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La carne no está en venta: Génesis (los 3 primeros capítulos)

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El comienzo

 

“Creemos que resucitaremos no en una carne aérea o de cualquier otro tipo, como algunos deliran, sino en esta en la que vivimos, subsistimos y obramos”.  Frase citada en el Concilio de Toledo, el año 675 d. C.

Primero fueron los recortes en Sanidad, que dejaron a un montón de gente sin los medicamentos básicos para seguir viviendo en condiciones aceptables. Después vinieron enfermedades desaparecidas hacía decadas, atacando como una jauría de piratas con los cuchillos del infortunio en la boca y el hedor de mil retretes usados. La gente paseaba por la calle desprendiendo el olor de la descomposición institucional y física. Dientes amarillentos, cabelleras grasientas, ojos legañosos mirando al sol y recordando un mundo mucho mejor. Las calles eran como los escenarios de las películas de George A. Romero; cubos de la basura a rebosar, inmundicias a modo de alfombra urbana y algún que otro cuerpo tirado en el suelo con un cartón de vino barato bajo el brazo.

Decadencia. Las ciudades cada día se parecían más a un cenicero usado.

Hasta que ocurrió lo que nadie esperaba.

Un tarde cualquiera, después de robarle la bicicleta a Miguel Mendoza, empleado del mes en una de las pocas hamburgueserías que quedaban en pie, el pequeño Boris, de origen ruso y con un diente partido a modo de sonrisa, casi es aplastado por las ruedas de un camión del ejército en la plaza Tetuán, en Barcelona, cuyo conductor, tuvo que dar un volantazo digno de un piloto de la Nascar. El problema residió en que ni el camión era un Ford Mustang trucado, ni el chófer era un piloto de carreras, así que el vehículo volcó de lado ante el desconcierto de una pareja que se besaba frente a una carnicería casi abandonada por la falta de mercancía, los recortes presupuestarios y los precios desorbitados. En aquellos tiempos, comerse un bistec en condiciones resultaba una aventura casi fantástica; el buen sabor de la carne residía en el nivel de imaginación que poseía cada uno a la hora de masticar y tragar. Los niveles de ingenio crecieron incluso en tipos que solo sabían hacer balances de cuentas y leer la prensa deportiva. O en aquellos que, una vez ocurrió lo que nadie esperaba, solo eran capaces de tragar carne humana como si fueran piaras de cerdos.

La mercancía que llevaba el vehículo contenía bidones de Totsitumomab con una elevada dosis de radiación. El líquido concentrado en ellos constituyó una de las mayores amenazas del siglo XXI; los anticuerpos contenidos en aquella piscina tóxica formada en medio de la plaza comenzaron a destruir las células sanas de todo ser viviente para sustituirlas por otras células muertas. Todo cuerpo que entraba en contacto con aquel tóxico moría irremediablemente, para resucitar en menos de dos horas y saciar una interminable ansia de comer tejido vivo.

El líquido de color verdoso quedó totalmente desparramado por el suelo, formando un pequeño lago que algunas aves aprovecharon para saciar su sed. Incluso un niño de tres años, cuya madre había fallecido en un callejón horas antes, comenzó a beber y a mojarse las manos en aquella piscina tóxica. En poco tiempo, un pequeño ejército de palomas con los ojos inyectados en sangre comenzó a hacer vuelos rasantes contra los transeúntes y la indigencia local. Al cabo de pocos minutos el caos comenzó a desenvolverse con total fluidez. Persecuciones sin sentido de la dirección, decenas de pájaros locos por probar el contenido de las dos pequeñas cuencas que poseía el género humano en la cabeza, coches atropellando cuerpos en un desesperado intento por huir de la forma más rápida posible del horror servido a picotazos.

En menos de dos horas el pánico comenzó a hacerse notar en pequeñas dosis en la confluencia con la Gran Vía y el Paseo de Sant Joan. Los hombres que habían sido atacados por los pájaros y muertos por la toxicidad del Totsitumomab empezaron a despertar convertidos en zombis que arrastraban lentamente los pies; niños llorando totalmente desamparados en las aceras, ahora convertidas en zonas tóxicas que se iban llenando de unos pocos cadáveres que podían tenerse en pie; mujeres corriendo desesperadas dejando atrás lo que antes habían sido hombres; camisas rasgadas y algunas bocas repletas de chorretones de sangre fresca; agentes de policía con muy poco que hacer con sus porras de plástico. Ni bolas de goma, ni trajes antidisturbios, la verdadera revolución se alzaba silenciosamente como un dios surgido de lo más profundo del averno.

Incluso lo que quedaba del niño que jugaba con el líquido en la plaza, era simplemente el ansia de un ser que nunca conocería los cómics de Spiderman o los besos bajo la luz de las farolas. Su único objetivo era la ingesta de carne poco hecha bajo los inclementes rayos del sol.

Los habitantes del mundo comenzaron a volverse locos. Desaparecieron las sonrisas a la salida del cine y los besos en los parques de la ciudad. El cielo pareció volverse de color gris y los recortes en Educación y la subida del IVA comenzarían a perder importancia.

El mundo se sumió en un sueño alucinógeno. El único inconveniente era que resultaba demasiado real.

 

 

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Mamá tiene hambre

 

Durante las primeras horas de aquel desastre nacional, las calles eran un verdadero escenario dantesco. Locura, sangre y suciedad por todas partes. El índice de ventas de las compañías de detergentes hubiera tocado la cumbre del Himalaya de no ser porque muy pocos se atrevían a bajar a la calle; la sangre en la ropa era muy difícil de limpiar. Los alimentos cada vez eran más dificultosos de conseguir; los supermercados se confundían con un escenario de videojuego donde quien no se peleaba por una lata de tomate, lo hacía con un zombi. Realmente nadie entendía nada de lo que estaba pasando.

Terry pudo comprobar que las primeras horas eran las peores, sobre todo cuando se encontró a su madre comiéndose a su hermana menor. Desde hacía dos días casi nadie salía a la calle por los continuos avisos del telediario y la radio, pero siempre alguien desobedecía y bajaba a buscar a sus familiares o algo de alimento. Terry no abría su carnicería desde hacía dos días. Al salir de la ducha, el espectáculo le hizo dar un paso hacia atrás. Su madre lo miraba con los ojos casi en blanco y la boca llena de sangre mientras devoraba un trozo de intestino delgado de su hermana. Nunca la había visto comer de aquella manera, a pesar de los ataques de ansiedad que le daban casi cada tarde. Su melliza convulsionaba y perdía la vida por momentos mientras ponía los ojos en blanco y trataba de decirle algo a su dios, que la miraba imperturbable desde el cielo. Desde que su madre había regresado con mala cara al piso el día anterior, tras bajar a casa de la vecina, Terry sospechó. Pero sus intentos por examinarla fueron en vano. Al entrar en casa, esta se metió en la cama y no quiso ver a nadie. Sus hijos pensaron que estaba traumatizada por todo lo que estaba ocurriendo y la dejaron descansar; pero el motivo de su reclusión era totalmente distinto: había sido mordida en el rellano del primer piso.

Corrió nervioso hacia su habitación y cogió la ballesta de aire comprimido que se compró un año antes, cuando decidió ampliar su círculo de amistades mientras practicaba algo que siempre había querido dominar: puntería. El deseo de un niño grande se convirtió en su mejor arma contra el espectáculo dantesco que estaba ocurriendo en el salón de su casa. Después de cargar el arma y aparecer en el comedor, disparó en la frente a su madre y posteriormente a su hermana, casi sin titubear, con una lágrima asomando por su ojo derecho. Terry pudo comprobar que tenía la suficiente sangre fría para actuar con la mayor efectividad posible. Aun así, un terrible sentimiento de culpa se apoderó de su raciocinio.

Terry era culpable de la muerte de su madre y de su hermana.

Pero, ¿eran esas dos criaturas su familia? En el cuerpo de su madre solo había un vacío del tamaño de una catedral sefardí y un hambre atroz, capaz de devorar una nación entera a dentelladas. Su hermana, de no haber sido atravesada por una flecha, habría terminado con el mismo y tétrico fin.

Se sentó en un sillón y con el arma cargada lloró la muerte de su familia. Con el albornoz puesto y el dedo en el gatillo se desahogó durante toda la mañana. Derramó lágrimas junto a los dos cadáveres mientras, en la calle, el absurdo espectáculo del desconcierto se cobraba más vidas.

Hacia el mediodía salió de sí mismo y de su desesperación y miró por la ventana. El subidón de adrenalina le invitaba a entrar en acción a la vez que lo aterraba. Era una sensación muy extraña. Sentía pánico pero a la vez un terrible afán por seguir clavando flechas en las cabezas de todos aquellos que habían caído bajo el influjo de la toxicidad. Quería vengarse pero también tenía miedo de quedarse atrapado en el piso y no reunir el suficiente valor para salir a la calle. Tarde o temprano tendría que hacerlo; trató de no pensárselo demasiadas veces y por fin se decidió.

