Autor en .

Publicada en

Henry. Capítulo 5

file7891338867520 (1)

Texto de Ricard Millàs

Casi cada noche se despierta hacia las cuatro de la madrugada. Se levanta, bebe un poco de agua y se pone a leer. Normalmente poesía; Henry necesita las palabras de algún poeta muerto para que le cierren los ojos y lo transporten al mundo de los sueños. La falta de actividad se convierte en desvelo. Cada noche. A la misma hora. Pero esta noche no tiene ganas de leer, ni tampoco de masturbarse. La masturbación también le ayuda a coger el sueño. El onanismo se nutre de imágenes mentales, fantasías en HD dentro de la cabeza que fustigan los bíceps y liberan toda la carga mental en un fluido parecido al champú barato de supermercado. Algunos lo llaman milagro, otros simplemente lo usan a modo de somnífero. El hombre utiliza el sexo a su antojo.

Henry piensa en salir a correr por las mañanas o fornicar con princesas judías cada noche para poder dormir del tirón. Lo primero es más factible pero mucho menos placentero. Los deportistas sienten como las puertas del cielo se abren cuando están a pleno rendimiento, los actores porno experimentan algo parecido cuando eyaculan junto a tres mujeres siliconadas. Caminos distintos con un resultado parecido. La ecuación de la vida parece tener su punto de lógica.

Mañana se apuntará a un gimnasio, para cansarse lo suficiente como para poder hacer surf toda la noche en las playas de Morpheo. Quizá se ponga cachas y las chicas se le tiren encima por la calle, aunque, ¿y eso que más da? Henry tiene una medio novia, alguien que está interesada por él. No puede creérselo.

Henry sonríe a oscuras mientras se baja el pantalón del pijama. Al final se ha rendido al placer del onanismo. La noche es el oscuro pasadizo que te lleva a los brazos de un dios atiborrado de somníferos.

Publicada en

Henry. Capítulo 4

IMG_2526

Texto de Ricard Millàs

Se despierta la mañana entre sábanas arrugadas. Henry tiene un cuerpo desnudo a su lado. Despertarse con un precioso trasero reflejando los rayos del sol es un buen comienzo. Besa una de las nalgas. Se tiene que ir a trabajar. Es una pena desperdiciar todo ese poder. Al abrir la luz del baño y mirarse en el espejo se da cuenta de que está sonriendo. Una bonita curva dibujada en la boca se antepone entre su cara y su habitual estado de ánimo. A Henry la vida siempre le ha parecido una sucesión de hechos que se repiten. Levantarse, trabajar, llegar a casa y tratar de hacer algo que no le suponga un esfuerzo mental demasiado grande. Pensar poco. No ahondar en sus oportunidades perdidas. Obviar al fracaso mediante la supresión de recuerdos.

Sale a cuenta sustituir pensamientos negativos por algo de positividad; siempre hay algo bueno que hiciste en tu vida.

En mitad de la ducha le entra jabón en los ojos. El mundo es ahora oscuridad y un picor terrible. Su realidad en estos momentos es dolor y saltitos en la bañera. Un resbalón puede llegar a ser mortal. El jabón es un asesino despiadado que no tiene clemencia. Ni tan siquiera ante un inocente pusilánime como Henry. Cuando las aguas vuelven a calmarse dentro de la ducha y dentro de sus ojos, sale con una toalla envuelta en la cintura y regresa a la habitación. Esther sigue durmiendo. Esther es un ángel con las alas cortadas que le enseña el culo a Dios. Si el todopoderoso no se digna a contestar a sus fieles en los tiempos que corren, algunos tratan de llamarle la atención mostrándole la parte más hermosa de su cuerpo. Aunque sea inconscientemente. Un buen trasero puede ser la redención de su alma. Esther no lo sabe porque es atea, pero le está dando buenas razones al Dios de los cristianos para impartir un poco de justicia infinita hacia sus feligreses. Dios existe y fuma puros. Dios es heterosexual y un tanto remilgado, pero no puede negar la evidencia; un buen culo es un buen culo.

