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Fragmento de “El Grial de los Vampiros”

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Texto de Milos de Azaola

Robert Reborn estaba sentado en un oscuro rincón de La Femme, un bar del Greenwich Village frecuentado por una variopinta fauna literaria desde los tiempos de los beatniks, intentando escribir un poema elegíaco entre trago y trago.

Oficialmente estaba tomando un bloody mary auténtico, pero después de que se lo sirvieran había sacado disimuladamente una petaca del bolsillo y le había añadido un buen chorro de sangre al cóctel. Así estaba mucho mejor.

El texto que intentaba escribir era un poema sobre la muerte de la mujer amada, como casi todos los poemas que había escrito durante los últimos novecientos años, bajo pseudónimos tales como Ferdinand de Poisson, Brut de Caerlion, Alba del Sacrobosco -sin duda el más pomposo- o Richard Reilly, que era el que empleaba actualmente. Si había empleado esos pseudónimos y unos cuantos más se debía sólo a que resultaba un tanto sospechoso que un poeta publicara obras durante varios siglos seguidos con el mismo nombre. Pero, aunque los nombres que había en las cubiertas de sus libros cambiaran, el contenido era siempre una variante del mismo tema. Había transcurrido casi un milenio desde que su amada ardiera en la hoguera, pero el bueno de Reborn todavía no había podido superarlo -de conocer su caso, el doctor Ismailov habría sostenido que este amor enfermizo se debía a su naturaleza obsesiva típica de un vampiro, sin duda-. Eso sí, su poesía había madurado mucho desde sus balbuceantes inicios. En su opinión, era una de las pocas cosas buenas de ser casi inmortal.

Ni siquiera Reborn era su nombre original, aunque era por el que prefería que le llamaran los demás vampiros. Reborn era un revenant procedente de la Provenza francesa, donde había sido un trovador en el siglo XII con el nombre de Robert de Born. Él siempre había afirmado ser pariente del también trovador Bertran de Born, uno de los más famosos dentro de su oficio -tanto que el envidioso Dante le condenó a su Infierno- dato que nunca había podido ser corroborado por los demás vampiros. Convertido en uno de ellos por la idolatrada dama a la que dedicaba sus composiciones, la bella Leonor de Minerve, el suyo había sido un caso realmente perverso de amor cortés. El día que su amada, una mujer casada, por fin accedió a acostarse con él, la que hasta entonces había parecido simplemente una dama enigmática de turbia belleza, se reveló como una terrible vampiresa con un apetito insaciable. Le chupó tanta sangre al pobre Robert que, cuando las autoridades se lo encontraron más tarde, tirado en el campo, le dieron por muerto y le enterraron sin demora… pero Leonor acudió al cementerio aquella misma noche, sacándole de la tumba y ofreciéndole un amor eterno. Fue entonces cuando Robert transformó su apellido original en Reborn –renacido-, considerando el vampirismo como un regalo de su amada. Se fugaron juntos, dejando tirado al marido -un vampiro de familia noble que además de estéril era impotente- pero su bonita historia de amor duró muy poco, pues ella fue capturada y quemada por hereje en las guerras religiosas que hubo en la Provenza por aquella época.

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Desde entonces, Reborn le dedicaba a su amada muerta sentidos poemas que nada tenían que envidiar a los Himnos a la noche de Novalis o a La amada inmóvil de Amado Nervo. Y de vez en cuando fantaseaba con la idea de suicidarse para reunirse con su querida Leonor en el Más Allá -a diferencia de muchos vampiros, Reborn era bastante espiritual, básicamente por influencia de su amada hereje-. Durante muchos siglos, había intentado olvidarse de ella seduciendo a jovencitas inocentes a diestro y siniestro, pero chuparles la sangre o acostarse con ellas no había servido de gran cosa, y sentía que el agujero que había en su pecho se volvía cada vez más grande con el paso de los siglos.

Pero recientemente había descubierto una nueva sustancia que llenaba muy bien aquel agujero: el bloom. Desde que tomaba bloom para anestesiar su corazón, se sentía un vampiro nuevo, un ser regenerado que había renacido de sus cenizas como no hacía desde aquella remota noche en que Leonor le sacó de la tumba. Se notaba más inspirado que nunca, y en sólo tres meses había sacado dos poemarios firmados como Richard Reilly, alcanzando cierto prestigio entre los círculos literarios más underground de Nueva York.

Esa noche, iluminado por el bloom que se había metido antes de entrar en La Femme, Reborn había escrito ya unos cuantos versos memorables en su libreta.

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