Entró en su habitación y se vistió con lo primero que encontró. Mientras se abrochaba las botas militares miró hacia la pared y vio el póster de Rambo que colgaba de su habitación. En aquel momento aquella foto de Stallone le pareció una gilipollez. Terry consideró la posibilidad de que hubiera madurado en menos de una hora. Quiso sonreír para sus adentros, pero cuando se acordó de que su madre y su hermana estaban muertas en el comedor, rompió de nuevo a llorar. Se enjuagó las lágrimas y buscó entre los calzoncillos limpios su cinturón de cierre metálico y sus guantes de piel negros. Terry se estaba preparando para salir a la calle y afrontar la realidad, a pesar de que casi no podía creerse lo que estaba ocurriendo. Demasiadas horas encerrado en casa viendo como los habitantes de su ciudad luchaban por su vida. Tenía que hacer algo. Aunque fuera por sí mismo.

 

 

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“Rock the world”

 

Terry dio un último vistazo a su casa antes de abrir la puerta. Los cuerpos rígidos de su madre y de su hermana seguían en el suelo, sin vida. Estuvo a punto de llorar otra vez, pero supo reprimir sus lágrimas. Le convenía ser fuerte. Al otro lado de la puerta se oía cerrarse alguna puerta, gente caminando a hurtadillas o el sonido de algún grito. Terry tenía una ballesta desde hacía unos meses; las películas de Rambo fueron algo más que un simple entretenimiento. Para Terry, inmigrante americano desde el año 86, que a la edad de dos años se había trasladado junto a su madre y su hermana a Barcelona, aquel tipo de cine era toda una inspiración para seguir viviendo en un mundo obsesionado por las figuras estilizadas y el éxito efímero. El americano vivía en un mundo obsesionado con ganar; una raza de seres obstinada con establecer competiciones en todo aquello que incluía una proyección personal; el perdedor era despreciado y convertido en bufón.

El mundo era un escenario donde unos ganaban y otros perdían.

Antes de abrir la puerta del piso, Terry respiró hondo y se aseguró de llevar encima todo aquello que le podría ayudar en el exterior. De su espalda colgaba una mochila donde guardó las llaves de su piso y todas las flechas de la ballesta que pudo encontrar. Confiaba en poder volver a entrar en su casa. Cuando puso la mano izquierda en el pomo de la puerta, sintió un escalofrío por todo el cuerpo.

La hora había llegado.

Lo giró muy silenciosamente. Antes de abrir la puerta puso la cadena por dentro, por si había algún muerto esperando al otro lado. Abrió la hoja un par de centímetros y observó. El rellano estaba casi a oscuras. Por lo poco que pudo ver, no había nadie esperándole para darle un susto de muerte. Volvió a cerrar la puerta, quitó la cadena y la abrió del todo. El rellano estaba extrañamente vacío, tan solo había algunas gotas de sangre. Se oían gritos en los pisos superiores a través del hueco de la escalera. Terry vivía en el primero, así que solo tenía que descender dos niveles para llegar a la portería. Bajó las escaleras en completo silencio. Las botas con suela de goma del ejército que se había comprado por Ebay hacía medio año estaban dando sus frutos; ligeras, silenciosas y muy confortables. La luz en la portería era tenue, pero suficiente para adivinar la silueta de un cuerpo avanzando pesadamente hacia el ascensor. Era uno de ellos, gimiendo con un hilo de voz parecido a una voz humana, y mirando hacia arriba, como si saludara con la vista a otros compañeros suyos. Terry pudo comprobar que dos zombis más descendían la escalera a paso de tortuga, justo a diez metros por encima de él. Tenía tiempo de sobra para cargarse al que obstaculizaba la salida del edificio y salir al exterior. Con el paso firme y la ballesta apuntando a la cabeza del muerto, Terry hizo un primer disparo. La flecha acertó pero no perforó el cerebro, por lo que el muerto, después de casi perder el equilibrio, siguió avanzando con un poco más de decisión y con el proyectil clavado en la mandíbula hacia lo que podría ser un suculento bocado de carne fresca. Terry sacó una nueva flecha de la mochila, cargó el arma con increíble rapidez y apuntó de nuevo. Esta vez sí acertó entre las cejas y el cuerpo se desplomó al suelo como un saco lleno de vísceras y carne muerta.

Extrajo la saeta de la cabeza del zombi y volvió a colocarla en la ballesta, a punto para ser disparada. La otra flecha también pudo ser aprovechada. Después de sustraerla de la boca de aquella pobre alma infectada, la guardó en la mochila que usaba a modo de aljaba. Casi sin acordarse de que dos zombis más bajaban por la escalera y con el corazón a mil por hora, Terry abrió la puerta y salió a la calle.

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Relato de Marina Perezagua.