Henry no quiere despertarla ni tampoco desea dejar de contemplar la obra de Dios, así que se viste en silencio y sale de la casa sin hacer demasiado ruido. En la calle la gente se agolpa para llegar puntual a sus cubículos y poder cobrar dinero trabajando lo menos posible. En la calle el sol se refleja en los capos de los coches que llenan el aire de veneno en pequeñas dosis. Henry enciende un cigarrillo y puede verlo todo; caras alegres que silban alguna melodía olvidada, rostros serios que no saben tomarse la vida como una broma cruel.

El mundo sigue girando un jueves por la mañana.

Al llegar a su trabajo se pone el uniforme. Un ridículo traje barato con el emblema de la empresa grabado en la corbata. Parece lo que es, un triste empleado en una tienda de muebles de alta gama. Henry no tiene interés en su empleo y sus compañeros lo saben. Sobre todo su supervisor. Ricardo lee a Kerouac con casi cuarenta años y se pavonea delante de sus subordinados de ser un hombre sabio y un gran lector. Henry se leyó On the road cuando tenía diecisiete años y le daba  a la hierba y a los vinilos de Dixie de su padre.

Literatos de tres al cuarto que coinciden en los trabajos menos agradecidos.

Vender productos de lujo es un trabajo horrible. La gente con mucho dinero te pone en tu lugar. La gente con mucho dinero te mira como si midieras un metro y medio y no tuvieras nada importante que decir. Por lo visto comprar a golpe de talonario les hace sentir semidioses.

Henry detesta su trabajo y quiere hacer el cambio. Por eso aceptó una entrevista en una librería céntrica, para poder cambiar de escenario y estar rodeado de libros. Henry adora la literatura, de ahí su poca capacidad para entrar en acción. Su vida siempre ha sido interior. Grandes aventuras, romances de alcoba, antihéroes que terminan llevándose a la rubia al catre. Todo está escrito en los libros. Ian Flemming, Robert E. Howard y Julio Verne, Todos ellos han escrito la vida de Henry.

Le saca el polvo a una cómoda de cuatro mil euros y piensa en el culo de Esther. Que noche. Ahora le duele todo el cuerpo. Hace un día tenía una resaca bestial y la abandonó en las sabanas de una jovencita de 25 años. Esther. Su sonrisa y sus pómulos eran capaces de derretir un iceberg. Henry pensó en tener una relación. ¿Por qué no? Sería absurdo desperdiciar una oportunidad así. Henry limpia un espejo que refleja su sonrisa. Los espejos le muestran la realidad. La realidad le dice que está contento. Por su cabeza deambulan pensamientos positivos hacia la vida. Pequeñas ráfagas de optimismo que le hacen más soportable su tarea.

Ricardo le manda tareas horrorosas. Una vez tuvo que terminar de romper un espejo de luna en pedazos pequeños y meterlo en bolsas. Henry rompió su imagen reflejada y la metió en bolsas de basura negras y perfumadas. Cuando terminó se lo comunicó a su encargado el cual pareció fastidiarle que hiciese su tarea tan rápida y pulcramente, ¡y sin un solo corte! La maldad acecha en el mundo laboral. Las personas confunden la realidad y la trasladan a su entorno. Siempre tiene que haber un ganador. Ricardo quiere ser el héroe de su vida. En ocasiones piensa que lo es. Subido en una silla con un libro de Burroughs pone recta la espalda escondiendo una panza de aficionado al fútbol televisado y se regocija en su postura de héroe de almacén.

Henry hace su trabajo cabizbajo, sus compañeros lo miran por encima del hombro. Se comportan igual que sus clientes para crear un conjunto uniforme. El gregarismo ataca sin piedad en la sexta planta del centro comercial. Como un virus químico. Como en una película de zombis, sus compañeros se comportan de la misma forma y sonríen ante la adversidad de su libertad personal. Los chistes malos del jefe son una mala fiesta en la sección de muebles de alto standing.

