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Carne y pescado

Sea bream fishes ready to be baked in oven with lemon wedges.

Relato de José Angel Barrueco

Cada día, a las seis de la mañana, con los ojos aún atorados de legañas y el estómago lidiando con un café con leche urgente y sustancioso, cuando levanto junto a mi hermano la persiana metálica que separa nuestra carnicería del pasillo impoluto que se irá sembrando de olores a frutas, hortalizas, legumbres, casquería, vinagres, embutidos y bivalvos, la jornada adquiere sentido pleno porque en la otra orilla de este puente que irán cruzando hombres y mujeres, jubilados y marujas, chicas y niños, ancianos y mendigos, se alza el telón que me mostrará la pescadería que alegra mis mañanas y desvela mis noches: el puesto donde trabaja mi amor oculto de mercado, mi venus del marisco y del peje.

Es Úrsula una dama guerrera, joven y hambrienta, reina de gallos y gallitos, adorada por calamares y pulpos, escurridiza como esas truchas verdosas de río azulado que desmenuza y despacha con unas manos que van desnudando los músculos con sensualidad y sapiencia: no las de la pescadera eficiente y con oficios que, tirando de filo de cuchillo, desmembra a esas criaturas de Neptuno igual que un cirujano marítimo, sino como esas odaliscas que van escamoteando ropas a sus amos.

Siempre que mi Úrsula, asalmonada de piel y sobria de carnes, extirpa los riñones y los intestinos y los corazones y los estómagos y otros secretos de sus seres de agua que saben mejor tras pasar por sus manos enguantadas, a mí se me figuran tantas posibilidades sexuales que, a menudo y sin querer, vendo una pechuga de pollo a una señora que me ha solicitado el despiece de una manada de costillas. Si pasa los dedos por el lomo plano de una raya, ponderando su exquisitez a un hombre no del todo decidido con el muestrario en cajas de madera y sobre hielo picado, imagino que es mi espalda acariciada por sus manos duchas en branquias y escamas. Cuando manipula ostras y almejas y las va depositando en la balanza para corroborar su peso, creo que son la multiplicación de su sexo rosa y salino, que se niega a abrirse a otro que no sea yo. Y si levanta despacio un octópodo y se recrea en la visión de sus brazos pegajosos, casi correosos, imagino que son los míos, porque a mí, ante el cuerpo marítimo y salobre de Úrsula, me salen brazos hasta de las axilas y ojos incluso en la frente y en el cogote.

La belleza, carro celeste que nunca viaja solo… etcétera, exige que mi Úrsula disponga de un marido cavernícola, vinatero y lujurioso, con ademanes de anguila y ojos de res, un comparsa que la dobla en edad y en tonelaje, y que algunas mañanas de poco tránsito comercial se aviene hasta nuestro tenderete y nos adquiere unos cuartos de ternera que palpa con la misma vulgaridad con que calibra las medidas nalgares de esa lubina rubia que es ella y que sin duda no corresponde a su talla paquiderma y medio peluda. A la carne que uno va a echar a la sartén hay que masajearla una miqueta, que diría mi tío el catalán, para anticipar el regusto de saber que se va a degustar su sabor, y perdónenme la sobrecarga de redundancias; pero a los muslos femeninos, al trasero amelocotonado y demás alimentos (porque la mujer, además de saciarnos el apetito, puede alimentarnos el tacto, el olfato, la vista e incluso el oído y el alma), muy señor mío, debemos acariciarlos con el mismo débito que si fuéramos a renunciar a ellos, lo que determina que las postrimerías del acto sean más placenteras y mejor recibidas por quien las recibe. No sé si me explico… Probablemente no.