Estoy muy cansada. Apenas puedo reaccionar a sus caricias. Entreabro los ojos. Es todavía la noche. Por la pesadez de mis brazos calculo apenas unas cuatro horas de sueño. Quisiera decírselo, que estoy muy cansada, pero la formación de la palabra es más lenta que la del deseo. Acepto. Semidormida noto la metamorfosis. Él está duro y su dureza va pasando a mi carne aún tierna por la levedad del sueño. Primero el cuello se me tensa y escucho un sonido que espiro por la nariz y que suena a un cambio de materia, como el tronco frío que cruje hacia el calor de la leña. Antes de estar embarazada había veces en que no notaba el chorrito corriendo. Pero desde que supe, hace tres semanas, que estás ahí, siento el paso caliente del líquido por mis paredes y entonces, en el agüita donde flotas, te imagino golpeada (¿golpeado?) como una barquita por el oleaje, por el semen de donde vienes. Bébelo, hija, ahora que eres lo suficientemente afortunada como para beberlo por todas partes porque no tienes ni boca ni ombligo ni ano. En eso te envidio. Disculpa. No has nacido y ya te envidio. Ni boca ni ombligo ni ano. A veces no sé con qué orificio recibir el fluido, y cambio de posición, indecisa, agarrando no sé qué partes de tu padre, y entonces en medio de ese trance le hago moverse a él, y tampoco sé cómo lo hago porque él es muy grande y yo a su lado muy pequeña. Quizás se mueva él solo, esperando a que me decida. Y retiene. Retiene hasta que me acomodo y le digo con no importa qué órgano: Aquí dentro, aquí está bien. Quizás algún día me disculpe por hablarte así (no lo creo), pero comprenderás que todavía no soy madre, y tú eres sólo un guisante sin princesa. Un guisante sin colchón.  No, un guisante no. Una lenteja. Un piñón entre mis piernas. Y abajo tu padre. ¡Mira! Me ha subido a sus hombros como si fuera una niña y me lleva corriendo por este claustro francés. Hay muchas flores y árboles. Él sabe los nombres de todas las plantas, hasta de las yerbas más insignificantes, y me los va diciendo, señalando entusiasmado aquí y allá, incluso brotes invisibles, que sólo aparecen cuando él los nombra, de repente, como flores inmediatas, flores que se niegan a pasar por la tediosa gestación del capullo. Veo cómo estallan las reglas del ciclo vegetativo. Me río. Es muy divertido. Me río mientras corremos en círculo, esquivando como si fueran minas los tallos que nacen bajo la galería arqueada. No, las minas no son los tallos. Las minas somos nosotros, el peso de una mujer y un hombre sobre dos solas piernas que corren tratando de evitar la masacre de una zarza. Algo me roza el pelo. Es el techo. El techo de madera. Ahora que soy mucho más alta tengo que proteger mi cabeza. Me pongo un pañuelo como un casco suave, un casco duro y flexible de un material futuro. Y en sus hombros llego al centro del claustro. Éste debe de ser el árbol principal. Es muy frondoso y aparto las ramas de mi cara. «Es un tejo», me dice la boca bajo mi cuerpo,«un árbol sagrado porque es inmortal y antes de morir cuando se está pudriendo deja que una de sus ramas se meta en el interior de su tronco ya hueco, y esta rama que crece hacia abajo va limpiando la podredumbre como un pececillo corydora limpia las paredes de un acuario». ¿La ramita se come lo podrido? –pregunto–. «Sí», responde la boca, «se alimenta de ello, y así continúa creciendo hasta agarrar en el suelo y ya no es rama sino raíz sana que sostendrá al árbol durante mil años más». ¿Y cómo has dicho que se llama el árbol? –vuelvo a preguntar–. «Se llama Aurora».¿Aurora? Vale, pues Aurora. Así te llamó tu padre cuando me vio. Den lilla Aurora, fueron sus primeras palabras, y sus manos tocándome en el metro («¡Señora!, ¿qué mira? Este vagón no es de acero, es orgánico como las ramas de la wisteria que en la pérgola del parque sostienen a los mapaches. Y las familias que caminan por debajo halagan el olor de las flores. Ignoran que ese olor está mezclado con el calor del pelo animal, con sus orines, con sus semillas masticadas, con el sudor de los círculos que encierran cabezas y rabos enroscados. Señora, no sea mojigata, el ambar gris del perfume que usted no puede costearse es bilis de cachalote). Y él que volvía a repetir Den lilla Aurora, dándote a ti un nombre antes de saber el mío, un nombre con un adjetivo sueco, porque el sueco es el idioma de los pájaros, dijo, y se pronuncia así: Dein lilya Aurora, y lo decía muy lento: Dein (mi oreja), lilya (mis ingles), Aurora: la tensión de sus pantalones, un vaho, un jadeo en el espacio que media entre su piel y la tela, reducida, por la excitación, al algodón llovido y apretado, pelusa mojada de la flor cuando todavía estaba en la rama. Y en la lentitud de esas palabras yo tenía tiempo de decirme que soy alérgica al látex pero qué importa, en este vagón no hay farmacia y además no quiero el tiempo para comprar nada; lo que duraban esas tres palabras solo me daba para decirme que este hombre tiene que estar sano y yo no acepto plástico en mi cuerpo y vámonos a mi casa sin justificarle ni a él ni a mí que hacía apenas cinco minutos que nos conocíamos. Y luego cuando nos conocimos vimos Fanny y Alexander y tú recién nacida en sus grandes manos en la pantalla y él que repetía mirándote den lilla Aurora y yo que decía que si tengo una hija no le voy a poner un nombre porque cuando nací mi padre me llamó Sonia sin saber cómo me llamaba. Y esperaba que cada vez que yo escuchara Sonia respondiera. Y yo que no respondía, pero no era mi culpa sino de él, que se atrevió a darme un nombre sin conocerme, cuando todavía era apenas tres kilos de carne ensangrentada. Y las hojas del tejo me arañan un poco la cara pero encuentro un claro dentro del árbol y me acomodo mejor en los hombros que me sostienen. La distancia entre el comienzo de mis dos muslos es exacta a la anchura del cuello de tu padre, que queda en medio. Qué alta estoy. Y qué verde me rodeo. Y a veces tengo miedo. Cuánto miedo. Miedo de que todas las cosas se callen como personas rencorosas, de que todo me niegue la palabra, o hable hacia dentro, y yo caiga en una pecera de bocas que se abren sin lenguaje. Entonces floto como un besugo que busca los ojos de otro besugo en un acuario de agua turbia. Y el temor es tanto que cuando veo un besugo ya no veo un pez, sino una persona que no puede hablar de tanto miedo. Así los reconozco en la pescadería, en su lecho de cubitos de hielo, los ojos asombrados ante la visión de esa burbuja que ellos soltaron como palabra pero que solo salió como una pompita de aire en el agua. ¿Y si el dolor es así tan grande que no pueda nombrarlo sino con burbujas que se rompen vaciándose de nada? Entonces quienes me quieren me darán por desaparecida. Pondrán una denuncia, reunirán a los vecinos para buscarme en el campo con linternas en la noche, sin saber que los desaparecidos que mueren mudos abandonan sus formas humanas y cambian la piel por escamas, y los huesos que les vertebran por una espina lacia de un pescado que nunca fue pez. «Mamá, amigos», les diría, «los mudos desaparecidos no están bajo tierra, sino en la fosa común de ojos atónitos y escamas que un pescadero arroja en un cubo de basura negro». Pero hoy no quiero hablar de ello, den lilla Aurora, o como te llames, porque ahora no estoy en un cubo ni en una pecera, sino en las alturas de un hombre, en la copa de un árbol. ¿Y sabes que los ruiseñores son tan valientes que atacan a los gatos? Y los tyrannus son pájaros que se atreven contra los aviones. Se lanzan contra los motores. Esos aviones de pesticidas que sobrevuelan tan bajo los campos se lo tienen bien merecido. Que se calcinen sus pilotos entre venenos inflamables mientras los insectos sin orejas escuchan los chasquidos sin saber, o quizás sabiendo, que hasta la semana que viene no volverán a fumigar; toda una semana (una larga vida) para ellos. Y mira. Aquí viene un nuthatch. Los nuthattch trepadores son pájaros sin cuello. Él me explicó por qué. El cuello no les hace falta porque trepan tronco arriba tronco abajo en busca de insectos y no necesitan ver más allá de la corteza que tienen en frente. Míralo. Aquí viene uno. Sube por el tronco como un lagarto. «Una vez tuve un amante –le conté el primer domingo que metimos los pies en el estanque–. Era en parte un hombre que metía la cabeza en el río, para beber, como un perro. No me veía, pensaba que en el agua solo había algas sin huesos, pero yo le miraba sumergida con un collar de plomo. Era un alga vertebrada. Pasé muchas tardes tumbada en el lodo, bocarriba, mirándole, desde abajo. Cómo lamía el agua. Yo quieta, para que las burbujas no incordiaran el paso de su lengua entre mis ojos. Su lengua, agrandada por el río, tan visibles sus papilas, chupando el líquido que me contenía, sin saberlo él, todavía». Me quito un zapato y acerco el pie con cuidado al pajarito trepador. Tiene su pico largo y afilado como todo insectívoro. Acerco más el pie, muy lentamente, para no asustarle, y lo balanceo a la altura del abdomen de tu padre. Me fijo en ese piquito tan fino y largo como el de un colibrí. Mi pie está ya muy cerca. Cierro los ojos. Escucho cómo picotea la corteza y deseo que me picotee entre la uña y la carne. Que me desparasite o que me retire la piel muerta. Pero el trepador sigue subiendo y ahora que está a la altura de mis ojos me pregunto si querrá al menos lavarme la cara como lo hace tu padre algunas mañanas, su lengua limpiándome los ojos, retirándome de las esquinas oculares los humores cuajados de la noche. Pero el nuthatch se pierde por una rama y yo misma me limpio esos granos como de arena. Los chupo en mi dedo imaginando que están todavía en mis ojos y que yo entera soy la lengua de otro. Se deshacen. Y aquí vuelve el miedo que trepa como el nuthatch, subiendo con su nariz pegada a mis piernas. El miedo de que todas las cosas se callen. El miedo de que tu padre, o el padre de cualquier otra, o el padre no padre de nadie, no quiera subirme ya más a sus hombros. El miedo de pasar de la risa y la altura al gateo en el suelo, a la súplica de un cachorro que reclama atención tirando de los pantalones del cazador que sólo sabe otear el horizonte. Pero por qué habría de ser así. Ahora mismo no tengo motivos para temer nada porque la mano de tu padre toma mi falda y la engancha a una pequeña rama, como la ropa húmeda que en el cordel se orea. Y es cierto que no soy muy grande, pero pío como un wren. Esto me lo dijo él: «Gimes como un wren», ¿Y qué es un wren? –le pregunté–. «Un wren es un pájaro cuyo volumen de canto es, en comparación con su tamaño, el más alto».Es cierto. Pío. Pío como ahora cuando sus dedos tocan mi semilla como un brote que se dilata como lo haces tú en mi vientre, y creces. Pío, y quizás el sonido te llegue amortiguado por el líquido amniótico. Pero escucha, otros también pían. Él me está acariciando y con los ojos medio cerrados miro alrededor y veo decenas de nidos. Decenas. Y en cada nido hay (cómo me gustaría que lo vieras) tres o cuatro polluelos que abren el pico pidiendo comida. Pían. Ellos también pían. Pían con sus picos que parecen sonrisas anaranjadas, y cientos de madres acuden a la vez a llenar sus buches. Las alas me rozan la cara mientras él me acaricia, y mi boca rosada detrás de su cuello se tensa en una sonrisa llena de agua, que llueve el tronco de este árbol cantor.

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El complejo de Drácula

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Relato de Milos de Azaola, autor de El Grial de los Vampiros

-La oscuridad tiene el tacto del terciopelo –decía Miklos Kiss, echado en el diván con los ojos entrecerrados y acariciándolo lánguidamente con sus dedos largos y finos-. Me deslizo en la noche como una serpiente entre la hierba… ¿Quién será mi próxima víctima? Hay tantas chicas a las que besar, tantos cuellos que morder… Buscan un príncipe azul y se encuentran con un caballero negro. Pero yo puedo darles mucho más poder que un Habsburgo. Puedo mostrarles el verdadero rostro de la noche… lo que se esconde tras la máscara de la civilización. El lobo que duerme en nosotros, acechando en la Selva Negra de nuestro inconsciente… Caperucita no es una víctima inocente, ¿sabe? Quiere atraer la atención del depredador… ¿Por qué iría de rojo, si no? Forma parte del juego, como las trenzas doradas y la cesta para la abuelita. Una buena chica, dicen. ¿Sabe lo que les pasa a las buenas chicas? Que todas acaban topándose con alguien como yo. Porque me están buscando. Es por eso por lo que se adentran en el bosque… sienten la llamada de lo salvaje y acuden a ella. Buscan al animal que anida en su alma y éste se hace carne para ellas. Se internan en su bosque interno y abrazan su verdadera naturaleza. Besan a la bestia, conocen el placer y el dolor… en eso consiste la experiencia. No son inocentes, nunca lo son. El seductor seduce porque tiene sed… la oscuridad tiene el tacto de la seda. Pero el seductor también es seducido, ¿sabe? La belleza siempre es sádica, porque es implacable y cruel, indiferente al dolor que provoca en el enamorado…

La doctora Greta Meitner, una de las psicoanalistas más prestigiosas de Viena, no dejaba de tomar notas en su bloc a toda velocidad. Un caso realmente fascinante, pensó, podría forrarme con este tipo. La doctora Meitner tenía una sempiterna expresión severa en su rostro, iba vestida con un traje gris acero que hacía juego con el color de sus ojos, llevaba el pelo rubio recogido en un moño y unas gruesas gafas de pasta. Pero Miklos Kiss la había elegido porque había visto algo debajo de esa fría fachada de dama de hierro teutónica, algo oscuro que pugnaba por salir a la superficie… Kiss optó por desarmarla con su sinceridad. Abrió los ojos del todo y dijo con una amplia sonrisa, mostrando sus colmillos:

-Soy un vampiro, ¿sabe?

Aparentemente la doctora ni se inmutó, pero tomó más notas en su bloc. ¡Un vampiro!, pensó. Esto mejora por momentos. Fantasías de poder y dominación, anotó.