En el trabajo solo tiene un amigo: Sergio. El joven informático tiene diez años menos que él y le encanta emborracharse. Muchos días se lleva latas de cerveza al trabajo y las esconde en el almacén. Bebe cerveza sentado en una imitación de una silla Luis XV mientras mira al techo y eructa. Sergio es un hombre de pocas palabras, pero un optimista en el fondo. Siempre mira hacia el cielo. Es el refugio de su alma. Henry y Sergio se ríen a carcajadas mientras imitan a su jefe. Ricardo se pasa muchas horas del día obsesionado con encontrar a alguien escaqueado o en encontrar fallos en todo. Nunca ayuda a nadie pero sí que le gusta corregir a los demás.

Probablemente ha tenido una infancia problemática.

Henry observa el reflejo de la mujer que se le acerca; unos cincuenta años, metro ochenta, un interminable abrigo de pieles le cubre un cuerpo en apariencia delgado y demacrado por la falta de nutrición y la dieta del ajo.

-Busco un chaise longe para mi salón.

Su boca es un gran cenicero que suelta el hedor de mil demonios. No se puede fumar como un boxeador en decadencia, y menos una mujer que pretende hacerse pasar por la realeza de la clase media alta. Henry le enseña un montón de catálogos maquetados por algún becario en prácticas en algún estudio donde tiene que esconderse para fumar. La mujer se decide por un sillón individual con chaise longe en piel de color blanco y relleno de espuma PU retornable. Su esmirriado trasero dejará un pequeño agujero en cuanto se levante para ir al baño o a por una barrita de cereales. Como si hubiera dormido un gato durante toda la tarde. Henry le hace el pedido y le toma los datos para poder enviarlo a su casa una. La monarca de serie B prefiere que se lo envíen directamente desde la fábrica. Los nuevos ricos y sus exigencias. Se comportan como estrellas del rock.

-De acuerdo -espeta Henry-. Lo tendrá en su casa lo antes posible.

Las mentiras de un vendedor son la falsa seguridad que se otorga al cliente. Cuesta encontrar vendedores honestos, igual que cuesta encontrar el amor en una pecera llena de pirañas.

 

Más tarde, Henry sale a su hora, se detiene delante de la puerta de la calle de los grandes almacenes y se enciende un cigarrillo. Aspira el humo con todas sus fuerzas. El aire sopla ligeramente, haciéndole cosquillas en el alma. Mira al cielo y sonríe y se acuerda de su noche con Esther. Se siente especial. Baja por la calle y piensa en llamarla por teléfono. Una tarde de esta semana. Sí.

Publicada en

Henry. Capítulo 3

file1031257716989

Por Ricard Millàs

Henry nunca se ha molestado en entender a las mujeres, por eso está solo. Las mujeres son sensibles. Las mujeres necesitan oír halagos directamente en el oído. Algunos hombres creen que las mujeres les están poniendo a prueba constantemente. Muchas mujeres tan solo quieren que se las hable, que les digan cosas bonitas y que se las escuche. Henry es demasiado vago para querer entenderlo.

Suena el teléfono de nuevo. La llamada de la jungla urbana martilleándole las entrañas. La resaca es más fuerte que una manada de elefantes avanzando pesadamente por la selva; una resaca eterna que tardará alrededor de dos días en desaparecer.  Descuelga y una voz horrible le ofrece un trabajo. Un trabajo por el cual Henry casi ni ha luchado. Henry tiene un empleo en unos grandes almacenes en calidad de vendedor. Vendedor de muebles de alta gama. Sofás, camas de roble y cosas así. Las necesidades de los ricos se venden por un ojo de la cara.

Le citan para una entrevista en una librería del centro. A Henry le gusta cambiar de empleo cada cierto tiempo. Nunca ha querido ascender en ninguna multinacional. Ni subir ni bajar, simplemente quedarse estancado hasta hartarse. Ni ascender ni trascender, solamente poder largarse cuando le de la real gana. A las seis de la tarde tiene que estar en las oficinas de la librería.

-Allí estaré –dice antes de colgar el teléfono.