Avanza la jornada y las horas mueren y yo las percibo no por el reloj, sino por el cansancio que va encaramándose a las ojeras de la pescadera, por los tufos y la porquería y las humedades que van contaminando el aire fresco del mercado y los suelos maltrechos por el tráfago de miles de suelas y de ruedas de carros de la compra. La abertura del escote de Úrsula suele ser directamente proporcional a la oscuridad de sus párpados a medida que la vencen el sueño y el exceso de operaciones quirúrgicas a los atunes y a las merluzas, a corazón abierto y con un mechón de melena rondándole los arrecifes del cuello.

La clientela de Úrsula suele ser abundante, y mayoritaria de hombres que acampan en los alrededores de sus costas, para verla faenar con los boquerones y el jurel, mientras ardo yo en la hoguera ingrata de los celos y su marido se frota esa caspa de las escamas de los guantes, relamiéndose de billetes que va cobrando con una sonrisa falsaria y bovina; a la gente le gusta cada vez menos el sangrado de un filete de toro de lidia poco hecho o las vísceras maceradas en la olla, y abogan por un régimen espumoso de mejillones, pez espada y arenques, no porque resulten más saludables para el organismo, al fin y al cabo, sino por esa tendera que, aunque no se aperciba de que el escote abre las bocas de quienes la rodean, aún mantiene alto el emblema del orgullo de un trabajo que la explota y un esposo minero que no desiste de exprimir la veta de sus energías y beberse las pesetas de su sudor.

A mí se me va poniendo en el careto la morbidez de la carne expuesta a la intemperie cuando pienso en el tributo vaginal que ella deberá rendirle de vuelta a casa, y también cuando recuerdo su biografía breve: de buena tinta de calamar sé que mi Úrsula fue casada con este bruto a la fuerza, en un acto de entrega al mayor cretino que no se estilaba desde tiempos inmemoriales. Su padre tuvo como oficio el de pescador y, al ver que su señora alumbraba a una hija y no a un varón, se avino a casarla con el dueño de una pescadería antes que con un marinero, pues era consciente, por propia experiencia, de que quienes viven día y noche navegando dejan a sus mujeres al pairo de una vida de soledad que él no quería para su retoña.

Úrsula, mi Úrsula, escribe sonetos después de las entregas de cuerpo (pero no alma) al zafio de su marido, en papel de estraza y a lápiz, como las cuentas que hace para cobrar a los compradores; son sonetos en los que vibra un perfume de alga, una música de agonía y una brizna de desamparo: los compone a la luz de una lámpara de mesilla que es como el faro de sus vigilias, y luego llega al mercado aturdida por los ronquidos del compañero marital. Una vida de sirena es la que se merece, pero jamás alcanzamos lo que en verdad nos merecemos.

Ocurre, por bendiciones esporádicas de aquello que llaman suerte, que él a veces, a la hora del cierre, se escabulle de regreso a su caverna, dejando en sus manos la limpieza del puesto. En dichas ocasiones aprovecho para visitarla y, protegidos del público por la complicidad de la persiana de metal, hacemos unos amores alimenticios y sangrientos de mercaderías, con esa destreza que poseen los cuerpos al límite del agotamiento, bautizados por la sangre de lo que vendimos.

Veo a Úrsula desprenderse del mandil y no se me sujeta el rijo ni con el cinturón de la vergüenza ni con los tirantes de la castidad, y me precipito a darle un algo de carne a su pescado, y perdóneseme lo rústico de la metáfora, que uno no tiene más letras que las nueve que forman la palabra “carnicero”. Los senos de mi Úrsula disfrutan de un volumen muy provechoso, retenido por sujetadores negros de encaje y bodies del mismo color, que mis manos no son capaces de abarcar, y sus pezones me saben a salmón ahumado y creo que también a queso fresco.

Yo, muy fuerte y bien nutrido con los aminoácidos, las vitaminas, el calcio, el fósforo y el hierro de la carne, la poseo encima del mostrador para que los últimos restos de hielo nos aplaquen los calores, en un lecho improvisado: una cama mediterránea o atlántica o funeraria y en la que flota el olor a perejil junto al bacalao fresco y otros supervivientes de la mañana. Su cabello entonces se asperja de los sedimentos de las aletas, y el desagradable hedor a pez me hincha los pulmones y los llena de recelo por la mercancía de la competencia, aunque también de apetito por su cuerpo bruñido de sales y luna.