-Viena es un paraíso para las criaturas como yo –siguió Kiss-. Tantas esposas insatisfechas casadas con hombres reprimidos y sosos que no saben hacerlas gozar en la cama… ¿Cree que el inmovilismo político que ha caracterizado siempre al Imperio Austrohúngaro está directamente relacionado con la abulia que domina la vida sexual de sus habitantes? No hace falta que conteste, es una pregunta retórica… Esa decadencia vienesa me recuerda a la impotencia de un anciano que ya no sabe cómo excitar sus apetitos y por ello tiene que inventarse perversos jueguecitos de alcoba… Por eso, en cuanto les digo que soy un vampiro, las vienesas se derriten y me ofrecen sus cuellos en la primera cita, y con ellos el resto de sus cuerpos anhelantes… Además, a las damas austríacas les produce un placer especial que las seduzca un húngaro plebeyo como yo. Pero al final, uno tiene que aprender a ser selectivo… Le cuento todo esto porque sé que no saldrá de aquí. Ya sabe, la confidencialidad médico-paciente…

-Por supuesto –dijo ella, ligeramente molesta porque se lo recordara, y también por lo que había dicho de los vieneses. Ella llevaba veinte años felizmente casada, o eso se decía a sí misma-. Pero dígame, ¿realmente se cree un vampiro?

-No es que me crea un vampiro, es que lo soy –contestó Kiss muy serio-. Necesito la sangre para vivir… el sexo es sólo un extra. Pero sin la sangre no podría vencer al tiempo.

-¿A qué cree que se debe su obsesión por la sangre? –le preguntó ella. Por supuesto no se tragaba ni una sola palabra de lo que estaba escuchando, aunque veía que su paciente sí creía en lo que decía. Complejo de Drácula, anotó en su bloc.

-Yo no lo considero una obsesión. Está enfocando mal la cuestión, doctora. ¿Usted diría que está obsesionada con la comida, sólo porque depende de ella para vivir? Bueno, hay muchas mujeres que realmente están obsesionadas con la comida… pero usted no parece una de ellas.

-No estamos aquí para hablar de mí, señor Kiss –dijo ella severa, envarándose en su butaca.

Probablemente tiene algún tipo de trastorno de la alimentación, pensó Kiss evaluando su cuerpo flaco y sin formas con ojo crítico. Se preguntó cuánta sangre podría sacar de ella, y de qué calidad sería.

-Claro, claro, disculpe usted…

-¿Dónde se hizo afilar los colmillos, señor Kiss? –contraatacó ella.

-En ningún sitio. Cuando te conviertes en vampiro te crecen. Pero los puedo retraer a voluntad… ¿ve usted?

Kiss abrió bien la boca y retrajo los colmillos hasta que tuvieron un tamaño socialmente aceptable. La doctora Meitner se quedó helada. Su bloc cayó al suelo. El vampiro se rió al ver la reacción de la mujer.

-¿Me cree ahora, doctora? –le dijo sonriente. Sus colmillos volvieron a crecer… empezaba a estar sediento.

-Ha sido… ha sido un buen truco de magia.

El vampiro se incorporó en el diván, tan rápido que la doctora Meitner casi no vio el movimiento.

-¡Oh, vamos! –exclamó Kiss-. ¿Me toma por un vulgar prestidigitador? ¿Quiere que le enseñe de lo que soy capaz realmente…?

La doctora Meitner se asustó al oír eso. El vampiro pudo notar su miedo, entremezclado con algo más… una cierta excitación subyacente bajo la superficie gélida. La mujer intentó sonar firme, pero no lo consiguió del todo:

-La sesión ha terminado por hoy… y creo que… creo que no va a haber más sesiones, señor Kiss.

Este paciente es demasiado peligroso, pensó la doctora, no puedo arriesgarme.

Pero Miklos Kiss no estaba dispuesto a dejar las cosas así, y se abalanzó sobre ella. Para cuando la mujer quiso darse cuenta, la mano del vampiro le sujetaba el rostro con firmeza. Pese a las apariencias, sus dedos finos eran fuertes. Una de sus largas uñas le acarició la mejilla, provocándole un temblor… ¿de miedo o de deseo? Fue incapaz de gritar o decir nada. No podía apartar la mirada de los ojos de él, oscuros y profundos como pozos sin fondo. No lo sabía, pero estaba cayendo bajo el hechizo del vampiro.

-Tiene unos ojos muy bonitos, doctora Meitner –dijo Kiss con voz sedosa.

-Gra… gracias.

Kiss se acercó un poco más, el depredador tanteando a su presa.

-Y una boca muy sensual… de labios carnosos, como a mí me gusta.

Inconscientemente, la doctora abrió la boca en un claro gesto de ofrecimiento. Al vampiro le bastó con esa reacción. Enseñó sus colmillos, tan largos como antes, y la besó ferozmente, ahogando el grito que empezaba a surgir de la garganta de la mujer. Un hilillo de sangre bajó de sus bocas acopladas.

El busto de Sigmund Freud observaba la escena con la indiferencia de un voyeur que ya lo ha visto todo.

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Capungo (Un relato de 007)

Bond at 50-Franchise

Relato de Ricard Millàs

1

Con dos bourbons dobles en el cuerpo reflexioné sobre la vida y la muerte. Sentado en la terminal de salidas del aeropuerto de Miami ingerí de un trago el tercer vaso que una camarera de unos veintipocos años me trajo a petición mía. Nunca me ha gustado abusar de las mujeres, pero las casi ocho horas de avión me dejaron los riñones algo magullados. Sin demasiado esfuerzo y usando la media sonrisa que no delata la cicatriz que se desliza desde la parte inferior del ojo izquierdo hasta la mandíbula, conseguí convencer a la joven para que me ofreciera un trato exclusivo. Con la corbata perfectamente anudada y mi maletín descansado en el suelo junto al tobillo derecho, esperé la llegada de Smithers, agente de SMERSH, mientras el alcohol se deslizaba por el riego sanguíneo y me producía un agradable calor que se delató en el rubor de las mejillas. Me sentía como un colegial, agasajado por un exceso de atenciones por parte de la camarera, que reflejaban por su parte, un deseo de cuidar de alguien aunque fuera quince años mayor que ella.

Sus largas pestañas se movían con el aleteo de una mariposa. Su perpetua sonrisa me incitaba a levantarme y ofrecerme para acompañarla a algún restaurante tranquilo cuando terminara su turno, pero una mano de tamaño considerable se posó en mi hombro y no tuve más remedio que quedarme donde estaba. Smithers medía casi dos metros y poseía los hombros del mismísimo Coloso de Rodhas. Su presencia en Miami me chocó; esperaba encontrarme con un hombre de tamaño medio, con un traje de lino y un ligero tartamudeo en la voz. Desde su posición, el gigante me miraba con el semblante tosco, serio, inmutable. Me levanté y le estreché la mano. Tenía la Beretta en el maletín. Si ese hombre intentaba algo conmigo tendría que valerme de mi fuerza.

—Me llamo Smithers, supongo que no debe acordarse de mí, pero yo sí que me acuerdo de usted —su voz parecía salir de un lugar profundo, como si el interior de su cuerpo estuviera formado por un intrincado laberinto cavernoso— ¿Hace mucho que espera?

—Le recordaría si le hubiese visto, pero mi memoria, quizá algo alterada por la ingesta de bourbon es posible que me engañe —a decir verdad aquel rostro ceñudo y aquella mandíbula parecida a un quitanieves empezaron a resultarme familiares—. Es probable que nos hayamos visto en alguna parte Smithers, ¿Londres? ¿California?

—Hace cosa de cinco años coincidimos en el despacho de su superior. ¿Se acuerda del caso Elektra? —sonrió como si se estuviera demostrando a sí mismo que tenía un cerebro inaudito, casi privilegiado.

—Elektra… —en mi cabeza apareció una mujer con un vestido rojo cayendo desde un séptimo piso a la piscina—. Me acuerdo de ese caso. Q se enfadó mucho más que otras veces cuando le devolví el equipo que me prestó. ¡Qué hombre más desagradecido! —dije en tono sarcástico.

—Tiene usted fama de romperlo todo, 007 —Smithers hizo gala de un humor algo apagado—. Q debería haber valorado más ese gesto.

Después de despedirme de la camarera con un guiño del ojo derecho y un poco de pena reflejada en mi cara, caminamos hacia la parada de taxis y rodamos hasta el aparcamiento del The James Royal Palm, en pleno centro de Miami. Llevaron mi maleta a mi habitación y decidí tomarme otro bourbon en la piscina mientras Smithers me citaba dos horas más tarde en el restaurante del hotel. Me desaflojé el nudo de la corbata y encendí un Dunhill de banda dorada mientras escaneaba el entorno, repleto de hombres de mediana edad con enorme barrigas y mujeres jóvenes que les embadurnaban la espalda y les ofrecían cigarrillos; la típica estampa en la piscina de un hotel para millonarios. Apenas pude ver a más de seis mujeres de avanzada edad delgadas hasta el insulto, exhalando el humo de cigarrillos largos More importados y bebiendo combinados demasiado fuertes para la hora que era.

Me trajeron el bourbon, esta vez el camarero era un hombre.

 

 

Después de tomar un baño y vestirme con un traje ligero de color beis y unos zapatos de suela blanda, limpié la Beretta y la guardé en el maletín. Lo guardé debajo de la cama y me guardé la Walter en la funda del tobillo. Si alguien entraba a husmear en mi habitación, sólo encontraría la Beretta; quizá con ello ganaría algo de ventaja. Por el momento no tenía motivos para sospechar de nadie. Subí al ascensor y bajé hasta el restaurante.