 

A las seis menos cinco ya está preparado en la puerta. La calle está infestada de gente. Prende la punta de un cigarrillo y aspira con fruición. Le da unas pocas caladas para apaciguar los nervios y lo arroja a la multitud; decenas de caras avanzando hacia sus destinos deseosas de sentir y de ser queridas. La vida les ofrece un montón de regalos y ellos se lanzan de cabeza a por todas. Sube hasta el segundo piso. Las oficinas no le dan muy buena espina, así como la mujer que sale a recibirlo. Mientras la sigue por un laberinto de pasillos el interés por ingresar en las filas de una multinacional librera comienza a descender. Caras anodinas detrás de escritorios llenos de polvo, empleados ahogados por montañas de libros, estresados, cambiando sudor por un mísero sueldo. Se desabrocha dos botones de la camisa y se la saca por fuera, mostrando las arrugas que se forman alrededor de la cadera. Se despeina. Su imagen ha variado ligeramente. El aspecto de chico despreocupado se refleja en su exterior. Lástima que tenga la cara rasurada.

Entran en un despacho con olor a cerrado. Henry se sienta antes de que le indiquen que lo haga. No necesita ese trabajo. Lo más normal sería disculparse por el tiempo que han invertido en su candidatura y largarse, pero Henry prefiere hacer un poco de  comedia. Solo quiere divertirse un poco.

Menudo hijo de puta. Jugando con el empleo.

Sentado con las piernas cruzadas, actitud prepotente, enseñando los pelillos del pecho por la apertura de la camisa abierta, escucha con atención la propuesta que sale por el orificio circundado por carne rosa en forma de boca de su entrevistadora. Siete horas a la semana, quince minutos para merendar, cientos y cientos de libros para sacar de las cajas y clasificar, tragar un montón de polvo, aguantar a un encargado y a un listillo con contrato fijo que se ha leído todos los libros de Marcel Proust, fumar en un patio lleno de mierda de paloma, sin pagas extras durante el primer año, aguantar clientes prepotentes que se consideran superiores por tener un cierto interés en Bocaccio. Un montón de incómodas circunstancias que se acumulan en su cabeza por el irrisorio sueldo de 700 euros mensuales.

Henry insufla inconscientemente un intenso olor a naftalina proveniente de la masa informe de pelo gris y ojos de lechuza que se materializa ante él en forma de responsable de recursos humanos.

-Perdone, ¿me podría repetir otra vez todo lo que me ha contado?

La mujer detrás de la mesa parece sulfurarse, en sus ojos puede verse al desprecio haciendo manitas con un profundo sentimiento de odio circunstancial.

-Disculpa, ¿me estás tomando el pelo?

-No señora, simplemente padezco algo de sordera.

Henry se siente poderoso, la resaca le ayuda a interpretar su papel. El exceso de alcohol le ha dejado en un estado que oscila entre el malestar general y una actitud de pasotismo total. Nada como entrar en una entrevista escudado por un trabajo real y los ojos inyectados en sangre.

Menudo cabrón estás hecho, Henry. Otra vez jugando con el empleo.

Se levanta ante la mirada estupefacta de la entrevistadora y sale de la habitación, la mujer lo sigue.

-Haces bien en largarte, chaval.

A veces simplemente una actitud puede llevarte al desprecio de otros. Las posturas distintas o fuera de lo corriente te mantienen fuera del juego. De su juego. La realidad necesita atención constante y nunca ofrece segundas oportunidades. Henry se ha saltado las reglas.

Ahora camina por la calle enarbolando un cigarrillo y dándose cuenta de todo. La realidad. Una vez más la ha toreado; aunque haya salido mal parado.

El mundo es una feria y Henry tiene un vale para poder subirse a todas las atracciones. Si alguna no es de su agrado, no vuelve a repetir. Prefiere tener cien pájaros volando que uno en la mano. La inseguridad le aporta cierta calidez. La negación de la realidad es como unas medias tiradas a los pies de la cama, un deseo cumplido, un beso fortuito entre sabanas limpias y arrugadas.

