Publicada en

Embarazada

piton

Relato de Isabel Martinez Ballesteros

Hasta el momento había podido investigar lo justo acerca de la maternidad. Lo cierto es que a mí me llego de súbito, sin apenas tiempo para calibrar lo que este gran acontecimiento supone en la vida de una persona que no lo ha elegido, y que apenas alberga un mínimo grado de predisposición a ello. Pero qué coño, la vida es demasiado larga, y a veces transcurre como un accidente que a todas nos pilló en medio.  Hace algunos años andaba un poco obsesionada con la suciedad de mi ombligo, nunca pensé que el frotamiento de la esponja tuviese alguna relación con su estado grisáceo. Por otro lado, pensaba,  el cordón umbilical que me unía simbólicamente a mi madre había entrado en una fase de extraña cuarentena, de olvido de una maternidad alejada, de rechazo visceral o subversión inevitable ante una amnesia conscientemente fabricada. Si me tocaba el ombligo con el dedo, sentía la fragilidad ambigua de la vida y el rechazo incesante a cualquier tipo de contacto humano. El ombligo era la marca de la repulsión a cualquier tipo de afecto, cosa que había impedido que pudiera cultivar cualquier relación sana, o mejor dicho, cualquier relación.

Estos como otros eran los delirios que me mantenían en el límite entre el sueño y la vigilia la novena noche de mi embarazo.   Es probable que no se trate más que cursilería barata recubierta de cierta sensibilidad explícitamente hormonal, y aun es más probable que ese ombligo no responda más que al gran ego que me caracteriza y me dota de una personalidad abrumadora que en gran medida, he de confesar, se la debo a mi madre. Desgraciadamente nunca tuve una buena relación con ella. Supongo que la distancia generacional era más que evidente, un obstáculo difícil de obviar. Ella me enseñó el miedo a vivir plenamente, a temer sentir cada instante como único y eterno. Gracias a lo cual conseguí obtener los beneficios del que pasa por la vida aterrorizadamente. Pero en definitiva, hormiga o saltamontes, el ojo hexagónico del miedo ha terminado por erigirme en una completa outsider. Si bien es cierto que atinar, recta y determinada, en actitud militante, será siempre imposible dada mi tara visual y ahora más que nunca, física; esta morfología aterradora ha resultado en desbordamiento alado de múltiples facetas. Ya no intento acertar en la Diana del tiempo, disparo siete dardos y me ubico donde caigo. Afortunadamente para mí, la vida en el terror al afuera de un mundo cavernoso, pero a mi medida a fin de cuentas, es rica y múltiple, permitiéndome un despliegue en torno a mi ombligo, a veces de efectos restrictivos, pero a larga productivo; aunque mi única obra al final fuera este feto, lo cual tampoco es cierto. Quienes crecimos sabiéndonos más despiertos que los adultos que nos rodeaban desarrollamos una relación ambigua con la maternidad. En mi caso este embarazo no es más que la continuación de la interacción que a todos los niveles hemos mantenido mi ombligo y yo. Símbolo de mi cigótico origen, de mi ego matriz, de mi maternidad pervertida. Me gustaría dilatar por ese lugar y extraer de esa manera a la criatura. Guardarme el cuello uterino para otros paseos. Volver a cicatrizar el lugar por el que es alimentada nuestra primera existencia envueltas en líquido amniótico y sangre. Una cadena de ombligos abiertos y  unidos umbilicalmente a obligos.

Mi madre siempre decía que parir era igual que cagar. Lo dijo todas las veces hasta después de su sexto hijo. Me gustaría vivir todo este proceso de manera un poco más romántica que ella pero estoy completamente de acuerdo. Hay una imperiosa necesidad biológica en todo este asunto, que tiene algo de higiénico, de purga. Que tiene en los no iniciados el mismo efecto que la cabeza de Medusa, pero que en su escatología es tan simple como la vida misma.

Poco a poco fui dando paso a mi transmutacion. La insoportarble perversion del logos hecha carne se derrumbaba sobre mi piel como una bandada hambrienta y agonizante de pajaros carnivoros. Primero fueron los pechos, una inconmesurable masa de grasa reblandecida voluptosamene comenzaba a dirigir los pasos a la conversion de mi cuerpo, despues fueron las piernas como longanizas esperando la parrilla a fuego lento, mienras la cinturura esbozaba lo que debia ser el eje de la maldicion expansiva del inescrutable universo y alli en medio de la funcion estaba yo con la indudable sensacion de tenerlo todo perfectamente descontrolado. Empec;e a tener una relacion insoportable con el espejo,Si me cruzaba con el, me fundia a bofetadas repitiendome en silencio: que aquella chica livina que se contoneba con gracia, estaba siendo asfixiada en la recamara del recuerdo. Despues el espejo se encarnaba en las pupilas de aquellos que se hacian llamar amigos, esbeltos animales de otra especie incapaces de compartir nada mas alla del asco. Fisicamente incapacitados, se replegaban en silencio ante esta aberracion de la naturaleza y me decian: Chica, estas estupenda. Uy maja, que energia tan bonita tienes. Yo pensaba, que hipocresia tan naturalizada, que bien mentida y disfrazada de recelo ante el acontecimiento de una nueva vida. En ocasiones les odiaba con tantas ganas que soltaba una perla rociada con cianuro y me decia a mi misma que una morsa de este calibre no tiene espacio para el arrepentimiento.

Los ultimos dias de la hazana fueron casi de comedia televisiva. No conseguia a penas volterme entre las sabanas, era una cucaracha con las patas atrofiadas y cuando decidia levantarme tenia que llevar a cabo una maniobra de equilibristas. Las horas que antes se esfumaban como espuma ahora se tornaban como una eternidad incalculable. Pero eso no era todo porque a cada sucesiva espera tenia que sumarle la ansiedad de un nuevo antojo de atiborrarme a dulces. Y cuando conseguia disraerme un nuevo sintoma de coagulacion sangrienta me desperaba de mi contenida tregua.

Y asi en mitad de la batalla de hormonas revolucionadas estallo el momento deseado sin a penas llamar a la puerta. Comenzo como un inadvertido dolor de regla, para dar la bienvenida a un incomprendido encierro de protocolo hospitalario. El encierro duró 62 horas exactas, lo justo para cerciorarme de que parir alli, era tortura institucionalizada. Primero te postran sobre una camilla sugetandote las piernas como un cerdo en la carniceria, despues te inroducen la mano hasta la garganta para darte la buena nueva de que aun estas de preparto. Tan solo dos centrimetros dilatada. Te abandonan como a los perros en la perrera en un zulo sin viento para  monotorizarte el vientre  mientras combates agonizando cada sucesiva alarmante y advertida contracción. Pero seamos honestas, la última moda de parir a lo natural retomando un estado primogénito es puro y auténtico masoquismo. Por tanto dude lo suficientemente poco como para exigir la epidural in situ inminentemente, con lo cual obtuve el concerniente espectáculo de ver desfilar a más de seis matronas diferentes a punto de inyectarme esa calamidad de la epidural en vena sin el mínimo remordimiento de conciencia. Gracias a lo cual pude ascender a los cielos por un periodo que se dilato en el tiempo una suma de aproximadamente 12 horas, con lo que mi cuerpo no alcanzo a estar a punto para el momento de la expulsión… Las horas que hasta el momento volaban cual ráfaga de viento pasaron a convertirse en décimas de segundo de agonizante dolor, y qué dolor…

Y así, amigos míos, es como engendré a mi pitón.

Deja un comentario