Smithers me esperaba agitando un Martini en su mano derecha. Me acerqué a su mesa y volví a estrecharle la mano. La mesa estaba repleta de comida. El agente de SMERSH parecía complacido.

—He pedido langosta gratinada, caviar de beluga, lenguado a la parrilla y ensalada de patatas —el gigante sonreía como si fuera su propio padre, orgulloso de los aciertos de su hijo.

—Vaya, parece que en SMERSH me conocen —intuí que habían estado hurgando en mi vida. Era probable que hasta supieran la temperatura con la que me gustaba tomar los huevos revueltos—. Se olvidan de un par de detalles, pero en definitiva creo que han hecho los deberes.

— ¿Nos olvidamos? —adiviné una sombra de duda en su rostro. Smithers parecía un hombre al que le gustaba tenerlo todo controlado.

—Cangrejos con mantequilla derretida acompañado de Dom Perignon, café turco dulce, vino Rotschild del 47, solomillo de buey, espárragos verdes con salsa holandesa… aún les queda indagar un poco más —dije mientras me encendía un Dunhill.

Smithers rió mostrando un pedazo de langosta metida entre los dientes.

—Reconozco que no nos hemos tomado tantas molestias, nos interesa más como desempeña usted su trabajo. Tiene usted una forma interesante de resolver sus misiones —Smithers bebió un trago largo de Martini mientras me miraba directamente a los ojos.

—Es probable que ustedes, los americanos, sean un poco más anchos de miras que algunos de mis superiores —comencé a sentirme algo inquieto. Quería saber los detalles del trabajo que me habían encomendado—. Aprecio sus palabras y consideraré oportuno no revelarlas ante M pero me gustaría que me contara, si no es mucha molestia, a quien debo ver. A quien debo meterle una bala entre ceja y ceja como si fuera un vulgar capungo*.

Smithers sonrió detrás del Martini, que no dejaba de alzarlo con demasiada frecuencia, revelando más interés por el contenido del vaso que por el plato de langosta que tenía frente a él.

—Déjeme que le cuente, pero por favor, sea discreto.

Engullí mi malestar junto a un buen trago de  bourbon; no me gustó el comentario que salió de su boca llena de langosta y dientes amarillentos. Con un tono de voz más bajo, me informó de lo que me esperaba a partir del día siguiente. Escuché con atención mientras perdía el hambre por momentos.

Tenía que matar a alguien. En la vida de un agente secreto este tipo de cosas pasan.

Smithers bebía Martini y partía langostas con sus manos como palas de excavadora mientras iba explicándome los detalles del trabajo. Cada vez más me costaba ingerir las pequeñas tostadas con caviar que iba masticando sin demasiado interés. Después de escuchar con desagrado durante un buen rato y no demasiado contento con las condiciones de la misión, me levanté de la mesa después de que me entregara un sobre con la dirección de mi víctima y algunas instrucciones concretas.

— ¿Y su nombre? —dije antes de abandonar la sala.

—Su nombre no es importante señor Bond.

Volví a mi habitación dejando al agente de la SMERSH ligeramente contrariado. Nunca en mi carrera como agente del servicio británico me habían encargado un trabajo tan sucio.

Tenía que matar a una mujer. Disparar a sangre fría  como si no pasara nada.

Me quité la chaqueta y la dejé encima de la cama. Me aflojé los cordones de los zapatos y me desabroché el nudo de la corbata y los puños de la camisa. Exhalando humo de color azul recliné la cabeza en la butaca de la suite y pensé que quizá sí que debería sentirme como si fuera un vulgar capungo.

bond birras

2

 

Un Chrysler Imperial me esperaba frente a las puertas giratorias del James Royal Palm. Me senté frente al volante y conduje por las avenidas de Miami Beach hasta llegar a Ocean Drive, la calle más famosa de la ciudad. A decir verdad aquel asunto comenzaba a oler un poco mal; un Chrysler de color negro brillante para conducir hasta la calle más importante de la ciudad… todo aquel asunto no hacía más que levantar mis sospechas. La ausencia de discreción era latente. Estaba seguro de que alguien quería romper con la discreción que acompaña al trabajo de un agente secreto. Alguien que deseaba situarme en el punto de mira. Enseguida consideré a Smithers un traidor, aunque… ¿Qué le había motivado a engañarme de aquella manera tan infantil? ¿Quién lo estaba utilizando? En unos minutos mi cerebro comenzó a disparar hipótesis en torno a aquel curioso asunto. Cogí el vuelo hacia Miami porque M me lo había ordenado. Volé durante más de ocho horas considerándolo un trabajo. No entendía el porqué de todo aquello. Sólo quedaba una posibilidad a tener en cuenta.

Smithers no era un agente de la SMERSH.

Quizá trabajaba para alguien que no quería revelarse. Alguien que quería verme fuera de juego. Estaba tomando conclusiones demasiado precipitadas, pero no del todo erróneas. En mi trabajo era fundamental ser algo paranoico.

Era consciente de que tenía muchos enemigos. Había matado a varios de ellos aunque siempre me quedaría SPECTRA.

Aparqué frente a la dirección indicada y entré en el café que había junto a la entrada principal. Me senté y pedí un café, sin más. Encendí un Dupont. Necesitaba detenerme y pensar un poco. La mayoría de mis misiones eran para proteger un bien común, ciudades, países, el mundo entero. Me enfrenté a enemigos que querían adueñarse del mundo, dictadores que vivían en mansiones de lujo y tenían gustos muy caros. Ahora alguien quería eliminarme del mapa. Sin más. Alguien que se sentía amenazado con mi sola existencia. No sabía si sentirme halagado.

Estaba claro que aquel misterioso personaje sabía de mis andanzas. Sabía que si me mataba me eliminaría de todas las futuras ecuaciones en las que la integridad del mundo entero se vería amenazada. Ecuaciones escritas por un matemático chiflado. Un magnate que utilizaba su dinero a modo de maza aplastante. Bien, ya tenía algo a lo que agarrarme. Si en todas las trifulcas en las que me vi metido me enfrentaba a gente poderosa, estaba claro que quien quería que desapareciera era uno de ellos. Me vino a la memoria Goldfinger. Uno de aquellos empresarios que no dudaba un instante en eliminar vidas para salirse con la suya. Lo malo es que hace dos años que murió… o al menos, eso era lo que suponía.

Nadie vio su cadáver. Ni tan sólo se celebró su entierro. Por eso M me advirtió de que es probable de que quizá apareciera de nuevo.

Sabía que estaba totalmente arruinado; perdió todo su oro en Fort Knox. Quizá se trataba de venganza. Aquella opción siempre encajaba cuando se hablaba de poder y fracaso. Los poderosos comenzaban a ser previsibles, aunque sus métodos fueran extremadamente peligrosos.

Terminé la taza de café y apagué el tercer cigarrillo. Dejé un billete de cinco dólares en la mesa y me levanté. En la calle torcí hacia la izquierda y me paré frente a la entrada principal. Las instrucciones eran claras; subir hasta el tercer piso y entrar en la segunda puerta gracias a la llave que se me proporcionó. Esperar hasta media tarde y liquidar a quien fuera que entrara por la puerta. Parecía un trabajo fácil. Demasiado. Por eso me daba tan mala espina.

En mi carrera como agente secreto había tenido situaciones de todo tipo. Había sido tiroteado, engañado por mujeres de escote demasiado pronunciado y gatillo fácil, golpeado decenas de veces por esbirros con menos cerebro que el interior de una tetera… no tenía por qué preocuparme. Era capaz de seguir manteniendo la misma sangre fría de siempre aunque, por una vez suspiré por no tener que enfrontarme a otra mujer sin escrúpulos. Otra asesina a sangre fría que se sintiera interesada por lo que escondía debajo de aquel traje de Tom Ford.

Esperé a entrar cuando una mujer de mediana edad salió del edificio. Me repasó con la mirada y sonrió ligeramente. Debajo de su abrigo de visón escondía un cuerpo delgado, consumido por una vida de lujo y escasa comida. Las mujeres ricas comían poco. Curiosa paradoja. Sin devolverle la sonrisa y bajando la vista entré en el ascensor maldiciéndome por no haber sido más discreto; por el momento la policía ya tenía a un sospechoso en el caso de que aquella mujer declarara y eso era algo que M odiaba.

—No quiero que la policía de ningún país vuelva a llamarme la atención –me recriminó M hacía tres años sentado en su sillón de piel negra—. Para eso es usted un espía, ¿cierto? El estatus doble cero va totalmente ligado a la discreción. No se tome su trabajo como si fuera un asesino a sueldo. Es usted mucho más que eso.

El ascensor se detuvo en la tercera planta. El silencio envolvía el pasillo. La oscuridad era casi total. Caminé hasta la segunda puerta y me metí la mano en el bolsillo. Antes de introducir la llave en la cerradura empuñé la Beretta y entré dentro.