Dos calles más abajo le parece ver a Esther saliendo de una librería. Henry se detiene, quiere evitarla pero el radio de vista que poseen las mujeres es mucho más amplio que el de los hombres. En la edad de piedra los hombres salían a cazar mientras que las mujeres se quedaban a recolectar cerca de las cuevas. Estas necesitaban todo el radio de vista posible para poder darse cuenta del ataque de las posibles bestias que se quisieran comer a sus hijos, o incluso a ellas. El hombre solo necesita tener buena vista al frente para poder divisar su objetivo. El macho caza, la hembra trata de no ser cazada.

La vida sigue a pesar del estancamiento biológico del ser humano.

Esther se acerca y se sitúa delante del cigarrillo de Henry.

-¿Te has vuelto a dormir?

-Vengo de una entrevista -dice Henry con el rubor difuminándose lentamente por su rostro.

-¿Una entrevista?, ¿De testeador de colchones?

-Tengo un poco de prisa, Esther.

-¿Por qué te fuiste tan rápido el otro día? Quise echarte a patadas cuando te quedaste dormido, pero luego pensé que por la mañana podríamos terminar lo que empezamos.

Henry se siente imbécil. Se da cuenta de que no puede pasar de todo aunque intente nadar a contracorriente. Esther caza y Henry trata de no ser cazado. La especie humana evoluciona según las circunstancias.

-Martina me dijo que estabas muy cabreada conmigo.

-Por supuesto que lo estaba, por quedarte dormido mientras follábamos y por desaparecer la mañana siguiente.

Por parte de Henry la duda es fuerte. A decir verdad no sabe qué hacer ni que decir. Pero algo dentro de él lo obliga a articular unas pocas palabras que nunca sospecharía que se las diría a una mujer.

-Dicen que eres muy orgullosa, que nunca ofreces segundas oportunidades.

Esther le quita el cigarrillo de la boca y le estampa un beso del tamaño de un templo budista. Separa la ventosa de sus labios de la ralla a modo de cavidad oral de Henry y le acaricia cariñosamente las sienes.

-A veces puedo llegar a romper mis propias reglas.

La voz de la joven se evapora en la calle, junto a la música de jazz de los tubos de escape de los automóviles. La escena se torna un travelling circular en torno a ellos.

Publicada en

Henry. Capítulo 2

Tai Chi Girl

Por Ricard Millàs

Henry sale de casa. Ha quedado con una amiga. El teléfono no ha dejado de sonar en toda la tarde y al final lo ha cogido impulsado por un ataque de nervios. Podríamos decir que el chico ha tenido suerte cuando ha oído la voz de su amiga Martina al otro lado del auricular. Henry tiene un teléfono alambrico de plástico negro que reluce encima de una mesa llena de papeles y paquetes de tabaco arrugados y vacíos. Su mesa es una enorme colección de cartones de color blanco y rojo que no desean ser encontrados. Lo mismo le ocurre a su propietario; no quiere ser encontrado. Henry saca a pasear orgulloso cada día su paquete de tabaco, le quita el plástico y lo tira al suelo, le gusta crear empleo. Se enciende un cigarrillo y mira a la gente como pasea sus mascotas por el enlosado dejándolo lleno de pequeñas muestras de color marrón. Dicen que las mascotas terminan siendo como sus dueños. El hombre civilizado cree estar por encima de los animales, pero como es permisivo les otorga el honor de defecar en su propio espacio comunitario. Luego sale a la calle y pisa un hermoso regalo que le recuerda lo estúpido que ha sido dejando que su mascota utilice el suelo a modo de retrete canino. En fin, el hombre civilizado se busca sus propios males. Los perros no tienen ninguna culpa.

Henry camina con un cigarrillo en la mano y mira a la gente como corre desesperada por ser feliz. Sus empleos les permiten seguir en la rueda, una rueda que cada vez corre más rápido y se muestra horrorosamente despiadada. Henry también trabaja pero se lo toma con más calma, por eso casi nunca asciende en el terreno laboral. Podríamos decir que vive en su propia rueda. No tiene prisa por girar igual que los demás. Aun así avanza por la calle pensando y esgrimiendo un cigarrillo en su mano izquierda.

