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Escritores asesinos; palabras teñidas de sangre

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En la historia del arte, muchos artistas han flirteado con el crimen: unos consideraban sus atrocidades como una forma de sacar a relucir su vertiente más creativa, otros compaginaban su lado más sádico con una sensibilidad artística de lo más afilada. En la actualidad, esta tendencia sigue vigente.

Durante la semana del 13 al 19 de febrero del pasado 2102, si se indaga un poco en la prensa, uno puede encontrar dos sucesos de lo más escabrosos. En la edición de ‘La Vanguardia’ del 15 de febrero, en la sección de ‘La Contra’ podemos encontrar una entrevista a Anne Perry donde la escritora habla de su pasado y en un mal intento de pretender redimirse se descubre su faceta más oscura. De ahí que el lector de sus libros entienda la veracidad de sus palabras. En el titular de la entrevista parece adivinarse la falta de tacto de la autora de innumerables escritos que emulan a las novelas de misterio de la época de Hercules Poirot o Sherlock Holmes: “Fue terrible que todo saliera a la luz, hace unos años…”El 22 de junio de 1954, Anne Perry, la que algunos consideran como la nueva Agatha Christie mató a ladrillazos junto con Pauline Parker a Honora Rieper, madre de esta. Anne fue condenada a cumplir 5 años de cárcel junto a su joven cómplice en celdas separadas. La brutalidad no entiende de edades.

Los escritores escriben sobre lo que saben, Anne Perry dio buena cuenta de ello a pesar de negarse a exorcizar a los fantasmas de su propio pasado.

La realidad del asunto radica en el  morbo que despierta hacia el lector el triste hecho de que la obra de un criminal pueda suscitar el interés de toda una horda de fans que esperan la aparición de un nuevo libro de la autora, ¿es esta la manera que tiene la sociedad de castigar un crimen? Una vez más se corrobora la teoría de que mientras se tenga al pueblo distraído, el mal puede actuar a sus anchas: pan y circo y si se puede, un poco de literatura.

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Otro hecho recurrente es la reciente detención de Oscar Castro, poeta aficionado y fotógrafo ocasional que drogaba a sus víctimas en su piso de Barcelona para después violarlas y retratar ‘el acto’ a modo de trofeo. Puede leerse la noticia en la edición de ‘El Periódico’ del 16 de febrero del 2012. El poeta llevaba desde 2007 realizando este tipo de ritual. El detenido manipuló a su antojo los cuerpos dormidos de una veintena de jóvenes, uno detrás de otro, sin que nada ni nadie pudiera socorrerles. Lo curioso del asunto es que nadie denunció al violador, ¿radica la solemnidad del rito en un acuerdo entre ambas partes? ¿O es el miedo de la víctima el que obliga a que impere el silencio? Por el momento nadie lo sabe. Oscar Castro estuvo un buen tiempo viviendo una doble vida sin que nadie se interpusiera en su maquiavélica afición: el poeta pasaba de las letras a la violación hasta que un desliz en la dosis administrada a la víctima, terminó con la vida de Crispin Scott, un joven estadounidense de veinte años. La policía encontró su cuerpo en el domicilio del poeta.

Una vez más el artista mezcla la exaltación del hombre con sus instintos más pueriles: el arte nunca debería bañarse en una piscina llena de sangre inocente. Algunos caen en la tentación sin darse demasiada cuenta, otros, se autoproclaman artífices de su bajo instinto llenando con sus actos el vacío que los atormenta en su intimidad. Por el momento, será mejor no indagar demasiado en el asunto.

Anne Perry y Oscar Castro tan solo son un pequeño ejemplo de la conjunción entre el crimen y la literatura. El arte se funde con el lado más oscuro del ser humano, ¿será el acto criminal en sí, fuente de inspiración para el artista?