Cerré detrás de mí con la brusquedad que en ocasiones, acompaña al silencio; nadie tenía porqué enterarse de mi llegada. Tal y como me había informado Smithers, el piso estaba vacío. Recorrí el pasillo hasta llegar al comedor. En la oscuridad recorrí la estancia evitando las ventanas que daban a Ocean Drive. Cerré las cortinas y me senté en una butaca Chester de color negro. Con las yemas de los dedos recorrí la superficie de piel de vacuno, sintiendo el cuero suave como si fuera la primera vez que me sentaba en un mueble de aquellas características. Me recordó al sofá que tenía en mi apartamento de Chelsea Square. Por un momento quise estar en casa, tomando bourbon en la oscuridad. Estaba un poco cansado de tanta acción; los dos últimos años había sido demasiado intensos, y eso también incluía el trabajo de oficina. Demasiadas horas alejado de mi mismo; el trabajo me estaba convirtiendo en alguien que cada vez conocía menos. Frío, calculador, pesimista; el mundo me estaba esculpiendo como una roca descendiendo por una ladera.

Me levanté y busqué algo para beber. Estaba tomando demasiado alcohol, demasiados cigarrillos, demasiadas mujeres. Dejando de lado a la muerte, que me rondaba una media de tres o cuatro veces al año, el vicio era lo único que me mantenía vivo. Golpear a tu adversario te ponía alerta, tensando los músculos sentías que eras un cuerpo vivo, en acción, pero la adversidad era tan frecuente en mi vida que ya estaba demasiado acostumbrado a ella.  Nunca tuve miedo al dolor, así que una buena pelea no alteraba demasiado mi estado anímico aunque tuve que reconocer que la adrenalina me completaba cuando entré a trabajar para el MI6. De no haberme convertido en agente es probable que me hubiera decantado por el boxeo. En Eton había golpeado algunos cuerpos en combate. Me gustaba bailar moviendo los brazos, hacer fintas, esquivar los golpes predecibles de los compañeros que no se molestaban en cambiar de táctica… cuando uno es demasiado joven, la vida  extiende las manos y te muestra lo que esconde sin que te percates de sus peligros.

Encontré una botella de Cutty Sark medio vacía; otra vez estaba viendo la vida por el lado negativo. Llené un vaso y me senté en la semioscuridad que me confería la estancia. Encendí un cigarrillo y pensé en la camarera del aeropuerto. Era una chica demasiado joven para mí, pero estaba claro que le había caído en gracia. De camino a Londres trataría de hacer una parada en algún hotel. Necesitaba sentirla junto a mí; la vida se me estaba haciendo un poco monótona. Acostarme con una chica recién salida de la universidad quizá me haría recordar tiempos mejores. Exhalé algo de humo y esperé a que mi víctima hiciera acto de presencia.

 

 bond andress

3

 

El ruido de una llave hurgando en la cerradura puso mis sentidos alerta. La luz de la escalera iluminó el pasillo en cuanto una figura femenina entró en el piso. Piernas largas, caderas de violoncello, pelo largo hasta la espalda. El olor a humo de los Dunhill me delató. Se detuvo al final del pasillo, justo en el marco de la puerta que la conducía a su propio salón. Abrió la luz, descubriéndome sentado en su butaca. Bebiendo de su whisky barato. Esperándola para matarla. Trató de disimular su sorpresa dejando el abrigo de pieles encima de un sillón y dirigiéndose al mueble bar.

—Espero que no se lo haya terminado todo —su voz era suave, casi infantil —. Es la última botella que me queda y no me apetece volver a bajar.

La estudié en silencio. Era alta, elegante, extremadamente bella. Smithers me advirtió de la crueldad que escondía debajo de aquel rostro aniñado. Se sirvió un vaso y caminó hacia mí. La apunté con la Beretta. Me miró a los ojos mientras sacaba un cigarrillo; estaba claro que estaba acostumbrada a aquel tipo de situaciones. De todas formas algo había en ella que delataba una ligera inquietud, ¿sabía a qué había venido? Por lo menos lo intuía, así que aprovechaba el momento, arrastrando mi voluntad con el contoneo de sus caderas.

Me levanté y nos miramos desde muy cerca. Era mucho más bella a dos centímetros de mi cara. Me olió en silencio. Hundí el cañón de la Beretta en su estómago presionando suavemente su vestido rojo. Quería besarla; era extremadamente sensual.

—Y bien, ¿a qué debo el placer de su visita, 007? —su voz ocultaba el temor que se alojaba en su interior.

Sonreí ante la clarividencia de su pregunta.

—Está claro que me conoce.

Su risa llenó la estancia. Era clara, fresca como una cascada.

—Otro me habría disparado antes de que recorriera el pasillo, pero es bien sabida su fama por conquistar a mujeres hermosas, señor Bond.

La besé con brusquedad y ella se dejó hacer. La dulzura de sus besos no consiguió que dejara de apretarla con la pistola. Se le escapó un pequeño gruñido.

— ¿Está seguro de que tiene que apuntarme con esto continuamente?

Sin fiarme demasiado de sus intenciones me guardé la Beretta en la sobaquera y la cogí fuertemente por la cintura. Ella me rodeó con sus brazos y la pasión nos condujo hacia el dormitorio. Estaba claro que me estaba conduciendo a su trampa. Se quitó el vestido y se metió debajo de las sábanas.

La dejé hacer.

—Dejemos para más tarde lo que ha venido a hacer, ¿le parece? —un mechón de pelo le tapaba media cara.

Mientras me quitaba la camisa le pregunté su nombre. No quiso decírmelo. Smithers sólo me había dado una fotografía y una dirección. Me había tratado como si fuera un sicario, pero nunca hubiera pensado que mi víctima era una mujer tan astuta. En algún momento trataría de clavarme un cuchillo por la espalda o me dispararía. De todas formas cedí ante sus deseos y me lancé a otra aventura con una jovencita extremadamente sensual. La seguridad que había esculpido gracias a mi entrenamiento y las múltiples misiones a las que el MI6 me había encomendado me hicieron sentir seguro de lo que hacía. Podría mitigar sus intentos de terminar conmigo, pero… sabía que tendría que matarla.

Por un momento pensé en no hacerlo. Dejarla escapar, hacer el amor con ella y salir de aquel piso forrado en moqueta. Antes de hacer nada, me levanté; había olvidado el whisky. Mis pies descalzos caminaron hacia el salón, donde recogí los dos vasos y el paquete de Dunhill. Cuando volví me estaba apuntando con mi pistola.

—Vaya señor Bond, por lo visto han cambiado las tornas —sus ojos estaban demasiado abiertos y su boca trazaba una sonrisa que mostraba el collar de perlas de sus dientes.

Sonreí y dejé los vasos en la mesita de noche.

—Sabe usted mejor que yo, que tarde o temprano voy a caer en su telaraña, señorita…

— ¿Me cree tan estúpida de decirle mi nombre? Ya me lo ha preguntado antes –llenó su dormitorio con el dulce sonido de su risa —. Creo que va a tener que contentarse con probar el sabor de mi cuerpo.

Con la Beretta aún en su mano me metí debajo de las sábanas y la besé de nuevo. Me estaba volviendo loco. Estaba bajando la guardia a un nivel que M nunca me permitiría. De hecho, el jefe de la MI6 nunca me recomendó que me acostara con nadie dentro del horario de trabajo. Una vez más desoí sus consejos y la besé con pasión. Oí el ruido de la pistola caer en el suelo. Aquella chica también había bajado la guardia; era más que probable que se estuviera confiando pero, no me daba ningún tipo de confianza, ¿cuántas cartas tenía escondidas debajo de la manga?

Estuvimos casi dos horas arrugando las sábanas, dando forma a la pasión mediante el intrincado laberinto de nuestros escarceos sexuales. Dos enemigos besándose en la boca, paladeando el pacto que ondeaba la bandera blanca como dos jóvenes enamorados entre las cuatro paredes de su apartamento. Olvidé quien era. Olvidé a que había venido… cuando miré las dos lagunas de sus ojos, me acordé de mi cometido. Me odié a mi mismo por ser quien era. Estirado en la cama, besando aquellos labios deseé no ser un agente secreto, un asesino con los zapatos lustrosos y un Bentley coupé metido en el garaje.

Volví a besarla para olvidarme por completo de mi mismo y me golpeó en la cabeza.

Conseguí olvidarlo todo hasta el punto de perder el conocimiento.

Decididamente, había caído en su trampa.

 

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4

 

Atado en una silla, totalmente desnudo, me recordé una vez más a mí mismo, que no debía fiarme de las mujeres bonitas. Aquella mujer había conseguido bajarme la guardia. Me sentí extremadamente mal; un torpe. Un animal irracional que sólo buscaba el sexo ocasional y la ingesta de licores nefandos. Ya me había ocurrido en otras ocasiones. Destrozaba coches, las mujeres que me habían amado terminaban en un ataúd; no era el agente frío y calculador que muchos pensaban. Los trajes caros y la suerte en el juego no jugaban a mi favor. No se es alguien por lucir ropa hecha por un sastre.

Ella llevaba un camisón transparente y fumaba otro de mis cigarrillos. En la mano izquierda tenía la Beretta. Me sangraba la nariz. Bebía a tragos rápidos, apurando el contenido del vaso como si hubiera agua en lugar de whisky.

—No creía que fueras tan ingenuo —el tono de su voz era puro sarcasmo—. Te enseño mi cuerpo desnudo y te pierdes… ¿acaso es la primera vez que ves una mujer de verdad desnuda?

Escupí sangre en el suelo. Sentí su sabor en mi boca. En realidad estaba saboreándome a mí mismo.

—Mientras estabas inconsciente te he dado un buen par de golpes. Me gusta ensayar el gancho con un viejo saco de boxeo.