“Avanzar, caminar, recorrer una distancia aunque nada importe. El mismo hecho de querer llegar a tu meta te borra la etiqueta de indiferencia que te has trabajado durante tanto tiempo.”

Cuando llega a su destino Martina le espera con una pierna apoyada en la pared en actitud chulesca. Martina es guapa y lo sabe y no puede evitar mirar directamente a los ojos de los hombres para comprobar las reacciones que causa su mirada de color  azul y sus labios de carmín. Intimidación. Una hermosa coacción visual que no deja indiferente ni al más pusilánime. Martina y Henry se conocieron en un chat. Fue ella la que inició la conversación, se vieron algunas veces y de vez en cuando se daban besos a la luz de las farolas hasta que los dos se cansaron de aquel intercambio salivar que no llegaba a ninguna parte. Henry nunca mostró la iniciativa de meterse en la cama con ella, así que Martina lo vio cada vez más como a un amigo. Un amigo un tanto peculiar, pero encantador a su manera. Martina nunca llegó a enfadarse ya que no se consideró rechazada, más bien le agradeció que no quisiera acostarse con ella; tendencia común en todos los hombres que conocía. Además, le gustaba tener amistades masculinas; consideraba a los hombres más simples, más manejables y exentos de celos de tocador.

Se dan un par de besos a modo de saludo e intercambian algunas palabras, charla coloquial sin pretensiones de ningún tipo, tal y como le gusta a Henry; nada de ahondar en ningún tema. La superficialidad le otorga tranquilidad. Los dedos que quieren hurgar en zona prohibida no son bienvenidos en su pequeño mundo. Empiezan a caminar por el interminable laberinto de callejuelas que dibujan el entramado de la ciudad. A Henry le gusta caminar por la calle, la ciudad siempre ha sido material inspirador. La interminable sucesión de caras que conforman toda la masa que lucha por tener un lugar en el mundo, tan solo son espectros que forman parte de una comunidad necesitada de una enorme colección de estímulos externos que sustituyen a sus propios vacíos existenciales. Los mercados crean productos para suplir necesidades espirituales. Los estadios de futbol se llenan de una masa que duerme mejor cuando su equipo marca goles. La ansiedad puede llegar a curarse en los actos multitudinarios o en la adquisición de un bien material. El único inconveniente es que la medicina dura poco tiempo.

Entran en una coctelería, una interminable barra de cocteles les espera para saciar su sed de alcohol y palabras sin fundamento. La ansiedad que generan los tragos de alta graduación se suple con una buena charla superficial. Risas fáciles y palabras llanas. Normalmente, a partir del segundo combinado se produce un regocijo en el interior del pecho que se confunde con la amistad eterna y los sentimientos de juerga nocturna. Henry y Martina se sientan en el ángulo de 90 grados que forma la barra al tomar una curva cerrada y charlan sobre banalidades mientras profieren grandes sorbos a sus gintonics. Ella se siente terriblemente preocupada por su imagen y no para de mirarse al espejo que tiene a sus doce en punto. Henry comprende que su conversación carece de importancia por lo que no se molesta por la indiferencia de su compañera. Los dos son conscientes de la superficialidad de su relación y se acomodan tranquilamente en ella.

Suena el móvil de Martina, más mujeres. Una interminable horda de veinteañeras entra enarbolando una enorme sonrisa que dice ansiedad suplida con sexo y Martinis blancos. Las amigas de Martina son guapas. Cinco chicas de muy buen ver se arremolinan junto a la pareja que en su segunda ronda ven como el índice de diversión aumenta a pasos agigantados. Henry está muy bien acompañado; rojo como un tomate comprueba que no todo le da igual. Las amigas de Martina profieren risitas cómplices cuando se dan cuenta de la turbación del joven. Algunas de ellas piensan en jugar un poco con el chico tímido para disfrutar viéndolo sufrir. Martina se percata de sus intenciones porque las conoce desde hace mucho tiempo y con una mirada le basta para calmar a la pequeña manada de leoncitas hambrientas de emociones ajenas.