Ella suele lamer mi verga con mucha pasión, y dice que sabe a carne de buey, y que de ese modo parece engañar a su marido, cuya picha contiene un regusto amargo a pesca trasnochada.

En ocasiones, para librarse del agobio del sudor expulsado por la bravura de nuestros polvos, se tiende sobre el lecho con los últimos fragmentos de hielo, bocabajo, con el culo en pompa, y yo me deshago por culpa de sus redondeces, por culpa de esas nalgas tan firmes, dos mitades nacidas para estimular la lujuria, dos campos de carne dura como la piedra y tersa como la seda. Y Úrsula, no contenta con matarme así, a veces coge del muestrario una trucha y se mete la cabeza en la boca, entre los labios rojos y mojados, y le practica una felación suave, con esa lentitud de quienes conocen cada secreto del Kamasutra.

Alguna pescadilla parece observar nuestra coyunda con su cara terrorífica y sus pupilas inertes, asustada por el golpeteo contra la balanza que pende junto a nuestras cabezas. Es entre la esponja de los brazos de Úrsula donde vuelvo a sentirme vivo, real, tangible, escrutador de unos muslos más preciados que todos los tesoros hundidos en el océano. Creo que en los arrebatos póstumos parecemos una rara comunión de animales: una sirena y un centauro, en un apareamiento que se me antoja imposible pero con el atractivo de sabernos mitológicos durante media hora.

La pescadera, bañada en sus flujos y en la grasa de los peces, a medio desnudar, es una princesa en pleno destierro, adscrita a sufrir entre las sombras que habitan las mazmorras del mercado de abastos y a perecer sin un sol que dore su piel.

Algunos días, tras la consumación de estos amores guarretes, le ofrendo el corazón crudo de un ternero para que lo muerda y la sangre le resbale por los pechos: es una pobre ceremonia que simboliza el sacrificio que estaría dispuesto a hacer por compartir cada noche el lecho con su cutis de rosas.

Cuando el mercado (nuestro cementerio de muertos recientes) cierra sus puertas para que los gatos se cuelen y ronden su pelaje callejero por estas avenidas con techumbre, y junto a mi hermano vuelvo a un hogar entristecido, él trata de amputarme los sueños con el bisturí de la verdad. Sabe que imagino aventuras sexuales con la mujer del pescadero, que resulta lesivo para la salud y la mente dejarse llevar por fantasías que un hombre sin arrestos como yo nunca llevará a término “con una hembra como ella”. Eso suele sumirme en el lodo de amarguras que es la soledad, me acomoda en la duda y me predispone a la inacción, que suele ser mi estado natural, el estado patético en el que me conservo como en formol mientras esta pequeña ciudad va muriendo de atraso y yo con ella, agonizando por las ilusiones rotas.

Siempre queda, pues, el recurso de la imaginación, que es el idioma natural de los pobres y de los desesperados. Mi hermano asegura que no trata de mortificarme, sólo quiere evitar que el agua clara y pura de esos sueños no desvirtúe el caldo espeso que es la existencia.

Por las noches pienso que Úrsula es Erató, la Musa de la Lírica que escribe para mí sus sonetos que quizá también hablen de lo que uno jamás alcanza, y que es una de las Nereidas, esas divinidades marinas cuyo padre Nereo era el viejo señor de los mares. Y que desde luego es Afrodita, roja de melena y de labios, garza de ojos y de latitudes.

Por las tardes creo descubrir un aroma a pescado saliendo de los dobladillos de la ropa; si alguien me preguntara de dónde proviene, le diría que es culpa del poder de la imaginación, que acostumbra por unos segundos a materializarse hasta que, lentamente, su olor se evapora con el viento y muere en el aire.

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