Otra vez. Su risa aniquilaba el oxigeno de la habitación.

—Estás empezando a ser un poco cargante —escupí algo de sangre en el suelo —. Y lo sabes.

Sonreí enseñándole los dientes manchados de rojo. Me sentía un ser sucio en comparación con ella. Sus largas piernas cruzadas encima del Chester. El rojo de sus uñas en consonancia con los esputos que salían de mi boca. Tensé los músculos para aflojar el nudo. Moví las muñecas mientras la miraba con desprecio. Tendría que haber sido más cuidadoso. Tenía que matar a aquella mujer por dos motivos. El primero, porque M me lo había encomendado. El segundo, nadie podría saber nunca como me habían noqueado de una forma tan ridícula.

Por suerte la madera de la silla no era demasiado resistente. Escuché un primer crujido mientras ella fue a por hielo para servirse otro whisky. Cuando volvió traté de disimular bajando la cabeza. Simulando estar derrotado.

Me pegó otro puñetazo en cuanto volvió al salón.

— ¡Tú sí que sabes cómo entretener a una dama! —sólo pude ver sus dos grandes pechos agitándose por la inercia del golpe.

Caminó hasta el dormitorio y cogió mi cartera. Volvió a estirarse en el Chester y con mi cartera en la mano comenzó a desperdigar mi documentación por el suelo. El carnet de conducir, la licencia doble cero… mi vida en fundas de plástico formando una alfombra legal en el suelo. No le di el gusto de pronunciarme al respecto.

Seguí con mi tarea de aflojar el nudo.

Buscaba un momento de distracción para atacar.

Con la piel desnuda bajo la luz de una lámpara estilo rococó.

Con la fuerza de mis brazos y la ridiculez de mis testículos bailando al son de la violencia de género.

Traté de distraerla mostrándome disconforme mientras mis carnets iban cayendo por el suelo y la pitillera se iba vaciando por momentos. Llenó de nuevo la sala con el dulce trinar de sus carcajadas. Seguía teniendo ganas de hacerle el amor; arrancarle el camisón a dentelladas y poseerla encima de la moqueta. A pesar de ser mi enemiga, quería poseerla con todo lo que tenía.

Pero mi vida corría peligro.

Estaba seguro de que la siguiente bala que saliera de la Beretta entraría directamente en mi cabeza. Decidí hablar con ella. Averiguar quién era. Conocer el verdadero motivo de su actitud.

Le pregunté.

Una lluvia de puñetazos cayó directamente sobre mi cara. No quería revelarme quien era, pero tenía una mirada muy parecida a la del empresario Auric Goldfinger. Decidí tirar una carta al azar. Quizá fueran parientes.

— ¿Qué tal tu padre? —el sarcasmo afloró en la entonación de la voz —. ¿Consiguió salir con vida de la caída mortal? La última vez que lo vi salía despedido por una ventanilla de su propio avión debido al vacío que provocó en el interior disparando su Lugger de oro puro —me reí para simular el forcejeo de mis muñecas contra las cuerdas. —Pereció víctima de sus propios juguetes.

Me reí con más fuerza. Esta vez era yo quien mitigaba el olor de su risa, el olor acre a tabaco y whisky barato llenándolo con mis carcajadas.

Con la risa de un asesino a sueldo pagado por el gobierno británico.

En definitiva estábamos jugando a lo mismo.

En el momento en el que se echó encima de mí y me clavó las uñas en las cuencas oculares aprecié el poder de mis palabras; había dado en el clavo. Aquella mujer cuyo nombre no me importaba se apellidaba Goldfinger o había tenido una relación muy cercana con el empresario. Con un último esfuerzo y con la cara teñida de rojo por mi propia sangre me liberé de las cuerdas quebrando la madera de la silla y rodamos por el suelo.

Esta vez no había amor en la violencia de nuestros movimientos. Jugamos una partida de ajedrez con nuestras pieles. Me desgarró parte de la oreja izquierda. Trató de arrancarme un ojo con sus uñas mientras la pistola se deslizó debajo del Chester. Me puse encima de ella, la cogí por las muñecas y me escupió en la cara. Me maldijo con la mirada. El brillo del deseo quedó substituido por una sentimiento de puro odio.

Me costó un par de minutos tenerla quieta. Desplacé todo el peso de mi cuerpo contra sus muslos y con las manos la agarré fuertemente por las muñecas. Se contorsionaba como una serpiente. No tuve más remedio que darle un cabezazo para que se estuviera quieta. Mis ojos lloraban sangre. El ojo derecho estaba más hundido que el izquierdo. Con la mirada perdida inclinó su cabeza hacia la izquierda. De poder denominar de alguna forma aquel estado de inactividad, la palabra inconsciencia sería la más apropiada. Me levanté, dejando aquel cuerpo enfundado en un camisón transparente con los brazos en cruz. Le tomé el pulso. Seguía viva. Caminé hasta el baño y me lavé la cara. Sólo podía ver por un ojo. Hundí con la yema del dedo índice el ojo salido; no era la primera vez que lo hacía. Gruñí. No pude evitarlo. En la habitación me puse los pantalones. Mientras abrochaba los botones de la camisa contemplé su cuerpo mientras me quemaban los ojos. Estaba más que acostumbrado al dolor. Su cuerpo se dibujaba en la moqueta. Qué hermosa joven. Una princesa sin nombre viajaba hacia ninguna parte en el laberinto de la inconsciencia.

Me abroché los zapatos. Busqué la Beretta debajo del Chester. Comprobé el estado del cargador y encendí un Dunhill. Tenía que matarla. De no hacerlo volvería a por mí de nuevo. Luego tendría que encargarme del falso contacto. Smithers era un traidor. Un traidor poco astuto. ¿Tan importante era una venganza personal para perder el empleo? Quizá ya lo había perdido. Se había pasado al bando contrario. Había sido seducido por la hija de Auric Goldfinger para matarme.

Menudo plan. Digno de una mente infantil y vengativa.

Apuré el cigarrillo y me hice el nudo de la corbata. Recogí mi documentación y la volvía a guardar en la cartera. Me serví un último vaso de Cutty Shark. La amargura del whisky bajó garganta abajo. Me tapé el ojo derecho con la mano. Teñí la palma de rojo. Aquella mujer tenía mucho carácter. Busqué un pañuelo para secarme las gotas que rodaban por la cara. Las interceptaba antes de que manchasen el traje.

El cuerpo humano tiene arreglo. Las manchas de sangre en los trajes de Tom Ford, no.

Me sentía furioso, pero no con ella, sino conmigo por aceptar el trabajo en el MI6. Quince años de servicio a la corona para terminar matando a jóvenes vengativas. No había estudiado en Eton para eso. No había recibido clases de boxeo ni me había enfrentado a los rusos para que casi me sacara un ojo la hija de un empresario sin escrúpulos. Pero así era la vida. No había más.

Sólo quedaba apretar el gatillo y salir de aquel apartamento.

Cogí uno de los cojines del Chester y lo apreté contra su cara. Apunté en el centro del dibujo bordado que me miraba a los ojos. Un ridículo Collier de color blanco sacaba la lengua. Le metí la punta de la pistola en la boca. Quería destrozar algo bonito. Quería ver arder el mundo.

Apreté el gatillo y el cuerpo de la joven quedó en un estado de relajación perpétua.

Una mancha de color rojo se esparcía por la moqueta como una plaga de cucarachas en un país tercermundista. El estruendo podría delatarme. Disparé sin cuidado, sin silenciador. A quemarropa.

Me levanté y salí a paso rápido del apartamento sin pensar en las huellas dactilares.

Corrí escaleras abajo con la mano sosteniendo un pañuelo lleno de sangre. Llegué al hall y contemplé mi reflejo en un espejo de marco dorado. No vi a James Bond reflejado en él. No vi a un hombre apuesto educado en Eton. No vi a un sibarita con trajes hechos a medida.

La imagen de un vulgar capungo me miraba desde el otro lado del espejo.

 

*Capungo: asesinos a sueldo mexicanos que matan por cantidades irrisorias.

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La flor del dolor

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Relato de Judith Bosch

-¿Ves estas marcas? -dijo la señora Asín, señalando una gran lápida cubierta de estrellas grabadas -. Cada una de estas marcas simboliza la pérdida de un alma; no la pérdida de un cuerpo, que es lo que todos venimos a llorar aquí, me refiero a la pérdida de un alma, la pérdida de lo mejor que tenemos, lo único que nos puede hacer libres.

Fadwa deslizó su mano por aquel firmamento de piedra. Luego levantó la mirada y la dejó extendida como una sábana sobre el fatigado rostro de su madre.

-Todos los que aquí están representados han desaparecido. Todos han desaparecido en cuerpo y en alma. Un día no quisieron acompañarse más en el dolor y fueron a quitárselo, y se perdieron en los brazos del bosque con la mirada vacía y la boca reseca, en busca de la flor mágica, Fadwa; ésa que todos en este pueblo conocen de oídas,  la flor del dolor.

Fadwa había escuchado hablar de la flor del dolor. Los aldeanos aseguraban que todo aquel que mordía sus pétalos se quedaba en el bosque para siempre.

-Prométeme que pase lo que pase no acabarás aquí -continuó la señora Asín -. Prométemelo, Fadwa. Ahora estamos solas tú y yo y tenemos que ser fuertes.