Pero no todas son así. Esther, la más joven, conoce a Henry de haberlo visto un par o tres de veces con a Martina, aunque nunca han tenido una conversación. Los combinados de ginebra hacen su efecto y al poco rato entablan conversación. La fluidez de las palabras por parte de Henry se equipara al poco ímpetu que le pone al asunto; en realidad está asustado Pero eso a Esther le da igual. Esta noche quiere acostarse con alguien y el pequeño hombre de tez roja por el alcohol que tiene enfrente, junto a la poca costumbre de hablar con bellezones que se adivina en su forma de actuar, le atraen enormemente. Esther es un cuerpo que arde en deseo desde finales de los doce años. Perdió la virginidad cuando cumplió los trece; sus pechos eran dos dunas y su poco poblado felpudo anidaba los primeros escarceos de la pubertad.

Henry escusa a su interlocutora y se levanta al terminar su segundo gintonic. Se dirige al lavabo para hacer un poco de espacio para el tercer combinado. Cuando cierra la puerta, mientras la orquesta de cañerías llena el ambiente de luz y color y antes de que se baje la bragueta, Esther aparece de la nada, lo agarra por el paquete, arrinconándolo y buscando el beso fortuito en su boca hasta dejarse todo el pintalabios corrido.

-Esta noche tú te vienes conmigo.

Henry asiente con la cabeza. La voluntad se ha escurrido por el sumidero del baño. Siente como los besos de Esther tratan de absorberle el alma. Casi le arranca los labios. Se imagina un remolino en sus bocas que se traga a todas las bacterias de sus bocas, arrastrándolas por el esófago y haciéndolas desaparecer para siempre en la monstruosidad de dos estómagos llenos de ginebra y tónica de marca. Separan sus labios y se miran, haciendo brillar las luces de sus ojos; el momento se fotografía en sus retentivas visuales.

Vuelven a la barra. Dos de las amigas de Martina están hablando con un par de tipos con camisas negras abiertas hasta la boca del estomago y cortes de pelo de diez euros. Parece que corten leña cuando hablan. Su lenguaje es tosco y sus maneras rudas. Probablemente sean unas hachas en el arte del beso rápido no correspondido. Los besos perdidos acostumbran a encontrar dueño durante el transcurso de la noche.

Henry y Esther se despiden de las chicas, enfundándose en sus abrigos con la premura de su propio deseo; se adivinan las ganas de estar a solas. Martina levanta su copa ante la última mirada de su amiga. Salen a la calle. En una esquina proclive a que ocurran cosas Esther arrincona otra vez a su adversario y agarrándolo por la entrepierna, por miedo a que se escape, vuelve a crear un torbellino dentro de sus bocas. El amor desenfunda la espada y se mete dentro de los calzoncillos, provocando una erección en toda regla. Esta vez Henry no puede ignorar lo que le está ocurriendo, ni tampoco los besos que en su punto más álgido, se asemejan a una violación del alma. Paran un taxi y se meten dentro sin titubear. El viaje es como una orgia de pasión descontrolada que hierve dentro de una caldera infernal. Ya falta menos. El vehículo se detiene frente a una portería de barrotes negros.

Entran dentro de ella lamiendo con caricias algunas zonas de sus abrigos.

Henry nunca compra preservativos, no es proclive a los halagos y casi nunca siente remordimientos. Al día siguiente camina tranquilamente por las calles de su ciudad, resacoso y sin ningún tipo de arrepentimiento por lo que ocurrió la pasada noche.  Enciende un cigarrillo y mira hacia al sol. Por lo visto al entrar en el piso de su ligue ocasional, ha visto una enorme bolsa llena de marihuana. Antes de nada ha querido liarse un cigarrillo para, según él, ponerse a tono con el THC. Mientras el inicio del concierto de jadeos ha empezado a celebrarse encima de las sábanas, no ha podido aguantar más y se ha quedado dormido al poco rato de comenzar a espolear a los caballos del sexo. Quizás se ha estado aburriendo.

