta con sumo cuidado para no despertar a nadie.

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