Fadwa asintió en silencio y le tendió la mano. Las dos regresaron hacia el desfile de telas blancas, los errantes enlutados que se detuvieron frente a una tumba recién puesta: la tumba del padre, esposo y bien amado señor Asín.

Después de recibir todos los pésames oportunos, madre e hija se metieron en un coche conducido por el tesorero de la familia. Tenían mucho que hacer. Faltaba una semana para que la señora Asín se casara con el hermano del difunto; debían ultimar preparativos y entre tanto llorar las lágrimas que quedaran, para que el corazón no se pudriese.

El matrimonio se celebró en la fecha acordada, con una ceremonia muy austera y la presencia de algunos familiares. Ese mismo día el señor Keled Asín, hermano del difunto, se trasladó a la casa donde vivían Fadwa y su madre. Contrariado por no contar con una esposa virgen con la que celebrar una noche de bodas a su gusto –y al gusto de Dios-, exigió educadamente la compañía de la joven Fadwa. La señora Asín aceptó, empujada por el miedo no infundado a que Keled la repudiase.

-Dios nos ha hecho mujeres, cariño, y tenemos que aguantar. Si nos repudian, nos quedaremos en la calle a merced de la misericordia de las gentes de este pueblo -dijo la madre a Fadwa mientras secaba sus lágrimas y acariciaba su pelo.

-Pues viviremos de la misericordia, madre -contestó la pequeña.

La madre le pellizcó la barbilla y le dio un beso en la frente.

-No sabes lo poco misericordiosa que es la gente con las mujeres repudiadas.

Después la abrazó, con cuidado, como si estuviese abrazando un pájaro herido.

Keled esperaba detrás de la puerta.

La señora Filiz Asín y Fadwa conocían bien las perversidades del hermano gemelo del señor Asín. Incluso la anciana y difunta Imtithal, la madre de los dos hermanos, había advertido a Filiz del peligro que suponía para ella casarse con Kadin Asín, el hermano más débil, ahora el difunto esposo.

Kadin Asín era un hombre bondadoso y muy delicado de salud. Keled, sin embargo, potenciaba su tremenda maldad con una robustez de roble y una capacidad nunca vista para recuperarse de cualquier afección.

-Si Kadin muere antes que Keled, ya sabes lo que ocurrirá contigo y con los hijos que engendréis -advirtió la abuela.

Pero las cartas ya estaban echadas. Ahora Filiz y Fadwa no tenían otro remedio que soportar las fatalidades del destino.

Y así hicieron.

Durante meses curtieron sus cuerpos y sus sexos de golpes y humillaciones.

Madre e hija tragaron tantas lágrimas que sus corazones empezaron a pudrirse en el pecho, y cada vez que tosían se quedaban con un trozo de corazón en la palma de la mano.

Los ojos de las dos se marchitaron y ya no distinguían colores ni formas; ya dejó de importar que el cielo estuviese azul, o negro, o cubierto de nubes. Ni que los almendros enseñasen sus primeras flores. Madre e hija no veían. También empezaron a dejar de escuchar, de modo que los cantos de los pájaros y los insultos del señor Asín acabaron metidos en la misma bolsa rota.

Las dos mujeres fueron convirtiéndose, poco a poco, en dos sombras enjutas que moraban por los pasillos como fantasmas. Aprendieron a vivir sumidas en un sueño espeso, en el que el tiempo hubo perdido toda vinculación con la felicidad y la tortura.

Una mañana Fadwa encontró a su madre muerta, tendida a los pies de Keled.

El hombre, desesperado, la pateaba y gritaba: “¡No te puedes morir! ¿Qué hago ahora con estas legumbres? ¡Tu hija es tan mala cocinera que haría vomitar a una alimaña! ¡Levántate! ¡Vamos! ¡Arriba!”.

Fadwa se apoyó en la pared, y se dejó caer, invadida por un estremecimiento que convirtió su cuerpo en un amasijo inerte de metales carcomidos.

Encogida en el suelo, ante la mirada mezquina del asesino de su madre, sintió una pequeña punzada –un pequeño pellizco- en el minúsculo pedazo de corazón que aún no había sacado por la boca.

Todos los meses de encierro le cruzaron la frente: el dolor que hundió sus costillas hasta convertirlas en finos alambres, hilos conductores del miedo; La necesidad de huir del cuerpo y dejar la piel atrás, como una serpiente que muda su espanto; la urgencia de morir en vida, asfixiar los latidos del propio corazón.

“Tengo corazón”, pensó. “Tengo corazón, tú aún no me lo has quitado”.

Repentinamente una descarga eléctrica la convulsionó entera y sus brazos y sus piernas se convirtieron en rígidos e indestructibles hierros incandescentes.

Sus ojos se encendieron.

Sus dientes chirriaron hasta producir chispas, y de las mandíbulas de acero empezaron a emerger ríos de espuma amarga.

El señor Asín fijó la mirada en el rostro desfigurado de la pequeña Fadwa, ahora monstruosa Fadwa, y caminó hacia atrás, lentamente, con los labios trémulos y la tez pálida.

Fadwa se fue incorporando poco a poco, estudiando la anatomía del asesino como la leona que examina a su presa.

Cuando Keled derramó sobre el suelo la última gota de sangre, exhalando toda su maldad en un aliento hediondo como el caldo de azufre, la bestia se colocó en pie sobre su cuerpo, alzó la vista al techo y arrancó de su garganta un aullido aterrador como pocos se han oído en este mundo.

Saltó luego hasta las piernas de la mujer muerta. Las olisqueó como si fuese una jabata buscando un hilo de vida bajo la carne. Las lamió, y siguió el rastro de las heridas hasta el pecho hundido, y allí, entre lametones y rugidos, vació en un llanto espeso como el alquitrán, los vestigios de humanidad que le quedaban.

Apenas dos horas después, corría por el bosque a cuatro patas, espantando a cualquier ser viviente que se cruzara en su camino.

Seguía el rastro de un perfume, un perfume que jamás hubo percibido antes- no siendo humana-, un perfume que estallaba en su hocico a modo de latigazo y convertía su estómago en una bola de fuego.

Terminó de perseguir el rastro en lo más profundo del bosque, a los pies de una flor de tallo grueso y duro y suaves pétalos tornasolados.

Pasó la piel de la cabeza por los pétalos hasta derretirse de caricias, dejando pender, del hocico embriagado, finas hilachas de un líquido blanco y pegajoso.

Y mordió la flor.

Cuando no pudo más con la excitación, mordió la flor lascivamente. Y engulló uno a uno, con fruición, todos los pétalos.

Y dejó a la flor sin pétalos.

Entonces comenzó a mordisquear el tallo, sintiendo cómo dentro del cráneo burbujeaba una papilla espesa, y su tráquea se expandía hasta reventar las arterias del cuello.

Comió y comió.

Hasta dejarla sin tallo.

Entonces escarbó en la tierra, en busca de la raíz tierna y jugosa. Y mientras el cuerpo tiritaba, fue comiendo de la raíz con bocados frenéticos. Escarbó y comió hasta acabar con el último pedazo de raíz y un hoyo gigantesco se abrió bajo sus patas.

Abajo, tumbada e inmóvil oyó unas pisadas que se aproximaban, luego una voz dulce y musical.

-¡Ya estás aquí! Llevo tanto… tanto tiempo esperándote.

La bestia pudo distinguir la sombra de una muchacha.

-No lo sabes, ¿verdad? No sabes quién soy -susurró la muchacha desde la penumbra.

La bestia no pudo emitir ningún sonido, ni siquiera un gruñido apagado.

-Cada vez que perdías un pedazo de corazón -continuó la muchacha -yo me hacía más fuerte, más sólida, más visible. Hasta que empecé a pensar, a hablar conmigo misma. Entonces supe que el tiempo para encontrarnos se hacía más corto. Por eso aguanté la espera, la abrumadora espera, porque sabía que cada día tu corazón se iba volviendo más pequeño, y el mío, en cambio, más grande y refulgente. ¡Esperándote! ¡Qué paradoja! Esperándote en angustiosa soledad mi corazón se hacía más fuerte. Fue tan relajante para mí sentir cómo vibraba tu último pedazo de corazón, cómo se sacudía, cómo estallaba, igual que una estrella a las puertas de la muerte, con todo el brío y la magia de una estrella. Oía el crujido de las hojas bajo tus pisadas, oía tu respiración fuerte, ansiosa…, casi podía sentir el deseo que prendía en la carne misma de tu hocico, casi podía sentirlo, y estremecerme. ¡Oh! ¡Dios! Cuando mordiste el primer pétalo… ¡No sabes cómo se sacudió todo mi cuerpo! ¡No sabes de qué manera se me erizó la piel! ¡Cómo temblaba! Más y más a medida que ibas comiendo, saciando tu hambre, hundiéndote hasta mí… Y ya estás aquí, por fin, ya has comido. Y mírame ahora, soy yo… soy tú. Tan real y tangible como lo fuiste algún día, como lo fuimos algún día.

Los ojos de la bestia se apagaban poco a poco.

La muchacha se acercó al animal y se arrodilló.

-No sufras, no sufras más, ya no hay dolor, ya no. Ahora estamos juntas. Para siempre.

Se inclinó y besó el hocico de la bestia.

La bestia la contempló en un último intento por mantenerse despierta. Aquel rostro le era tan familiar, tan conocido, tan suyo…

Sí, esa fue ella en otro tiempo, ya muy lejano, o al menos eso le habían dicho las mentirosas pieles de los espejos.