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A veces el optimismo arraiga, crece y florece

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Relato de Iván Rojo

El chófer del bus me devuelve el cambio. Noto algo extraño en la manera en que lo hace. Entonces me doy cuenta: le falta una falange en cada dedo. Me invade cierto repelús. Creo que asoma a mi cara. Y enseguida cierta curiosidad. Creo que no asoma a mi cara. Quizá deba su empleo a esa tara genética. La discriminación positiva no conoce límites. Quizá esté encantado de aferrar el volante con esos dedos tan cortos. Vete a saber… Yo los tengo tan largos, tan perfectos como cualquiera y no conduzco ni mi propia vida. Pero no conviene pensar en ello. Eso hace tiempo que lo tengo claro: nada sirve de nada. Así que avanzo hasta el centro del autobús y me cuelgo de la barra casi contento de tener mis yemas donde se supone que hay que tenerlas.

En la siguiente parada sube un hombre sesentón. La cara le brilla como si llevara crema o mascarilla o algún potingue exfoliante, no entiendo de cosmética. Un enorme anillo en el meñique. La papada desbordando un pañuelo de seda granate. Y el poco pelo que le queda teñido de ese color crema de los muebles de los setenta. Un ser sórdido en definitiva, aunque decirlo sea políticamente incorrecto. Y más aún cuando me mira y me mira y me sonríe y se acerca y me mira. Algo dorado centellea entre sus dientes una y otra vez, y yo me centro en las gotas de lluvia que cruzan las burbujas de luz de las farolas ahí afuera. Todos queremos algo de alguien, pienso mientras una chica con rastas naranjas y guapa de perfil pasa en bici junto a mi ventanilla. Lástima que esos deseos casi siempre transmitan en la frecuencia equivocada. Lo compruebo de nuevo nada más apearme. Gritos y lloros y gente debajo de paraguas mirando con falso desinterés hacia un punto determinado.

Una chica blanca y un chico negro discuten a gritos en una esquina. Ella debe de rondar el quintal. Él es el perfecto mediofondista africano. Y, bueno, en realidad solo grita ella. Le dice que le quiere y que él a ella no, que la está utilizando y que es un puto ilegal y que lo va a denunciar. Y llora mucho y vuelve a gritar cosas por el estilo sobre el amor verdadero y la venganza helada hasta que se queda sin aire y parece que se va a desmayar de un momento a otro pero nunca nunca nunca se desmaya.

Joder… Sigo mi camino hasta la puerta del cine. Ya es la hora y ella aún no ha llegado. Nada nuevo. Así eran las cosas y así siguen siendo. Espero diez minutos más y decido comprar las entradas para ir ganando tiempo. Justo cuando me las guardo en el bolsillo me suena el móvil. Que aún no ha salido de casa, que no cree que llegue a tiempo, que le espere y no sabe, nos tomamos algo o damos una vuelta o ya vemos lo que hacemos. Le digo “Joder, acabo de comprar las entradas y la película empieza dentro de cinco minutos”. Se enfada. Definitivamente, no entiendo nada. Mientras su voz metálica me amenaza con no venir intento calmarme repitiéndome a modo de mantra que hay ciertos niveles a los que no debo ni puedo ni quiero descender, y le digo “Vale, vale, aquí te espero2.

Al fin aparece. Lleva unas zapatillas verdes, lo cual seguramente no tiene nada que ver con el hecho de que aún la quiera pero el hecho que me estalla dentro es que aún la quiero. Así eran las cosas y así siguen siendo. Lástima que haga ya tanto tiempo que ella emite en otra frecuencia. Echamos a andar y en menos de diez minutos nos cruzamos con tres amigos suyos nuevos para mí. Amigos o lo que sea. Es obvio que al menos dos de ellos se la quieren follar. Se nota en el modo en que descansan sobre sus pies mientras hablan apasionadamente con ella de arte y música. Se nota en cómo me miran de reojo intentando catalogarme como presa o depredador. Sí, quieren. De hecho puede que ya haya ocurrido. Pero también es evidente que no voy a ganar nada exponiendo mi observación. Así que lo mejor va a ser continuar el paseo como si nada de lo que veo y oigo tuviera el poder de afectarme.

Le hablo de las cosas que me han pasado en el autobús. Le cuento la escena de la pareja interracial. No parece interesarle en absoluto. Opto por callarme y dejar que ella lleve las riendas. Qué más da. Me resume las últimas películas que ha visto. Y me dice que ha conocido a un tipo que es todo un melómano, que es Dj (diyeeeei), que está aprendiendo muchas cosas nuevas sobre música. Mira lo que me ha regalado, dice, y saca del bolso unos auriculares blancos y gigantes de esos que lleva la gente moderna, la gente guay, la gente feliz consigo misma. La gente que, supongo, no se fija en los dedos del autobusero, ni en los dientes dorados, ni en las tragedias de conveniencia. Intento que la herida no vaya a más hablándole de cuánto me gustan los documentales del espacio de History Channel, que son alucinantes, que me tienen enganchado, que debería verlos. Y luego me paso de frenada y le digo que ya puestos no estaría mal que se dejara de discos y pelis y exposiciones y se leyera algún libro de una puta vez. Y lo veo todo claro por primera vez en años. Y me largo de vuelta a casa pensando que visto lo visto, con todas las falanges, con una orientación sexual no merecedora de especial respeto, con un físico insustancial y con una relevancia cero en la vida de personas importantes, no está tan mal ser el Rojo. Es mejor que ser otro. O como mínimo igual de lamentable. Ahh, a veces el optimismo arraiga, crece y florece de golpe, en el momento menos pensado. Como ahora. Solo hay que saber mirar alrededor. Está lloviendo, vale, pero esto no es Japón. No cae lluvia ácida.

2 comentarios en “A veces el optimismo arraiga, crece y florece

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