-¿Te has dormido? Oh Dios, ¡ERES UN GILIPOLLAS!

Esther no está acostumbrada a los desprecios ni a que nadie se quede indiferente a sus encantos naturales. Es la primera vez que le ocurre; un tío se queda dormido en su cama cuando ella ha sido la que ha hecho la mayor parte del trabajo. Lo ha besado primero, le ha invitado a su casa, le ha ofrecido su hierba… tanto esfuerzo para nada. Esther ha sentido el irrefrenable deseo de echarlo a patadas, pero Henry duerme demasiado profundamente y adopta una expresión angelical con las sábanas tapando su piel blanquecina.

-Valiente gilipollas… -murmura mientras se tumba a su lado y se duerme al cabo de poco tiempo.

A la mañana siguiente Henry se ha despertado hacia las nueve de la mañana, ha caminado a tientas hacia la ducha y se ha largado cerrando la puerta con sumo cuidado para no despertar a nadie.

Publicada en

Henry. Capítulo 1

cendrer

Por Ricard Millàs

Henry no creía en las emociones que recorrían la pequeña carretera intercomarcal de sus venas, huía de sus pequeños y efímeros logros y se parapetaba en una coraza de hierro. Como si fuera un ser desprovisto de emociones le resbalaba el hecho de ser feliz. Henry no creía en sí mismo y caracterizaba personajes cada segundo de su vida. Le daba miedo ser él mismo. Temía el hecho de amar. Sonreírle a la vida y extenderle los brazos para darle un gran achuchón de papa oso, no era algo que le hiciera demasiada gracia. Y el problema residía en el porqué de aquella actitud.

¿Acaso tenía ganas de joderse a si mismo durante toda su vida?

Henry el cabezota, sin anhelar formar parte de la rueda, sin desear ser un espíritu triunfante arrastraba las suelas de los zapatos y fumaba un cigarrillo tras otro. Henry era guapo y vestía bien, la diosa Fortuna le trató bien, o mejor dicho, estuvo en todo el proceso arquitectónico de su creación, desde que su padre rompió el preservativo hasta que su pequeña cabecita de cabroncete fue tocada por los primeros rayos de sol. Su pelo de color rojo lanzaba destellos a las chicas. Desde muy pequeño lo paraban por los pasillos de la escuela para poder contemplar sus ojos. Las dos bolitas azules se movían nerviosamente deteniéndose en el suelo y alzándose para poder ver el milagro de la vida en todo su esplendor; mujeres debajo de faldas plisadas y blusas planchadas al vapor. En realidad, Henry era un amante de las mujeres. Le gustaban casi todas las que veía y en cada una de ellas encontraba algún matiz interesante. Podríamos decir que si hubiera querido ser feliz, habría terminado siendo un playboy en potencia.

El problema residía en que no tenía ganas.

¿Qué impulsa a un hombre a sentirse tan pueril? ¿A resbalarle todo lo que pueda acontecerle?

Un deseo autodestructivo se escondía dentro de él;

Huye de la felicidad Henry. Es mucho más cómodo servirse un vaso de bourbon y dejar que la suerte le saque el cinturón a otro”.

Henry no quería cagarla, así que se limitaba a ser un espectador de la vida. Pero un hombre guapo no puede permanecer en las gradas toda su vida. Sin quererlo y arrastrado por las emociones de las demás personas, consiguió vivir experiencias.

Buenas y malas, pero lo hizo.

“La vida te besa en el momento más insospechado. Buscar en la maleza se convierte en un deporte. A veces es mejor sentarse a esperar y la solución llega sola”.

Se compra un paquete de tabaco y frente al estanco se enciende un cigarrillo. Mientras ve como toda la jauría humana se dispone a vivir sus vidas un domingo por la mañana,  se tira por el tobogán de los recuerdos y rememora pasajes de su vida. Sonríe, el sol le calienta la cabeza y los recuerdos le acontecen como cortesanas acariciándole la piel.

Sí, la vida sale a cuenta.

A veces.

Amortiza según qué momentos y te convertirás en hombre de sonrisa perpetua.